Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
CORPUS CHRISTI

La festividad del Corpus, que hoy celebramos, despierta -sobre todo en los que no son de las generaciones más jóvenes- no pocas resonancias. Por ello, al ver la creciente paganizacion de nuestra sociedad, es fácil sentir añoranza de una fe que parecía saborearse en el aire festivo de las calles, cuando la procesión de Corpus se convertía en una amplia manifestación de fe popular. ¿Qué es lo que queda, entonces, del más entrañable de los tres jueves del año, que brillaban más que el sol?

La respuesta válida sólo podremos hallarla volviendo a los orígenes de nuestra fe. Y es precisamente Pablo quien, en su carta a los cristianos de Corinto que hemos escuchado, nos transmite la auténtica tradición del Corpus, la que viene del Señor y que, por tanto, no está a merced de las circunstancias socioculturales de turno: “El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… Lo mismo hizo con la copa: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre…”

He aquí el punto de referencia desde el que Pablo se atreve a amonestar a la iglesia de Corinto, cuando aquellos cristianos corrían el peligro de perder de vista el sentido profundo de lo que es celebrar la Eucaristía: “He oído que cuando se reúne vuestra asamblea-les dice- os dividís en bandos. Así, os resulta imposible comer la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho”. Amigos, una seria advertencia que es más que actual.

Y llega al punto de advertirles seriamente que “quien coma este pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor”. Esta es, por tanto, la piedra de toque para juzgar si nuestras tradiciones eucarísticas son o no cristianas. Lisa y llanamente significa, que venerar y compartir el Cuerpo de Cristo supone venerar y compartir la vida de los hermanos, especialmente de los más débiles y marginados. Advertencia certera de Pablo también para nuestra época, sobre todo para quienes celebran la Eucaristía sin ninguna conexión con la vida de ellos, ni la del prójimo. ¡Ya basta de hacer servir la Eucaristía como simple cumplimiento, o como decorado y adorno para una fiesta pagana!

No se puede celebrar la Eucaristía tragándose sin escrúpulos la viga del egoísmo, la ambición, la mentira y la apariencia en el que no pocos se mueven y viven tan tranquilos como si estuvieran solos en el mundo.

Los gestos y palabras de Jesús en la última cena no fueron otra cosa que el signo y el testamento de lo que había sido su vida entera: un pan siempre a punto de ser comido por todos. “Yo soy el pan bajado del cielo; quien come de este pan no tendrá más hambre”. Porque el Reino del Padre que él inauguró era precisamente eso: un banquete del que nadie era excluido.

Lo vemos gráficamente en el relato de Lucas, y que, contiene un trasfondo netamente eucarístico. Los apóstoles llegan gozosos, pero cansados, de la misión. Jesús se encamina con ellos hacia Betsaida para que puedan descansar. Pero el gentío les estropea los planes. Y Jesús, encajando lo imprevisto, los acoge generosamente. Y con ello da a los discípulos la lección fundamental de lo que supone pertenecer al Reino: Ser signo claro de la acogida incondicional a los que lo necesitan.

Vivir en función de los demás. Como un pan siempre a punto de ser comido. Este es el auténtico milagro multiplicador: la capacidad de compartir. El resto, -curar a los enfermos, procurar que a nadie falte el pan, ni el techo, ni el trabajo- no son más que consecuencias. ¿Es así como se concibe la Eucaristía y sus consecuencias?

Sin esta actitud previa de disponibilidad habría sido imposible hallar los cinco panes y los dos peces, mediante los cuales la fuerza del Señor pudo saciar a todos, y aún sobrar.

Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta, Helder Cámara…, lo decían muy claro: únicamente poniendo nuestra vida, como un alimento, a disposición de los demás revivimos el memorial del Señor, y, a su vez, nuestra vida se alimenta, como la suya, de gozo y de sentido. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. En cambio, “el que quiera salvar su vida -como un pan en el congelador-, la perderá”.

¿Por qué muchos, pues, no acaban de superar su viejo individualismo?¿Por qué la Eucaristía que es signo también de unidad, no se manifiesta en muchos de los miembros que acuden a ella, sino que a veces ni se pueden ver.

¿No os parece un contrasentido que no pocos de los que en la Iglesia comparten el mismo Pan, don de Dios, se nieguen después a repartir el otro pan, fruto de nuestro sudor, pero también don de Dios? ¿Pero se decidirán muchos de una vez a poner coherencia en su vida cristiana y si no es así pues dejarlo? ¿A quién quieren engañar?

San Pablo, en la carta de la que hoy hemos leído un fragmento, denuncia esta inexplicable actitud de los corintios. Aquella comunidad que comenzó repartiendo el pan material con ocasión de la Eucaristía, había llegado a aprovechar esa misma celebración para hacer ostentación cada cual de sus propias riquezas. Y San Pablo denuncia que eso no es aceptable sino recriminable. Un autentico escándalo.

Amigos, comulgar es recibir a Cristo, pero no acaparar a Cristo, monopolizar la posesión de Cristo, retener a Cristo para nuestro uso particular. Comulgar es sentarnos a comer, también con los hermanos. Es comulgar con los hermanos, pero no anecdóticamente en la Misa, sino de verdad y siempre.

¿Por qué muchos son capaces de recibir a Cristo sacramentado y rehúyen aceptar a Cristo, el mismo Cristo, presente en nuestro prójimo? ¿Por qué muchos son tan ávidos de comulgar…. y tan parcos para comulgar con los demás?

Cuando comulgamos recibimos a Cristo. Pero no podemos olvidar que la Eucaristía no tendría sentido sacada del contexto de su institución: la noche víspera de la Pasión.

Comulgar es recibir a Cristo que se sacrifica por todos los hombres para el perdón de los pecados. Por eso, comulgar es compartir con Cristo su propio sacrificio en servicio a los hombres. Y por eso resulta incomprensible toda tentativa de pretender comulgar, conformándose sólo con recibir, sin sentirse al mismo tiempo comprometido a dar, a darse en servicio a los hermanos.

No podemos comulgar con Cristo sin comulgar también con los hermanos. Ni tiene sentido compartir el Cuerpo de Cristo si nos cerramos totalmente a compartir con el necesitado nuestros bienes. Hoy precisamente se celebra en la iglesia el día de la Caridad. Celebramos el amor de Dios, que muere y se nos da en alimento, para mantenernos unidos a El, en una misma Iglesia.

Por eso es una buena ocasión para reflexionar y examinarse cada cual, de manera que demos a la comunión su debido valor. No el valor que nosotros hayamos podido atribuirle, sino el que el Señor quiso darle: signo eficaz de nuestra unidad y caridad.

A mi por lo menos me impresiona mucho la “reserva” del Amor de Dios en el Sagrario, que sale en Custodia para que la sociedad entienda que sin El, el ser humano, es un fracasado y un fracaso, algo imposible de llevar adelante cuando, los amores no son correspondidos.

Corpus Christi: La caridad es causa de felicidad personal y comunitaria. El dar supone enriquecerse a sí mismo. Con la caridad todos somos beneficiados.

Corpus Christi: Es poner en el centro de la vida la Eucaristía, porque significa el acto de supremo servicio donde Jesús da pruebas del señorío del amor de Dios en su corazón.

Corpus Christi: Es manifestar públicamente, la convicción de todo cristiano católico, que siente y vive en la Eucaristía el AMOR que Dios nos tiene. Que sabe que siempre hay un Misterio escondido detrás de las especies del pan y del vino.

Corpus Christi: Es el Amor de Dios que toma cuerpo. Que se hace cuerpo; visible, alimento, vino y pan. Y, si el amor de DIOS se hace cuerpo, nuestras calles se abren de par en par para que, por unos momentos, se conviertan en mesa interminable donde los seguidores de Jesús celebren, proclamen, vivan y coman su pan multiplicado.

Corpus Christi: Es el Amor de Dios a los hombres y – por efecto boomerang- amor y servicio, generosidad y justicia, perdón y fraternidad de los hombres con los propios hombres.

¡Dios está aquí! No sé por que me da que el Corpus, hoy más que nunca, puede ser un desafío ante ese afán de replegar y de esconder todo lo que suene a religioso. Frente a ese intento, desenfrenado y hasta provocador, de silenciar y apartar a Dios de la vida pública. La custodia, con Cristo dentro, puede ser perfectamente la gran pancarta de un Dios que sigue hablando y manifestándose a través de nosotros.

Pero, ¡eso sí!, primero nos lo tenemos que creer nosotros, para despues…, poder manifestarlo con todas las consecuencias.

 

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