Ecos del Evangelio

13 abril, 2017 / Carmelitas
Abramos bien los ojos para contemplar la CRUZ de Jesús

VIERNES SANTO CICLO A 2017

La muerte de Cristo la podríamos meditar desde muchos puntos de vista. He escogido meditarla desde la siguiente pregunta: ¿Por qué mataron a Jesús? , es decir, ¿cuál fue la causa de su condena a muerte? Hemos de comenzar la reflexión recordando el objetivo de su misión en el mundo: Jesús vino a implantar la Nueva y definitiva Alianza, el nuevo proyecto de Dios para la humanidad.

Pues bien, esta Nueva y definitiva Alianza suponía necesariamente el cambio radical no sólo de una manera de pensar y sentir interiormente, sino también de un cambio llevado a las mismas estructuras, tanto religiosas como político- sociales. Jesús no buscaba “hombres buenos y honestos”, sino que quería y quiere hacernos “hombres buenos y honestos”

Por tanto su tarea debía comenzar por llamar a la conversión a toda persona y a toda la humanidad, como así fue. Las primera palabras en su vida pública fueron precisamente: “Convertíos”.

Entonces, ¿por qué lo mataron? Porque el mundo vive y vivía precisamente bajo un poder religioso y político, que contradecía totalmente el nuevo proyecto. Jesús entró en abierto conflicto con el régimen, con la autoridad, con las instituciones (ley, templo, culto, ética, etc.) bajo las cuales se regía la vida del pueblo.

No podemos decir pues que «Jesús murió» de muerte natural. Debemos afirmar que «a Jesús lo mataron». Su muerte no fue un «suicidio voluntario» para redimir a los hombres. El credo dice: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato.» Y nosotros podemos agregar: «y bajo el poder religioso».

El conflicto entre Jesús y el «status reinante» llegó a tal extremo, que fue decretada su muerte por ambas autoridades, la religiosa primero y la política después, como la única manera de salvar «el orden establecido» y evitar toda peligrosa innovación que perjudicara a los que regían los destinos de la comunidad judía.

Así pagó Jesús con su martirio cruento, su proyecto de llevar a cabo no una simple reforma religiosa al estilo de los profetas, sino un cambio total del orden institucional, lo que implicaba un cambio en la imagen de Dios, en las relaciones entre los hombres, en la esencia del mismo culto, en la supremacía del amor y de la sinceridad sobre la ley y las normas morales.

Por ese Reino que anunció durante los tres escasos años de vida pública, murió Jesús. Reino que proclamó ante el mismo Pilato. Reino de verdad y de justicia; reino que «no es de este mundo» porque es precisamente «de Dios» y responde a los criterios de Dios.

Primera conclusión que podemos extraer: Dios vino a liberar al hombre de los reinos tenebrosos de este mundo .Por eso los poderes de estos reinos tenebrosos quisieron eliminarlo, porque querían y quieren que el hombre siga siendo un eterno sometido a los intereses creados de una clase dominante, cualquiera que sea.

El Reino que vino a implantar Cristo no fue ni es utópico, sino muy realista y además el único que puede hacer que el hombre sea un hermano para con el hombre y no un lobo. Por eso su reino, supone lucha, contradicciones, persecuciones, traiciones, negaciones, torturas y…, en fin, la cárcel y la muerte.

Segunda conclusión: ser cristiano es asumir ese proyecto de Cristo, con todas sus consecuencias históricas. El proyecto del evangelio no cae en una «tierra desnuda e inmaculada», sino en una tierra dominada por el poder de las tinieblas; cae como un grano de trigo en medio del camino, de las piedras y de las espinas; grano que debe morir para dar mucho fruto…

Tercera conclusión: la muerte violenta de Jesús no fue un simple asesinato. Jesús no murió a manos de un grupo extremista que obró desde la clandestinidad; no murió a manos de un grupo particular o de un individuo fanático o psicópata. Jesús murió bajo el imperio de la ley, en forma pública y oficial, después de haber sido juzgado por dos tribunales, el religioso y el político.

Su condena a muerte no fue dictaminada como fruto del capricho de un hombre sino por motivaciones jurídicas y religiosas. Ambos poderes justificaron ante la historia la crucifixión de Jesús como una verdadera necesidad para salvar al pueblo de un proyecto corruptor.

Como dijo públicamente el sumo pontífice Caifás: «Es necesario que muera un solo hombre para salvar a todo el pueblo», frase que, irónicamente, resultó teológicamente cierta desde la perspectiva del Espíritu Santo, ya que por la muerte de Jesús toda la humanidad fue liberada.

Cuarta conclusión: La muerte de Jesús, fue una muerte pública, un escarmiento oficial para que quedase bien en claro ante toda la comunidad bajo qué régimen e instituciones debería regirse. Se mató a Jesús como símbolo, cruel símbolo de que se quería sepultar su proyecto innovador, su predicación, su mensaje liberador a los pobres. Se lo mató por ser la cabeza del proyecto y de una pequeña comunidad que lo seguía. Así lo entendió Él mismo cuando les dijo a los suyos: «Herido el pastor, se dispersarán las ovejas»

Ni los sacerdotes y escribas, ni Pilato o los soldados pensaban que estaban cometiendo un «deicidio». Todo lo contrario, en nombre de Dios y del orden jurídico del Estado fue crucificado como blasfemo y subversivo. De ahí aquella frase de Jesús casi agonizante: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

Quinta conclusión: Es así como llegamos al fondo de lo incomprensible: en nombre de Dios, de la Ley divina, del templo sagrado, del culto y de las tradiciones religiosas, se crucificó a quien venía precisamente a sostener la absoluta primacía de Dios sobre quienes prostituían su nombre y usurpaban su poder a la sombra de la piedad religiosa. Lo mató el poder religioso

Sexta conclusión: pero también el poder político. Pilato encontró al fin la justificación histórica de aquella muerte: «Si no lo condenas, no eres amigo del César.» Jesús es acusado como sedicioso y agitador contra el orden político; por tanto, como enemigo del Estado y del pueblo que estaba a su cuidado. Y así, aquella muerte de cruz fue el signo más claro de algo que a menudo aparece en el evangelio como un preludio: la instauración del proyecto de Dios creará en los corazones tal confusión que será «causa de contradicción». Se entiende ahora mejor aquella enigmática frase de Jesús: «No vine a traer la paz sino la espada».

Séptima conclusión La muerte de Jesús puso de relieve el misterio de la ceguera de los opresores, ese misterio que ha llevado a la humanidad a cruentas y terribles guerras, a incontables enfrentamientos de odios y pasiones, a la manipulación de los pueblos y de las clases sociales, en fin, a vivir a menudo la historia como una auténtica pesadilla.

La muerte de Jesús que recordamos cada viernes santo sigue teniendo vigencia y actualidad a pesar de los veinte siglos que nos separan de ella. En la cruz se reveló el misterio de la iniquidad humana, de la corrupción política y religiosa, de la miseria del poder absolutista, que mata al inocente para mantenerse en la poltrona.

Octava conclusión: Pero en la cruz no terminó aquel poder de las tinieblas, sólo se reveló para que las futuras generaciones pudiéramos abrir los ojos y no encandilarnos nunca más, aun cuando se nos diga: «En nombre de Dios haremos la guerra a nuestros enemigos.» La historia y la actualidad, es el fiel testigo de la lucha que inició Jesús contra la absurda violencia física y psicológica de los que quieren matar la verdad «en nombre de la supuesta verdad», que ellos dicen poseer. Por todo eso murió Jesús bajo el poder de los que «gobernaban como señores absolutos»

Novena conclusión: Al mirar hoy a este Cristo crucificado, abramos bien los ojos. Abramos los ojos porque el misterio de la iniquidad todavía no se ha rendido. Abrámoslos, no sea que también nosotros «sin saber lo que hacemos», mientras predicamos el evangelio, estemos obrando en contradicción con el Reino de Dios.

Décima conclusión: Jesús hizo todo lo que puedo por nosotros.Jesús recogió todas nuestras firmas antes de subir a la cruz: se hizo eco de las del rico y también de las del pobre; asumió la historia del enfermo y la del humillado; se enteró de la situación de la mujer pecadora. Nadie ni nada fue indiferente para Él. Jesús, en medio de la plaza de nuestra vida, puso una gran mesa. Una mesa para que aprendamos a ser hermanos; a perdonarnos; a rezar y a vivir con los ojos mirando al cielo. Jesús, antes de emprender su subida a la cruz, se ha preocupado de vivir con nosotros, de compartir nuestra condición humana, de curar heridas, de poner muchas cosas en su sitio y, a Dios, en el corazón de muchos de nosotros.

Hoy, Viernes Santo, (como entonces en Belén) habrá muchos que vivan indiferentes al amor y a la ternura de Dios. Nació el amor en el pesebre y, de nuevo vuelve a renacer, en un pesebre alzado en forma de cruz. ¿Se puede hacer algo más por el hombre?

Hoy, Viernes Santo, (como entonces en Belén) hay quienes intentan aniquilar al que quiere ascender al árboles de la verdad y de la paz, de la justicia y de la dignidad humana. A los que son pregón de un mundo en dirección opuesta a la que va.

Hoy, Viernes Santo, (como entonces en el Calvario) se levantan dedos acusadores, señalando a los demás para disimular sus propias vergüenzas.

Hoy, Viernes Santo, (como entonces en el Gólgota) Dios muere y muere por lo mismo: por el hombre, que se resiste a entender que, solo el amor de Dios aceptado y puesto por obra puede remediar el desaguisado en que está el mundo y la sociedad.

Meditemos, porque hoy es un día para meditar en silencio.

 

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