Ecos del Evangelio

8 julio, 2016 / Carmelitas
Amor y misericordia

DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

El domingo anterior, el evangelista Lucas nos presentaba el tema de la misión y la hospitalidad. Hoy nos introduce en cómo practicar la misericordia y el amor que necesitamos vivir con nosotros y con los demás. Es un distintivo que todo cristiano necesita tener. Jesús nos ofrece la parábola del Buen Samaritano, relato que muchas veces hemos escuchado o leído, en él saca a la luz la misericordia en la capacidad de amor al prójimo.

Al comienzo del Evangelio tenemos la figura de Jesús y un experto en la ley, de manera que el letrado comienza preguntando a Jesús ¿Qué tengo que hacer para ganar la vida eterna? El letrado busca de una manera u otra que Jesús se equivoque. Jesús, que sabe mirar nuestro interior y conoce todo nuestros pensamientos desea que nosotros mismos escuchemos nuestro interior, y da comienzo un diálogo con nosotros, nos contesta la pregunta con otra pregunta., ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?

Primera aproximación a la misericordia y al amor. “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo”. De la misma manera que Dios nos ama, con la misma misericordia con que nos trata a cada uno, desde ahí y sólo desde ahí nos invita a “hacer lo mismo” con nuestro prójimo. A lo largo del pasaje bíblico vemos al letrado que vuelve a surgirle un cuestionamiento más, ¿Quién es mi prójimo? Jesús, nos habla de un relato, una sencilla parábola muy clara para todos. Nos describe la desgracia de un hombre que va de viaje… “Un hombre cayó en manos de salteadores que después de despojarle y golpearle se fueron dejándolo medio muerto” vemos a un hombre herido, despojado de sus pertenencias, golpeado y abandonado, un hombre en extrema necesidad de cuidado, de ser atendido, pero está solo, bajo una inseguridad de perder la vida.

Por casualidad un sacerdote bajaba por el camino, pero lo vio, lo rodeó y pasó de largo, luego pasó un Levita pero también hizo lo mismo que el primero. Estos dos personajes “ven” pero no se implican en ayudarlo, y ¿qué hacen? optan por seguir su camino. Porque la ley no se los permitía, al tocarlo podían quedar impuros, por eso ellos evitan cualquier contacto con aquel hombre. Son incapaces de brindar la ayuda al más necesitado, incapaces de realizar un acto de amor con el prójimo. Para el sacerdote como para el Levita su seguridad, comodidad y el cumplimiento fue más fuerte, que realizar una obra de misericordia con el necesitado.

Dios es grande y no nos abandona nunca… “un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba el y al verlo le dio lástima, se acercó, vendó sus heridas…” la actitud del samaritano es una actitud de compasión que sólo por el amor se realiza, se implica en el sufrimiento del otro, lo hace parte de él, se preocupa de su vida, que está en peligro, y lo cura. Y este es el mensaje que quiere Dios para cada uno de nosotros, que seamos como el samaritano, que hagamos nuestro el sufrimiento del otro.

La misericordia no se queda sólo en una actitud o una intención de pura compasión sino que está llamada a traducirse en una acción llena de amor. “El amor cuando es crecido no puede estar sin obrar” Santa Teresa de Jesús.

Hna. Lidia Damian CdSJ

 

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