Ecos del Evangelio

9 junio, 2020 / Carmelitas
CORPUS CHRISTI CICLO A 2020

 

«HACED ESTO EN MEMORIA MÍA»

 

La Solemnidad de Corpus Christi es un profundo agradecimiento a Jesús, porque en la noche antes de su muerte, de su Pascua, decidió quedarse siempre presente entre nosotros y con nosotros, hasta el fin del mundo.

 

Pero tampoco es cosa de agradecerlo una vez al año, de una manera más solemne porque se haga la procesión, (aunque este año no se pueda). Porque, Cristo nos espera con la mesa puesta cada domingo, para que vayamos creciendo en su amor y en el amor entre nosotros. Y digámoslo ya de entrada, ¿Cómo se lo agradecen muchos?: NO ASISTIENDO A LA CITA, que salvo enfermedad o situación grave, no tienen justificación alguna para la ausencia o, ASISTIENDO, PARA CUMPLIR SIMPLEMENTE.

 

Jesús se quedó aquí entre nosotros como alimento de vida, y lo hizo para la salvación personal, y para que ayudáramos a otros, a descubrir que la Eucaristía significa también, el anticipo de la vida eterna. Es decir, para que su amor en nosotros: comprensivo, misericordioso, eficaz, abierto, acogedor y sin condiciones, CRECIERA domingo tras domingo, semana tras semana, y ese amor lo lleváramos a los demás, porque sin eso no hay vida eterna. Por eso nuestra vida cristiana no puede ser un encefalograma plano, una rutina, un simple cumplimiento.

 

Antes de morir, Jesús -que previó su final- hace algo insólito que va a dar sentido a la vida del mundo y no solo del cristianismo: se ofrece a sí mismo, no sólo como víctima, sino incluso como comida y bebida: «Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre, HACED ESTO EN MEMORIA MÍA».

 

En veinte siglos de «memoria» del Jesús del Evangelio, ¿qué ha quedado? El Evangelio de hoy nos da todas las pistas necesarias para que el misterio del Cuerpo y Sangre de Jesús, no continúe quedando reducido a un mero recuerdo y rito. Y lo que nos recuerda no es baladí:

 

«Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis la sangre, no tendréis vida en vosotros… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día… Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida… El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él… El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí… El que come de este pan vivirá para siempre…» ¿Por que quedan reducidas todas estas sentencias del mismísimo Cristo, a meros enunciados para muchos cristianos? ¿Alguien me puede decir que se saca engañándose a uno mismo? ¿O montándose la fe a su imagen y semejanza y no a la de Cristo? ¿Y después, se derrite ante una devoción? Algo falla y es muy grave…

 

Se hace preciso, necesario y urgente, recordar el AUTÉNTICO SIGNIFICADO de la Eucaristía: Cristo entregó su vida; murió y resucitó; se quedó como comida y bebida, para nuestra salvación, Se hace inexcusable, un análisis crítico de nuestras Eucaristías. Un análisis crítico significa: ser coherente y valiente para darle sentido, darle vida, y alejarla de la rutina, la mentira y los pobres cumplimientos obligados. Porque la Eucaristía no es una obligación, sino una necesidad para quien se considere cristiano, haber si lo aclaramos de una vez.

 

Lo diré aun más claro: Una Eucaristía que quede reducida a un mero acto litúrgico por cumplimiento, es una traición a la última cena de Jesús, de la cual nació, nada más y nada menos, toda una Iglesia. No nació de aquella primera Eucaristía, una Iglesia «de papel, de requisitos, de mandamases y súbditos aborregados y sumisos», sino una iglesia de hermanos, de apóstoles, de testigos, de mártires. Porque ésta última, es la auténtica Iglesia que fundó el Maestro el Jueves Santo. Por eso he dicho en no pocas ocasiones y lo repito, que hasta que no volvamos a la Iglesia naciente del cenáculo, no será creíble, porque muchas veces no se parece a la que fundo Cristo. Así de simple.

 

Pero también se hace preciso aclarar, que, Comer y beber la carne y la sangre de Jesús es alimentarse y alimentar a una sociedad raquítica y necesitada de Jesús y de todo lo que representa Jesús. Comer y beber la carne y la sangre de Jesús es decidirse de una vez a que a través del ejemplo de la jerarquía que falta hace, desaparezcan de la Iglesia los insultantes clasismos, las vanaglorias, los puritanismos de no pocas Instituciones pías y clero, que se consideran dueños y señores, tribunales y jueces, para excluir y marginar a no poca gente, cuando la Iglesia lo que tiene que ser es madre misericordiosa que acoge.

 

Es triste, doloroso y lamentable, que después de veinte siglos, todavía se den en la propia Iglesia tantas contradicciones, tantas diferencias y tanta falta de amor. ¿Pero que clase de Eucaristía celebra la persona que no desprende amor sincero para con sus semejantes, sean o no de su raza, lengua o país?

 

Jesús avisó de que «podíamos comer y beber nuestra propia condenación, aun participando en la Eucaristía». ¿No sucede esto, cuando se participa en la Eucaristía pero no se comparte el sufrimiento del pobre, del que le falta el trabajo, el salario, la vivienda, la opinión, la cultura o el amor? Amigos, comer del mismo cuerpo, beber de la misma sangre, implica un tremendo y serio compromiso.

 

Y por último, hoy es día también, de verdadera revisión comunitaria del mandato de la caridad, que dimana de la Eucaristía. Cuando la comunión se entiende sólo como «mi comunión», asunto privado entre Jesús y mi alma, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia se desintegra: cada uno come su propio pan, y éste ya no es el «pan que partimos y compartimos».

 

La comunión sólo es auténtica, cuando NO se privatiza y se apropia uno de ella. Sino cuando comulgar con Cristo, significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga, se compromete con Cristo, se compromete con los que son y con los que no son de Cristo, se compromete con el sacrificio de Cristo, que es para la salvación del mundo.

 

Un teólogo francés decía: «No se puede creer impunemente», es decir, no se puede creer sin que tenga consecuencias en nuestra vida. Y podríamos decir también hoy: no se puede celebrar la Eucaristía impunemente, es decir, no se puede comulgar en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, sin que tenga consecuencias en nuestra vida.

 

No podemos comulgar de espaldas al mundo y a los hermanos. No podemos pertenecer a la Iglesia, como se pertenece a un club para utilidad propia. La Eucaristía funda a la iglesia como comunidad de servicio al mundo, como prolongación del cuerpo de Cristo, que se ofrece en la cruz por la vida del mundo.

 

De ahí que la comunión, al tiempo que nos incorpora y mantiene en la Iglesia, nos vuelca y compromete en el servicio a los hombres, en solidaridad con todos y especialmente de los pobres, necesitados y excluidos no solo de pan sino de amor.

 

Por eso no comulgamos de verdad, si reducimos nuestra solidaridad a ser una solidaridad espiritual y la negamos a los demás ámbitos de la vida. No tomamos en serio la comunión, si no tomamos en serio la vida, la justicia, la fraternidad y la verdad.

 

Que cada uno reflexione, que se decida a abrir los ojos y ver la realidad de lo que significa la Eucaristía; que se aventure a salir del cascarón del falso cristianismo en el que quizá vive, y descubrirá… lo que es evidente.

 

¡Ah que compromete!. Pues claro, el que no este dispuesto al compromiso que comporta la Eucaristía, valdría mas, que no se siguiera engañando. Así de claro. «Seguir a Cristo y comulgar a Jesucristo no es neutro, exige involucrarse, comprometerse y entregarse con Cristo por los demás». Se entiende ¿verdad? Pues manos a la obra que falta hace.

 

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