Ecos del Evangelio

10 diciembre, 2016 / Carmelitas
Confiad en las promesas

DOMINGO III DE ADVIENTO CICLO A 2016

El hombre necesita salir de sus angustias, superar sus preocupaciones; y cuando no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que le libere de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver aquellas situaciones conflictivas que para él se presentan como insolubles o ante las que se siente impotente para resolver.

En esta situación de impotencia el hombre busca “salvadores”, y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones. Estos salvadores, se presentan ante el hombre angustiado, como la solución a sus problemas y necesidades. Y, como las necesidades de los hombres no son pocas, nos encontramos con un mundo en el que tampoco son pocos los salvadores y mesias, pero ya vemos a quienes salvan, excepto a ellos mismos y a sus amiguetes y bolsillos.

Además, por sí fueran pocas las necesidades del hombre, la sociedad consumista contemporánea ha creado una fabulosa colección de necesidades artificiales en innecesarias que vienen a sumarse a las necesidades naturales.

Y en muchas ocasiones el hombre pone sus ilusiones incluso en quienes nunca le han prometido nada ni tienen intención de hacerlo: cantantes, futbolistas, actores de cine o teatro…, todos estos ídolos, son capaces de hacerse con las ilusiones de no pocos: son las vedets detrás de los que muchos van , simplemente para evadirse. ¿Pero, todos estos “salvadores e ídolos” son la solución verdadera para el hombre?

El evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos ídolos de barro son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” ¿Qué respuesta pueden dar los abundantes salvadores de nuestro tiempo a esta pregunta? ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús? ¿Acaso son capaces de presentar, no argumentos, promesas, bonitas palabras, sino hechos claros, inconfundibles, aplastantes, como hizo Jesús? ¡Bien sabemos que no!

Si, esperamos a otro y ese otro es Cristo, el único Salvador y Mesias, pero no al estilo de los mundanos. Y nosotros como Juan el Bautista somos quienes hemos de hacerlo presente. Juan estaba en la cárcel. El hombre de hoy se encuentra en el “cautiverio”. Juan espera el Reino de Dios y se preguntaba por el Mesías. El hombre de hoy espera el cambio y se pregunta por las personas o movimientos o Iglesia que haga posible ese cambio y de sentido a la vida. Esa esperanza de cambio es la que nos trae Cristo…,

*Para que se valore a la persona por encima de las cosas.*Para que la persona no sea amansada, embotada, explotada y marginada.*Para que no se viva bajo el signo de la tristeza y/o el miedo.*Para que la amistad y la solidaridad sean algo más que palabras. *Para que el progreso no sea un dios cruel e inhumano.*Para que la naturaleza no sea violada ni destruida.* Para que la palabra y la verdad prevalezca sobre las armas y la mentira. *Para que se ofrezcan razones válidas para vivir y morir.*Para que el ser y el sentir, la verdad y el amor sean valores primarios.

Nosotros, profetas y continuadores del Mesías, debemos ser los heraldos para que esa esperanza se convierta en realidad. Debemos ir a los demás y decirles: no os escandalicéis del mal abundante, la locura suicida y el sufrimiento injusto por parte del mundo, y la aparente debilidad, la infinita paciencia y el desconcertante silencio por parte de Dios. Ni os escandalicéis del pecado, la fealdad y el error que pueden darse en la Iglesia.

Debemos mostrarles comunidades en donde todo se comparte en comunión donde todos son “pobres” y todos son “ricos” y todos se “evangelizan” mutuamente. Comunidades donde se encuentran medicinas que “curan” y energías que fortalecen. Comunidades donde no existen la tristeza, la soledad, el miedo, la mentira… Y todo esto será posible gracias a la paciencia que se desprende del amor.

Éste fue el secreto de Cristo: su paciencia, fruto de su amor inmenso e infinito. Jesús ama al Padre con el mismo amor que es amado, pues es el Hijo. Cuando se vuelve a los hombres, los ama con el mismo amor que el Padre.

Así pues, el amor encuentra en la paciencia una de las mejores expresiones de él mismo. El amor invita al diálogo, a la reciprocidad perfecta. Para Jesús, amar a los hombres es invitarlos, con un infinito respeto de lo que son, a dar una respuesta libre a colaborar con Él.

Y colaborar en este amor de Cristo, supone que nosotros tengamos la misma paciencia que Cristo tiene con nosotros, respetando al otro, como Cristo nos respeta a nosotros, seamos como seamos. Por tanto levantemos poco a poco al que esta hundido, pero con paciencia. Regeneremos poco a poco al que se degeneró, pero con paciencia.

Por decirlo de otra manera: para Jesús, amar a los hombres es amarlos hasta en su pecado, hasta en su negativa al designio de Dios sobre ellos. Es el pecado de los hombres lo que conduce a Jesús a la cruz. Pero la mayor prueba de amor es dar su vida por los que uno ama. El amor persiste, se hace más profundo, se afirma victorioso incluso donde el pecado del hombre hiere a Jesús de muerte.

En su pasión es, por tanto, donde se manifiesta plenamente la paciencia de Jesús. En el momento supremo, el amor de Cristo se hace totalmente misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Jesús ha amado a los hombres hasta el final.

La paciencia de Jesús escandaliza, ya que es testimonio de un amor a Dios y a los hombres construido en la total renuncia de sí mismo. Dejarse atar por el amor que Jesús propone a los hombres, supone que uno acepta, a su vez, esta exigencia de pobreza radical. Pero el hombre siente pavor ante este total desprendimiento, pues tiene la impresión de perderlo todo, pero es la única manera de ganarlo todo. Y ahí encontraremos la verdadera alegría.

La alegría comienza en el instante mismo en que uno suspende los afanes de búsqueda de la propia felicidad para procurar la de los otros. En el corazón del hombre inquieto, el hambre de felicidad es hambre de Dios. Desventurados los satisfechos que, empachados de placeres, ahogan lo infinito de sus deseos.

¡TEN PACIENCIA CON NOSOTROS, SEÑOR!

*Decimos que eres el esperado pero… ¡esperamos a tantos y tantas cosas!

*Decimos que haces ver a los ciegos, pero nos cuesta tanto mirar por tus ojos.

*Decimos que haces andar a los paralíticos, ¡pero se nos hace tan difícil caminar por tus senderos¡

*Vienes a limpiar nuestras conciencias, y preferimos caminar en el fango.

*Sales a nuestro encuentro para darnos vida, y abrazamos las cuerdas que nos llevan a la muerte.

*Te adelantas para enseñarnos el camino de la paz, y somos pregoneros de malos augurios.

¡TEN PACIENCIA CON NOSOTROS, SEÑOR!

Porque tenemos miedo a cansarnos.

Porque, a nuestro paso, sale el desánimo.

Porque, en la soledad, otros dioses vencen y se imponen.

Porque, las falsas promesas, se hacen grandes cuando Tú no estás.

Porque sabemos que eres Tú el que tenia que venir, pero nos vence la rutina y la indiferencia.

Porque como a Juan nos llamas a prepararte el camino y muchas veces nos apuntamos a otros menesteres.

Porque vemos como Juan, que el mundo se convierte muchas veces en una inmensa cárcel y buscamos a otros mesias y salvadores, cuando bien sabemos que eres el Único que nos puede liberar.

Si, Tú, que eres la alegría, infunde a nuestros corazones júbilo.

Si, Tú, que eres salud, inyéctanos tu fuerza y tu salvación.

Si, Tú, que eres la fe, aumenta nuestro deseo de seguirte.

Si, Tú, que eres el amor, derrámalo en nuestras manos para, luego, poder ofrecerlo a nuestros hermanos.

Sólo sé, que el mundo te necesita.

Sólo sé, que el mundo requiere de un Niño que le devuelva la alegría.

Sólo sé, que la tierra, con tu Nacimiento, recobrará la paz y la esperanza

Por eso, Señor, ¡Ven y no tardes en llegar! Pongamos toda nuestra alma en esa oración.

Juan estaba en la cárcel, por su entereza, mientras que la gente de hoy tiene tan poca valentía. Por eso la tierra que engendró el Quijote, se ha convertido en tierra de Sancho Panza, pero sin su sensatez y cordura.

Volvamos a los orígenes del cristianismo, capaz de ir a anunciar el Evangelio a todas las gentes. Siempre los tiempos de prosperidad engendraron blandura, comodidad y tibieza. Quiera Dios que sepamos reflexionar y despertemos a tiempo.

 

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