Ecos del Evangelio

11 enero, 2019 / Carmelitas
Bautismo de Jesús


EL BAUTISMO DE JESÚS

Comenzamos el tiempo ordinario con la fiesta del Bautismo del Señor. Vemos hoy en el evangelio, como Cristo es ya una persona adulta. Y lo vemos como estaba como uno más en la fila para ser bautizado por el Bautista, en un bautismo general de penitencia. Y se abre el cielo y se escucha la voz del Padre: “Tu eres mi Hijo, mi Predilecto”.Jesús comienza pues su vida publica, su misión, que lo llevará al bautismo de sangre que consumó en el Calvario.

Hoy pues es una día para reflexionar sobre nuestro bautismo, a la luz del bautismo de Cristo. Y seria bueno comenzar haciendo una pregunta: ¿Por que la mayoría de los cristianos solo recuerdan y celebran el cumpleaños y su santo, y son poquísimos los cristianos que saben en qué día fueron bautizados, y menos aún los que lo celebran?

No se trata evidentemente de recordar un rito, sino de agradecer la fe que nos dio la Iglesia cuando nuestros padres pidieron el bautismo para nosotros. Esa fe que ha marcado la vida de tantos desde niños, pero que siendo sinceros, no han asumido de mayores y por tanto, son cristianos ateos, pero no cristianos creyentes, porque esa fe nos los ha llevado a dar testimonio en la vida.

Por eso, tal vez, lo primero que muchos se tienen que preguntar es si la fe ocupa un lugar central en sus vidas, o si todo se reduce a un añadido artificial que utilizan para adornar algún evento social. Y fe que después relegan o prescinden de ella tan tranquilos.

Una pregunta clave sería ésta: ¿Es la fe la que orienta e inspira la totalidad de mi vida, o vivo más bien sostenido y estimulado sólo por la búsqueda de bienestar, el disfrute de la vida, las ocupaciones rutinarias y mis proyectos y ambiciones?. O dicho de otra manera: la pregunta es si mi fe se reduce a aceptar teóricamente «lo que me digan unos postulados y normas», o si más bien busco abrirme de manera humilde y confiada a Dios, para llevar a cabo en mi vida la tarea que Dios me tiene encomendada.

Amigos, lo repito, una vez más para no engañarse: para ser creyente y abrirse a Dios no bastan los ritos externos, los rezos rutinarios o la confesión de los labios. Es necesario creerle a Jesucristo, escuchar interiormente su Palabra, acoger su evangelio, hacerlo vida en mi vida y testimoniarlo.

¿Abro alguna vez la Biblia? ¿Leo los evangelios? ¿Hago algo por conocer mejor la persona de Jesús y su mensaje? ¿O mi formación se reduce a la que recibí de niño cuando me preparaba para la primera comunión?

Además, la fe no es algo que se vive de manera solitaria y privada. Es una equivocación pensar en la fe como una especie de «hobby», afición personal y devociones particulares. El creyente celebra, agradece canta y disfruta su fe en el seno de una comunidad cristiana. ¿No he de renovar e intensificar más los lazos con la comunidad donde se alimenta y sostiene mi fe?

Por eso, la celebración del domingo es fundamental para el cristiano. El domingo es el día en que se encuentra con su comunidad, celebra la eucaristía, escucha el evangelio, invoca a Dios como Padre, renueva su esperanza y hace realidad su fraternidad y amor con los demás hermanos. Sin esta experiencia semanal, difícilmente crecerá la fe. ¿Pienso que para mí es suficiente acordarme de Dios en los momentos malos, asistir distraído a algunos funerales y santiguarme al pasar por delante del santuario?

Quien quiera conocer «el gozo de la fe» y experimentar la luz, la fuerza y el aliento que la fe puede introducir en la vida del ser humano ha de comenzar por estimularla, cuidarla, renovarla y testimoniarla.

No cabe duda, que, en estas últimas décadas, la reflexión sobre nuestro propio bautismo ha enriquecido a muchos cristianos que han encontrado en él el redescubrir su fe y su vivencia cristiana. Pero también es cierto que, para muchos, el bautismo ha entrado en hibernación. Desde cualquier despacho parroquial puede constatarse varias posturas:

–Bautizados que ya no bautizan a sus hijos.

–Otros, que sí quieren bautizarlos, pero sin someterse a ninguna reflexión sobre la responsabilidad de educar en la fe a esos hijos, sin aceptar, por tanto, ninguna preparación, o haciéndolo a regañadientes.

–Matrimonios, en fin, que sí aceptan esta preparación y parecen vibrar incluso ante el significado del bautismo, pero que dejan morir enseguida esa semilla de vida que el bautismo deja en esos niños.

Viendo hoy entrar a Jesús en el río Jordán, para aquel bautismo, símbolo y preludio del que Él instituiría, dejadme subrayar algunos puntos.

1-º El bautismo no es un malabarismo mágico, un mero rito ancestral, ni un tabú heredado. El bautismo ha de partir de la fe. Jesús mandó predicar el evangelio: «Id y predicad». Luego, el que aceptaba ese mensaje, se bautizaba: «El que creyere y se bautizare…».  Así, los que se iban a bautizar, se preparaban e instruían durante un largo período: el «catecumenado». Más tarde, vino el bautismo de los niños, para expresar que la fe es gratuita, es un don de Dios.

Pero, ¡ojo!, al bautizar a los niños, no se eliminaba la necesidad de ese catecumenado, como si Dios lo hiciera todo. Esa responsabilidad de la educación en la fe quedó encomendada a la fe de los padres y, por supuesto, a la fe de la Iglesia, hasta que el niño, así evangelizado y catequizado, hiciera su libre opción recibiendo la confirmación.

2-º El bautismo es más que nacer. Es «renacer», como dijo Jesús a Nicodemo. Es empezar a vivir una vida muy superior a la mera biología. Es injertarse en un organismo sobrenatural (la Iglesia), en el que nuestros actos, sin dejar de ser humanos, empiezan a ser «divinos» ya que, por el bautismo, nos hacemos «hijos de Dios».

Decía S. Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues de verdad lo somos». Y Pablo añadía: «Si somos hijos, somos herederos». Y no sé si el cristiano valora esto suficientemente, porque esto no es palabrería. Mi tarea, como bautizado, es una tarea que, de algún modo, «salta hasta la vida eterna» y se une al trabajo constructor de Cristo en favor de todos los hombres. ¡Ahí es nada!

3-º Pero hay más. El bautismo rompe mi radical soledad, me entronca en la gran familia cristiana y me hace «vivir en comunidad» (lo he comentado antes). Pertenezco a una familia numerosa en la que, día a día, se me invita a desechar todo egoísmo como pecado, ya que la cosa más hermosa es la gran fraternidad de los «hijos de Dios». Por el bautismo, hablo en «plural» y siento en «universal».

En el bautismo el cristiano es hecho hijo de Dios y recibe ya la comunicación del Espíritu. La confirmación no es otra cosa que la confirmación del bautismo, un rito en el que de una manera más expresa se nos confiere el don del Espíritu. Por el bautismo y la confirmación, el cristiano es invitado por Dios a llevar el testimonio de su vida a la realidad del mundo de los hombres. El bautismo asumido ya de adulto es todo un compromiso.

Es bueno que nos miremos al espejo de Cristo en el dia que celebramos su Bautismo.También nosotros, en medio de este mundo, somos ungidos a trabajar por la justicia y la verdad, para hacer triunfar los valores de Dios: pero no con la violencia o la impaciencia, sino con la comprensión, la servicialidad, y con la entrega total de nosotros mismos.

De modo que se pueda decir también del seguidor del Mesías: “pasó haciendo el bien, curando, enseñando… porque Dios estaba con él”. Esa es la mejor definición de Cristo que se hizo y por cierto la hizo S. Pedro, y esa es la mejor definición que se puede hacer de nosotros cuando nos toque abandonar este mundo.

El estar bautizado o se demuestra con el compromiso, la entrega y el amor, o si no es falso. Y si algo pide la fe recibida en el Bautismo es autenticidad.

Preguntémonos que clase de fe tenemos: fría o caliente

-Fe fría es la que está solo en la cabeza.

-Fe caliente es la que baja al corazón y a la vida.
-Fe fría es la que se vincula a unas ideas y aprendizajes de memoria.

-Fe caliente es la que se vincula a una Persona=Cristo
-Fe fría es la que vive solo a base de normativas, preceptos y requisitos.
-Fe caliente es la que vive del seguimiento de Jesús, porque uno se ha hecho amigo y seguidor suyo.

Las navidades han quedado ya atrás. Muchos no habrán traspasado la corteza artificial de estas fiestas, ni habrán gustado el sentido de la verdadera Navidad. No habrán descubierto la gran noticia: El cielo se ha abierto definitivamente. Dios está con nosotros y para siempre. Y nosotros que salimos la Navidad, ¿hemos cambiado de camino (si no estábamos en el correcto) como los magos y estamos con Cristo?

Se acabaron los intermediarios: Cristo oculto para unos, desconocido para muchos, pero Cristo está con nosotros. No el dios frío de la razón, no el dios distante del puro misterio, sino un Dios hecho carne, hermano y amigo. ¿Habrán servido estas navidades a no pocos, para pasar de religiosos a creyentes?

Pues lo: Ahora comienza para nosotros la misión de hacer conocer a Cristo a los demás con nuestras vidas. Es la única manera de demostrar que verdaderamente estamos bautizados. O lo que es lo mismo, la única manera de ser cristiano creyente y no cristiano ateo.

 

 

 

 

 

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