Ecos del Evangelio

20 marzo, 2021 / Carmelitas

¡Oh Dios, Crea en mí un corazón puro!

 

 

Dios, desde el principio de los tiempos, quiso establecer con nosotros una relación especial pues nos ha hecho a imagen y semejanza suya. Somos imagen de Dios porque ocupamos un lugar privilegiado en la creación. Hemos sido creados para existir en relación con Dios, y en esto consistirá nuestra condición de imagen.

 

Por eso el profeta Jeremías insiste –en la primera lectura- en que Dios va a establecer una nueva alianza, pues la antigua ha sido quebrantada.

 

 

Pero esta nueva alianza implica una transformación del corazón, adquirir un corazón humilde, descentrado de sí mismo, saliendo de sí para ir al encuentro con los otros. Y ese será el camino para llegar a Él, porque aunque el hombre se empeña en buscar el sentido de su vida en otras cosas (incluso en sí mismo) debemos ser concientes de que tenemos una una sed de Dios que no puede ser saciada con otra cosa que no sea Dios mismo. Y es que aunque Dios “nos hizo para sí” no puede evitarnos el mal, porque nos da la libertad humana, como parte de ese ser imagen suya, y por tanto, no determina la vida del hombre.

 

Nos dice San Pablo que Jesús, siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Si el rompimiento de la alianza es un acto de desobediencia, para poder ser entonces pueblo del Señor, es necesaria la obediencia. Jesús sabía esto muy bien, razón por la cual fue obediente al Padre, quien no guardó a su propio Hijo de la muerte, por nuestra salvación. Por eso Jesús es conciente de que este ser Hijo le supone cumplir la misión para la cual va a ser enviado: glorificar al Padre con su pasión, muerte y resurrección.

 

 

Así se encuentra en Jesús la culminación de las promesas hechas al antiguo pueblo de Israel: con Él, Dios establece una nueva y eterna alianza, nueva, porque la anterior habia sido quebrantada por el pecado y ahora es restaurada, ya que Cristo devolvió al hombre el ser imagen de Dios; es eterna, porque es Dios mismo quien la ha restaurado, a precio de la sangre de su Hijo, y por tanto, es una alianza inquebrantable.

 

 

Somos partícipes de la Nueva Alianza cuando vivimos en santidad: la santidad que es propia de Dios “la vive el pueblo” si vive fiel a Él y en solidaridad con los hermanos.

Hoy es un buen día para pedir en la oración “crea en mí Señor, un corazón puro”.

 

Hna. Martha Nallely González Cabrera CSJ

 

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