Ecos del Evangelio

4 marzo, 2021 / Carmelitas
Domingo 3º de Cuaresma – Ciclo B. 7 de Marzo 2021

CUARESMA, TIEMPO PARA [RE]CORDAR

 

El evangelio de este domingo (Jn 2, 13-25) nos parece a simple vista un evangelio controversial, porque nos presenta la expulsión que hace Jesús de los mercaderes del Templo. Pero hoy no quiero detenerme a analizar esa escena, sino los versículos 22-25 que aparecen después de este momento y que también nos enseñan cosas importantes para nuestra vida cristiana en este tiempo de cuaresma.

 

En primer lugar, debemos tener en cuenta que el evangelio de Juan es un evangelio con una fuerte carga simbólica, porque su intención primera es la enseñanza, no la narración.

 

Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, recordaron sus discípulos que había dicho eso, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. (Jn 2,22)

 

Aquí leemos que los discípulos recordaron lo que había dicho (recordar= “volver a pasar por el corazón”). En la Biblia el corazón es comprendido como el lugar de las decisiones, el raciocinio; por lo cual “recordar” no sólo se refiere a la evocación del “hecho mismo” de la muerte y resurrección de Jesús como si sólo vieran una fotografía o un vídeo; recordar implica la comprensión y actualización de ese hecho pasado hacia el presente, para poder entender todo lo que estaban viviendo. En fin, que todo el pasado de Jesús se entiende mejor a la luz de la Pascua. Por eso cada año “recordamos” su pasión, muerte y resurrección, aunque no estuviéramos presentes, pero conviene meditar en ello “como si presente se hallase” (como decía san Ignacio), por una sencilla razón: por que la vida de Jesús, terrena y eterna, nos muestra la dirección y el sentido que debe tener la nuestra.

 

Y todo este proceso que hicieron sus discípulos paulatinamente, les llevó a dar fe de la Escritura, es decir, que si antes podían tener sus dudas, humanamente comprensibles, este hecho de recordar les lleva a aceptar a Jesús y a unirse a él a sabiendas que es el único camino de la Salvación y Vida Eterna.

 

Los discípulos dieron fe también a sus palabras, y aquí “palabra” se entiende como toda su acción, es decir, no sólo a sus sonidos articulados (su voz), sino también sus obras, sus gestos, su conducta, su vida, su muerte y también su resurrección.

 

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver los signos que hacía. (Jn 2, 23)

 

Jesús nunca quiso que se vieran sus milagros desde una perspectiva sensacionalista, porque no era su objetivo el hacerse famoso por esta razón. Jesús pretendía mostrar a la gente unos signos que hicieran a las personas ver más allá del hecho mismo para que comprendieran su significado y así pudiesen creer en Jesús el Hijo de Dios. Por tanto, los milagros sólo podían ser entendidos a la luz de la fe.

 

Los que creyeron, bien podrían recibir el título de discípulo, ya no sólo referido a los “Doce”, porque el verdadero discípulo no se limita a hacer suyas unas enseñanzas o una doctrina, sino que responde personalmente a Jesús con una adhesión personal.

 

Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre. (Jn 2, 24-25)

 

Jesús conocía al hombre no sólo porque era Dios y podía sondearlo todo, sino porque era hombre también y sabía por experiencia propia lo que el ser humano lleva dentro de sí, sus luces y sombras… Jesús nos conoce mejor que nadie, porque para conocer es necesario tejer relaciones profundas que unan a unos con otros. Aquí la pregunta es: y yo ¿conozco a Jesús?

 

Y no podemos olvidar una cosa que vemos en la primera lectura del libro del Éxodo (20, 1-17), donde se nos presenta el Decálogo que, fuera de establecer unas normas que hemos de estar obligados a cumplir, nos muestra que la relación con Dios enmarca la relación con el prójimo, del cual no podemos hacer la “vista gorda” (como se dice coloquialmente). Así también damos fe de que Dios ha irrumpido en nuestra vida: con un testimonio coherente hacia los demás, porque Cristo es “fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 1, 24).

 

Este camino cuaresmal puede ser momento de repensar cuáles son las razones por las que digo “creer en Jesús”, si realmente le sigo porque lo conozco o por lo que me han contado; si lo sigo a él mismo por su persona o quizás creo en su ideología; si lo sigo por un “cumplimiento de mandamientos” o lo hago por verdadero amor a él.

 

Hay tantas palabras vacías y efímeras que escuchamos hoy, que conviene no olvidar que solamente “Él tiene palabras de vida eterna”.

 

Hna. Martha Nallely González Cabrera CSJ

 

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