Ecos del Evangelio

30 junio, 2018 / Carmelitas
Domingo XIII. Ciclo B

HEMOS NACIDO PARA LA VIDA

 

Hemos nacido para la vida. Ese es el objetivo primordial del Señor al crear al ser humano. Pero no se trata sólo de la vida biológica, sino de una vida que se plenifica y va más allá de las dimensiones de nuestra existencia terrena.

 

La vida humana es un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida Divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad, de donde surgió, donde no hay rastro de muerte.

 

La primera lectura nos recuerda que dentro de cada uno, Dios sólo ha puesto corazones llenos de bondad, generosidad, compasión, humildad, misericordia… a Imagen suya.

 

San Pablo, nos dice que toda la vida de Cristo nos ha sido dada, “…siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para que nosotros, con su pobreza, nos hagamos ricos”, un llamado a ser generosos en compartir aquello que gratuitamente hemos recibido. Por tanto, estamos invitados a hacer prevalecer en cada persona sus cualidades de forma única, manifestando así nuestra realidad marcada por la muerte; Una muerte que se hace presente de diferentes formas: en la desigualdad social, la deshumanización, los diferentes tipos de violencia física y relacional, pero aún más rozando nuestra piel, aquella muerte de indiferencia ante nuestros hermanos, las relaciones frías, los silencios vacíos, los rencores secretos, los juicios insensibles que se escapan en nuestras palabras, muerte que nos va envenenando sutilmente, emponzoñando incluso en ocasiones nuestras obras más loables. Muerte que se ensaña especialmente en aquellos más vulnerables y que muchas veces pasa inadvertida ante nuestros ojos, que contemplamos como algo ajeno, que no nos concierne.

 

Sin embargo, Jesús nos lo dice fuerte y claro, con sus palabras y sus obras, no nos está permitido, a sus seguidores, pasar de largo ante estas situaciones. Jesús ante la súplica de Jairo, se conmueve, se pone en marcha para aliviar el dolor de un padre y sanar a una niña. Eso es lo sorprendente, Jesús va a sanar a una hija “insignificante de Israel”, era una menor y además era mujer, dos características que la invalidaban como persona en su sociedad. No sólo la sana, la “levanta”, la pone en pie para que su vida continúe. Y este relato es aún más intenso. De camino a casa de Jairo, se acerca la mujer que ha sufrido por 12 largos años enfermedad. Cuando toca el manto de Jesús percibe la fuerza de la vida Divina, se sana, pero ha sido descubierta. Quizás Jesús podía simplemente haberla mirado, sin descubrirla ante los demás pero su pregunta: “¿Quién me ha tocado?”, no sólo la pone en evidencia sino en peligro de muerte. Según la ley de su pueblo, no podía tocar a nadie en su estado porque lo volvería impuro, por tanto, no podía estar en un sitio público, podría ser lapidada. Ella ante ese hombre, después de ser sanada, se muestra con temblor, dispuesta a aceptar lo que se sea, expone su realidad, su dolor, su vergüenza y entonces, recibe dulces palabras “Tu fe te ha sanado, hija. Vete en paz y con salud”. No hay juicios, no hay reproches, sólo existe una profunda compasión ante la total vulnerabilidad de una persona.

 

Toda la Palabra de hoy nos hace un llamado urgente como seguidoras y seguidores, consagrados y consagradas a Él, a ser gestores de vida, a promoverla desde los detalles más pequeños, las palabras, los gestos. A nuestro alrededor hay muchas situaciones de angustia, de soledad, de dolor, de egoísmo, de vidas que parecen perdidas. Nosotras, como Carmelitas de San José, hemos de fomentar actitudes de vida, de cordialidad, de gratitud, de diálogo, de buen trato, y sobre todo de respeto, etc., con nuestras hermanas, con las personas que trabajan a nuestro lado, con los destinatarios de los diferentes apostolados. No podemos detenernos y simplemente dejar de crecer, de avanzar hacia la utopía del Reino, que es más grande que nosotros y que reclama que seamos generosos porque hemos recibido mucho.

 

 

Una Hermana Carmelita de San José

 

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