Ecos del Evangelio

9 agosto, 2017 / Carmelitas
Ánimo, no tengas miedo

DOMINGO XIX T.O. CICLO A 2017 ¿Donde, como y que Dios es el que encontraremos en nuestra vida.?. La palabra de Dios de este domingo nos lo aclara por si aun no lo sabemos. El profeta Elías esperaba encontrar a Dios en el viento huracanado, en la tormenta, en el fuego abrasador; pero ni el viento huracanado, ni la tormenta, ni el fuego abrasador manifiestan la presencia del Señor. En cambio, el Señor se manifiesta al profeta en el suave susurro de una brisa. Elías no encuentra a Dios como él se lo imaginaba, sino como Dios quiere salir al encuentro de Elías. Los que salieron a escuchar la palabra de Jesús y comieron hasta la saciedad pan y peces en el desierto esperaban a un Mesías que fuera rey de Israel. Pero Jesús, el Mesías, cuando el pueblo quiere proclamarle rey, se escabulle y se retira Él solo al monte para orar. Pablo, discípulo de fariseos y el más fanático entre los judíos, esperaba que Dios respondiera con su venida a la expectativa de los judíos; pero Dios le llama para hacerle apóstol de las gentes. Y es que Dios sorprende siempre con su venida. Dios es siempre el que viene; su venida siempre es noticia. No podemos acostumbrarnos a Dios, o mejor, no podemos anticipar nunca desde nosotros mismos la voluntad de Dios, pues esto sería tanto como afirmar que nuestra voluntad es la voluntad de Dios. No podemos nunca estar seguros de los caminos por los que Dios viene hasta nosotros, pues esto sería tanto como afirmar que somos nosotros los que señalamos a Dios el camino de su venida. Dios es el Señor. Dios es el que viene. Dios es el auténtico futuro y, por eso, siempre sorprendente. Por eso Dios, con su venida, nos obliga constantemente a salir de un pasado al que ya estamos acostumbrados y nos introduce en un camino que sólo Él conoce y poco a poco nos va descubriendo. Seguir a Dios es, por ello mismo, un éxodo permanente, un dejarse llevar hacia la tierra que Él nos mostrará y que sólo Él conoce. Dios no viene nunca a consolidar un pasado, sino a renovar todas las cosas: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap21,5).Por eso, lo más conveniente para la fe no es un mundo tranquilo donde todo siga igual, sino un mundo en transformación y cambio permanente. En ese mundo es donde vive el cristiano y donde ha de aprender a caminar hacia el Señor, lo mismo que Pedro sobre las aguas movedizas. La fe, a diferencia de la simple religión, no es una seguridad fundada en un orden ya establecido, sino la confianza del que camina respondiendo continuamente a la llamada del Señor. La fe no es posible donde el miedo paraliza nuestros pies por el camino y nos retiene en la falsa seguridad de un pasado caduco. La fe no es posible sin el riesgo de la fe, sin la inseguridad de la fe, pues la única seguridad de la fe es correr el riesgo de caminar, fiados tan sólo en la palabra de Dios, sobre las aguas de un mundo que cambia. ¿Por qué has dudado? No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: “¿Por qué has dudado?”. A veces las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo. Otras veces, el misterio de Dios se nos hace agobiante y abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarse al misterio. Mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y sin sombra de duda que no encuentra ni podrá jamás encontrar. No pocas veces, la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios. Con frecuencia, nuestro propio pecado quebranta nuestra fe, pues ésta decae y se debilita cuando negamos a Dios el derecho a ser luz y guía de nuestra vida. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante? Lo primero es no desesperar ni asustarse al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces “la fe genuina sólo puede aparecer como duda superada” (Ladislaus Boros). Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con Dios. Y no hay que esperar a que nuestros interrogantes y dudas se encuentren resueltos, para vivir en verdad ante ese Dios. Por eso, lo importante es saber gritar como Pedro: “Señor, sálvame”. Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no sólo como gesto de súplica sino también de entrega confiada de quien se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva del hundimiento total. «¿Animo, soy yo, no tengáis miedo!» La fe no es asunto de doctrinas, ni de ideologías, sino que es una cuestión personal que hace referencia a la confianza. Fe es fiarse y confiarse en la persona de Cristo. La fe borra el temor, el miedo. Quien arriesga con Cristo gana en el negocio de la vida. Nuestra fe no es un cúmulo de certezas. Pero, nuestra fe, es vivir en la certeza de que el Señor nos acompaña. Que nada, ni nadie, nos podrá apartar de su dulce presencia. ¿Lo sentimos así? ¿Caminamos sobre las aguas de la vida conscientes de que, el Señor, es dueño de bravo oleaje y señor de la repentina calma? Tener una experiencia divina está al alcance de cualquiera, sólo es necesario tener fe y mantenerla aun a pesar de las dificultades. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Lo difícil, lo raro, no es tener fe, sino mantenerla en los momentos amargos o difíciles. La fe no te evita las dificultades pero te da valor para afrontarlas. En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¿Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios». Cuando con Jesús pierdes el miedo y por Él arriesgas a pesar de los problemas, acabas viéndolo como Hijo de Dios y haces una lectura correcta de su mesianismo y de su persona. Nos hemos de acostumbrar a sentir a Dios en lo pequeño. Vino diminuto en Belén y..en la pequeñez Dios se quiso acercar al hombre. No pretendamos, por ello mismo, coger la escalera de los sucesos extraordinarios o de la grandeza, para llegar hasta Dios. La brisa, de la cual nos habla la primera lectura, o las aguas bravías del Evangelio de este día, nos pueden llevar a comprender dos cosas: el Señor nos viene de la forma más sorprendente que podamos imaginar y, por otro lado, sólo nos exige fe. Al final de nuestros días no se nos pedirán cuentas de los éxitos que hayamos cosechado, sino de los esfuerzos. La vida es riesgo, es un quehacer que a golpes de esperanza y confianza vamos sacando adelante. El que no arriesga porque no confía, pierde el tren de la historia. Convirtamos este evangelio que hemos escuchado en una confesión sincera de cada uno de nosotros y digámosle a Cristo: ¡TENGO MIEDO, SEÑOR! *De caminar sobre las aguas de la fe. *De nadar contracorriente. *De mirarte y estremecerme. *De hundirme en mis miserias y en mis tribulaciones, en mi falta de confianza y…de mis exigencias contigo. TENGO MIEDO, SEÑOR *De que me vean avanzando en medio de las olas del mundo con las velas desplegadas de la fe. *Que me divisen, de cerca o de lejos, navegando en dirección hacia Ti. TENGO MIEDO, SEÑOR *De que, en las dificultades, no respondas como yo quisiera. *Que, en las tormentas, no me rescates a tiempo. *Que, en la lluvia torrencial, no acudas en mi socorro. *Por eso, porque tengo miedo, Señor, mírame de frente, de costado y de lado para que, en mis temores, Tú seas el Señor. Ojala que cada uno de nosotros también escuche las misma palabras dirigidas a Pedro: “Ven” , y recobraremos la paz en nuestros corazones. Que así sea

 

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