Ecos del Evangelio

2 noviembre, 2017 / Carmelitas
CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que revivan (Ez 37,9), ven Espíritu Santo, sopla sobre nuestra mente, sobre nuestro corazón, sobre nuestra alma, para que seamos en Cristo una nueva creación, primicia de la vida eterna. Amén

Hoy es un día para moverse entre el dolor y la esperanza. Lo primero que se nos viene a la mente son nuestros difuntos. Esos que son inequívocamente “nuestros”. Por familia, por amistad, por… Están en nuestra memoria y en nuestro corazón. Cuando se fueron, nos hicieron sentir huérfanos. Y nos dejaron en una soledad tremenda. En algún momento llegamos a pensar que cómo era posible que siguiera amaneciendo cada día después de lo que habíamos pasado. El dolor nos contrajo, nos paralizó, nos dolieron hasta los huesos. Hoy ya no duele tanto –el tiempo pasa– pero siguen ahí, “nuestros” difuntos, clavados en la memoria, formando parte de nuestro día a día. Hay es día para acordarnos de ellos. Pero el recuerdo doloroso se nos anima en la esperanza que nos da la fe. Porque Jesús resucitó. Porque Jesús venció a la muerte. Porque no puede ser que tanto amor –el amor de Dios y el nuestro– desaparezca para siempre. Porque el amor pide vida y comunicación. Así desde la fe vivimos este día. Pero la mirada cristiana nos abre los ojos a otra perspectiva más amplia. No basta sólo con acordarse de los familiares, de los vecinos, de los cercanos. El Reino nos habla de universalidad, de familia que va más allá de los lazos de la sangre y de la carne, de la raza y la nación. El Reino rompe barreras y nos hace sentirnos hermanos de todos los hombres y mujeres de este mundo. Hoy, como siempre, todos son hermanos nuestros. Porque todos son hijos del mismo Padre que está en el cielo. Ni uno se escapa a esa identidad profunda.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-6):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.»

Jesús nos asegura que estamos destinados para siempre a vivir en su amor, en el amor del Padre, y en la casa del Padre en el cielo. En este día  afianzamos nuestra  fe y esperanza en Él, que es nuestro fin último, por el que cobra sentido todo lo que día a día realizamos, desde los pequeños detalles de amor.

Nuestra santa Madre Teresa de Jesús nos habla del alma como un castillo, todo un diamante cristal, donde en el centro está el Rey, dónde pasan las cosas más secretas de Dios y el alma.  Y hoy Jesús nos dice en su evangelio que en la casa de su Padre hay muchas moradas, tengamos esta certeza y luchemos cada día. Dios tenga gozando de su presencia a nuestros seres queridos que han nacido a la vida verdadera. Un recuerdo especial para nuestras hermanas: Carmelitas de San José, que nos han precedido, que su vida de entrega, de amor, de alegría nos animen a seguir adelante y con la confianza de que están gozando de la presencia de Dios intercedan por nuestra Congregación.

Hna. Antonia Álvarez csj

 

 

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Carmelitas de San José

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