Ecos del Evangelio

6 enero, 2018 / Carmelitas
EL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO B 2018

Hoy, Jesús sale al encuentro del hombre.

En esta fiesta del Bautismo de Jesús, lo vemos ya adulto. Es ley de vida. No se puede parar el tiempo para quedarse uno en niño. Pasó, para Jesús, la edad de la tranquila inexperiencia, de ver el mundo por los ojos de otro, la edad en que los sueños ganan tantas veces el pulso a la realidad. Ha pasado también su primera juventud, cuando todavía no se miden demasiado las palabras, y uno no se explica cómo pueden ser tan cortos los días, ni por qué la gente da tantas vueltas antes de arriesgarse a algo.

Para Él ha llegado la hora de la madurez: de las decisiones que implican la vida entera, de la constancia, del equilibrio. Es ahora cuando Jesús deja su casa para vivir la vida a campo abierto; la hora madura de comenzar a expresarse, de decir al mundo todo lo que el Padre ha decidido comunicar.

Suelta amarras y bajo el timón del Espíritu comienza su vida publica. ¿Y por donde empezar?  

Pues por el desierto, desde luego. Allí se fraguan las grandes decisiones y nace el hambre de otra tierra mejor. Al desierto se va Jesús, cuando Juan ya está allí abriendo caminos y preparando corazones. Se mete en la fila de la gente y se hace bautizar. Cuando sale del agua, el Espíritu Santo y el Padre dan testimonio de Él: “Éste, que veis ahí, que llega a vosotros como uno más de la fila, es ‘mi Hijo, mi preferido”. Pero casi nadie se da cuenta, apenas Juan.

Y desde entonces comienza a hacerse realidad en Cristo, lo que S. Pedro nos decía en la segunda lectura : pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él.

Es bueno que lo entendamos desde el principio. Lo que va a quedar en la tierra al paso de Jesús no va a ser el recuerdo de grandes prodigios, de una luz como de relámpago, de cambios espectaculares en la sociedad de su tiempo.

Quedará, más bien, el perfume discreto de alguien que puso esperanza en el sufrimiento de la gente; que hizo nacer ilusión en quienes todo lo daban por perdido; que ayudó al pueblo a sonreír, a soñar, a compartir. Así, discretamente, sin rayos ni truenos (ese estilo ya pasó); sin amenazas ni castigos (Jesús será juez, pero también abogado); sin milagros que convenzan, sin señales que apabullen. Como quien ofrece. Como quien sirve.

Y ése precisamente,  ése deberá ser el estilo de los que sigan a Jesús, de los que reciban su bautismo con Espíritu Santo.

Ese debe ser el modo de hacerse presente la Iglesia en el mundo. Sin grandes señales de poder, sin soberbias, sin vanaglorias, sin boato, sin promesas de trato preferencial de Dios en favor de los suyos. Todo mucho más sencillo.

Los cristianos, como Jesús, hemos de pasar por la vida “haciendo el bien”: amando a quienes nos odian, construyendo paz, haciendo felices a los niños, poniendo esperanza en los corazones acorralados por el miedo, o por la soledad. Por donde pase un cristiano, seguramente no quedarán estatuas ni placas conmemorativas. Se notará su paso en algo mucho más simple: en que la gente de aquel lugar habrá empezado a sonreír feliz, unida, libre.

Comprender el bautismo de Jesús nos debe llevar a comprender nuestra propia realidad de bautizados. Porque desgraciadamente, hoy día, bautizar a una criatura, ha quedado para muchos en simple rito, porque lo que se prepara con esmero  es el banquete que viene después, y aquí paz y después gloria. Y eso es no entender nada. Eso es desfigurar  y traicionar el sacramento que debe marcar nuestra vida.

Son pocos los cristianos que saben en qué día fueron bautizados, y menos aún los que lo celebran. Basta recordar la fecha de nacimiento y celebrar el cumpleaños. ¿Y por que no nos acostumbramos a celebrar el cumpleaños de nuestro bautismo? Lo importante evidentemente no es recordar un rito, sino agradecer la fe que ha marcado nuestra vida ya desde niños y asumir con gozo renovado nuestra condición de creyentes.

Tal vez lo primero que hemos de hacer es preguntarnos si la fe ocupa un lugar central en nuestra vida, o si todo se reduce a un añadido artificial que tiene todavía alguna importancia, pero del que podríamos prescindir sin grandes consecuencias.

Una pregunta clave sería ésta: ¿Es la fe la que orienta e inspira la totalidad de mi vida, o vivo más bien sostenido y estimulado sólo por la búsqueda de bienestar, el disfrute de la vida, las ocupaciones laborales y mis pequeños proyectos?

Por otra parte, la fe no es algo que se tiene, sino una relación viva y personal con Dios, que se va haciendo más honda y entrañable a lo largo de los años. La pregunta sería si mi fe se reduce a aceptar teóricamente «lo que me diga la Iglesia», o si más bien busco abrirme de manera humilde y confiada a Dios.

Pero para abrirse a Dios no bastan los ritos externos, los rezos rutinarios o la confesión de los labios. Es necesario creerle a Jesucristo, escuchar interiormente su Palabra, acoger su evangelio, vivirlo y testimoniarlo con la vida  ¿Abro alguna vez la Biblia? ¿Leo los evangelios? ¿Hago algo por conocer mejor la persona de Jesús y su mensaje?

Además, la fe no es algo que se vive de manera solitaria y privada. Es una equivocación pensar en la fe como una especie de «hobby» o afición personal. El creyente celebra, agradece canta y disfruta su fe en el seno de una comunidad cristiana. ¿No he de renovar e intensificar más los lazos con la comunidad a la que pertenezco y donde se alimenta y sostiene mi fe?

La celebración del domingo es fundamental para el cristiano. El domingo es el día en que se encuentra con su comunidad, celebra la eucaristía, escucha el evangelio, invoca a Dios como Padre y renueva su esperanza. Sin esta experiencia semanal, no crecerá la fe, al revés, se ira debilitando, hasta perderla. simplemente seré un cristiano de rutinas. ¿Pienso que para mí es suficiente acordarme de Dios en los momentos malos, asistir distraído a algunos funerales y santiguarme antes de las comidas? Pues si es así que equivocado voy.

Quien quiera conocer «el gozo de la fe» y experimentar la luz, la fuerza y el aliento que la fe puede introducir en la vida del ser humano, ha de comenzar por estimularla, cuidarla y renovarla.

Hoy comienza la vida activa de Jesús. Ha dejado de ser niño y, tocado por Dios por un nuevo Bautismo, sale al encuentro del hombre. Para clarificarnos con su fecunda Palabra, para iluminarnos con la fuerza de lo alto y para curarnos de mil y una enfermedades. El Bautismo del Señor, en el río Jordán, debe ser para nosotros un motivo de inmensa alegría.

Hoy, Jesús, recién salido de la maternidad de Belén, comienza a dar sus pasos. Jesús se pone en situación de despegue. Atrás ha quedado el portal rodeado de luces, agua, pastores o musgo. Ahora, además de adoradores y cánticos, necesita de heraldos de su Buena Nueva. Necesita de cooperadores de su causa. Su Bautismo, es el anticipo del nuestro. Con su Bautismo todos estamos llamados a ponernos en línea de salida para mostrar el rostro de Dios a cuantos no lo conocen o, incluso, aquellos que lo rechazan.

Contamos para ello con el abrazo del Espíritu y con la certeza de que Dios nunca abandona a sus amigos.

*Jesús deja los algodones de Belén y se enfrenta a la misión por la cual Dios se ha encarnado en el hombre.

*Jesús deja las callejuelas y la carpintería de Nazaret, y descubre que la voluntad de Dios, no siempre es acogida ni cuidada por la voluntad de los hombres.

Que nosotros, en esta fiesta del Bautismo del Señor, re-descubramos y ahondemos en la importancia inmensa de nuestro Bautismo, porque de adultos, si somos conscientes de nuestro Bautismo, estamos llamados a cooperar con Cristo para que el Reino de Dios, lejos de ser marginado en la tierra, sea presentado como garantía de la felicidad y de los sueños que todo ser humano tiene.

 

Quiero cooperar contigo, Señor

*Bajar hacia las aguas de los ríos de este mundo, para sentir que Dios llama siempre a pesar de las dificultades del camino.

*Dejar tantas comodidades, para empeñarme con el Evangelio, que necesita de mis manos y de mi esfuerzo para ser difundido.

*Renovar mi Bautismo un tanto empolvado por el paso del tiempo. Reavivar mi Bautismo un tanto mortecino. Fortalecer mi Bautismo a veces débil y acomodado.

*Creerme de verdad que me dices: “Tú eres mi Hijo”, que para eso he nacido en las aguas del Bautismo. Y así ser heraldo y profeta, para ponerme a tu servicio y en tu senda, para no olvidar que, no hay mayor gozo, que servirte, amarte y pregonarte con generosidad. Quiero ser del tuyos, Señor, y para siempre.   Amen.

 

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