Ecos del Evangelio

29 julio, 2016 / Carmelitas
Aprendamos a compartir

En el evangelio de hoy surge un problema familiar, como en toda familia, los bienes materiales son un obstáculo en la vida de cada uno, un obstáculo que nos impide a nosotros mismo entregarnos al amor. “En aquel tiempo uno de entre la gente dijo Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. La primera impresión que da es que el hermano hace una injusticia, al no compartir la herencia de su padre, ante los ojos de los demás es como si él quisiera aprovecharse de todo o puede que el vea que su hermano aún no está capacitado de administrar la parte que le correspondía, pareciera que lo ve como un peligro de perdición para él. Existen dos posibilidades: que el primero quisiera la herencia para administrarla él y separarse de los lazos familiares o que el otro hermano no quisiera entregarle la herencia. Cualquiera que fuera la verdad, Jesús no desea para nosotros que vivamos apegados a los bienes de la tierra. La sorprendente respuesta que Jesús nos da… “Amigo ¿Quién me ha nombrado juez o repartidor entre vosotros?” Jesús no quiere aparecer como un abogado. Por eso nos enseña a guardarnos de toda codicia, nos invita a permanecer en vigilancia, a mirar nuestras actitudes interiores y sobre todo la limpieza del corazón. Es fácil dejarnos llevar por el deseo de tener más, el llenarnos de cosas que no tiene importancia en nuestra vida. La ambición de tenerlo y poseerlo todo cierra nuestro corazón y no nos deja compartir con el otro. La parábola nos habla del rico que teniendo una cosecha abundante no saber compartir y su egoísmo lo lleva a encerrarse en sí mismo y tiene como resultado una mala planeación de la cosecha. La primera pregunta que se hace ¿Qué haré? Surge un problema “no tengo donde reunir mi cosecha”, brota el problema, sólo piensa en la cosecha, sin ninguna intención de preguntarse con quién puedo compartirla, se encierra en sí mismo. Jesús desea que nosotros estemos abiertos a las necesidades de los demás. A la actitud del rico que se creía inteligente, que se había formado un proyecto perfecto, a su manera, se contrapone con las palabras, dirigidas de parte de Dios, para Dios no es precisamente inteligente sino “necio”, porque Dios ve el corazón. No nos dejemos llevar por toda clase de codicia que cierra el corazón, pidamos a Dios que nos ayude a mirar a nuestro alrededor con los ojos que mira él. “Es gran cosa, mientras vivimos y somos humanos, traerle humano” Vida 22,9. Santa Teresa de Jesús. Hna. Lidia Damian Solano. HCdSJ

 

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Carmelitas de San José

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