Ecos del Evangelio

2 junio, 2021 / Carmelitas
CORPUS CHRISTI CICLO B 2021

El Jueves Santo, el Señor, nos dejó la Eucaristía.

 

 

 

Lo hizo de una forma privada y desconcertante: postrándose a los pies de los suyos.

Lo hizo para perpetuar el memorial de su pasión, muerte y resurrección para sus amigos.

 

Hoy, y pasado el tiempo de Pascua, la festividad del Corpus Christi nos exige un paso más: hay que pasar del aspecto privado, a la fe pública y activa. Y no se refiere solo a la procesión (aunque no la podamos celebrar), sino a algo más esencial: al testimonio.

Sí, Cristo, quiere estar en la calle, no sólo en el templo. Y los encargados de llevarlo a los demás somos nosotros.

Sí, Cristo, no se conforma con recibirnos, cómodamente, en el interior de una iglesia. Ahora, el Señor, nos dice: si creéis de verdad en mí, dad también testimonio de mí y conmigo.

Sí, Cristo, más que custodias, nos necesita a nosotros.

Sí, Cristo, las custodias que reclama, son de carne y de hueso: para amar y para ayudar; para levantar y dignificar tantas situaciones que, injustamente, emergen a nuestro encuentro.

 

 

Pero, hemos de reconocer que celebramos la misa en su memoria, y en cambio, no tenemos memoria de lo que Jesús nos encomendó. Y así nuestra fidelidad en repetir el gesto de Jesús del Jueves Santo, se contradice frecuentemente con nuestro olvido en llevar a la práctica y a la realidad de la vida todo lo que hizo y nos encomendó Jesús.

 

Nos quedamos en el rito, en el Jueves Santo, pero no llegamos al Viernes Santo, no acabamos de pasar del rito a la vida; del Sacramento, a la realidad de lo que significa el Sacramento; de la Comunión como gesto, a la comunicación de bienes como exigencia cristiana.

 

Celebramos el amor de Dios, que nos amó hasta la muerte, pero no hacemos del amor de Dios un modelo para nuestro amor al prójimo. Y así, celebramos la memoria de Jesús, pero estamos perdiendo su memoria, olvidando su lección y su ejemplo, por más que repitamos sus gestos y sus palabras.

 

 

Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca los cristianos. Por eso es de todo punto necesario recuperar la memoria, sobre todo en la Eucaristía.

 

Tenemos que recuperar la memoria de Jesús, para que nuestra misa deje de ser un rito vacío y vuelva a ser un sacramento de salvación.
Tenemos que recuperar la memoria para recordar todo lo que hizo y dijo Jesús, para no mutilar el evangelio, ni desfigurar la imagen cristiana, ni convertir la misa en una bagatela, como a veces convertimos la caridad en limosna.

 

Tenemos que recuperar la memoria de Jesús para comprender que el Jueves Santo y el Viernes Santo están inseparablemente unidos, como lo están la misa y la misión cristiana; el amor de Dios y el amor al prójimo. Tampoco aquí, deberíamos separa lo que Dios ha unido.

 

 

La festividad de Corpus, es un auténtico aldabonazo para los cristianos: Necesitamos al Señor en nuestro mundo. La vida del hombre, no por estar blanqueada con el poderoso caballero “don dinero” es feliz, ni muchos menos.

 

 

 

Hay muchas personas que necesitan que, el Señor, las toque para que las sane; otras tantas que les mire, porque están sedientas de amor; otras más, –hambrientas o pobres- esperan la mano tendida de los cristianos. ¿Qué hago yo por el Señor? ¿Manifiesto públicamente mis convicciones religiosas? ¿Son mis acciones y mis palabras destellos de que Dios vive en mí? ¿Soy custodia, que cuando se contempla, infunde caridad, cercanía, compromiso, justicia, paz, etc.?

 

 

Sí. ¡Necesitamos el Cuerpo del Señor por nuestras calles y plazas! Pero, su Cuerpo, necesita manos, voz y pies.

Manos que indiquen el camino verdadero a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Voz que sea voz de los que no tienen voz; voz de la verdad frente a la mentira.

Pies que acompañen a los que se cansan de creer, de esperar y hasta de vivir. Sí. ¡Necesitamos el Corpus Christi por nuestras calles y plazas!

 

 

 

• Para que, en el día a día se conviertan en altares del gran desconocido: Cristo.

• Para que, pueblos y ciudades tengan aspecto de cielo.

• Para que, el amor venza al odio; la alegría a la tristeza y la valentía del cristiano a su tímido afán evangelizador.

 

 

Sí de verdad creyésemos que Cristo camina bajo el palio de nuestro corazón que lo acoge, nos desviviríamos por participar en el cortejo; dejaríamos la agenda libre de todo compromiso; nos pondríamos el mejor traje de fiesta ante el paso de tan buen Amigo. Y eso en el día a día, no solo un día al año. Hoy es un buen día para comprometerse sin excusas ni justificaciones, con lo más grande: la Eucaristía. Y es el día adecuado para que tengamos claro que no podemos confundir la caridad con la solidaridad.

 

 

La caridad no entiende de límites, todo ser humano tiene la puerta abierta a ella. La solidaridad, por el contrario, puede ser utilizada como instrumento ideológico e ideologizante, y eso es lo que por desgracia se hace.

 

La caridad apunta más allá de las personas, no espera recompensa. La solidaridad, muchas veces, si no es agasajada y aplaudida, va decreciendo hasta desaparecer.

 

La caridad viene de Dios que es el surtidor inagotable de amor. La solidaridad puede surgir espontáneamente, pero puede morir allá donde nace.

 

La caridad es consecuencia de la vida cristiana, del encuentro con Cristo. La solidaridad, a golpe de sentimiento, viene condicionada por una situación puntual y sin más perspectiva futura. Quien se ha encontrado con Dios en el pan multiplicado, está llamado a ser caridad viva, caridad continua e incomprendida. Quien se ha encontrado con Dios en el pan multiplicado, está llamado a ser pensamiento y palabra, con las manos abiertas y el corazón abierto.

 

Sí, por eso mismo y por muchos más, Cristo es absolutamente imprescindible.

 

 

• Porque, sin Cristo, el mundo se enfría.
• Porque, sin Cristo, el hombre se envilece.
• Porque, sin Cristo, olvidamos que el amor es fuente de felicidad.
• Porque, sin Cristo, nuestra tierra es huérfana.
• Porque, seguimos necesitando su pan multiplicado.
• Porque, somos tan débiles como ayer.
• Porque, nuestros pecados, pueden con la virtud.
• Porque, nuestras almas, se llenan de trastos inservibles.
• Porque, le dejamos arrinconado con cualquier pretexto.
• Porque, le damos la espalda y nos apuntamos a los manjares que nos dejan vacíos.
• Porque, hemos perdido el apetito de lo divino.
• Porque, el mundo necesita el manjar que da sentido a la vida.
• Porque, necesitamos mirarnos los unos a los otros como hermanos.
• Porque, con su paz, nuestro corazón se serena.
• Porque, Él es el único Rey, que nos enseña que el mas importante es el que sirve y se entrega.

 

 

Te necesitamos más que nunca :

Para que, la mesa de nuestra vida, cuente siempre con el principal sustento: la fe, la esperanza, y el amor.

Para que, el paladar de nuestra existencia saboree siempre de un manjar que, sin saber de qué manera ni cómo, se convierte en Cuerpo y Sangre de Cristo.

Para aprender, a hacernos ofrenda para los demás y, compartir sus preocupaciones y necesidades.

Para saber bendecir como Tú, las inquietudes y anhelos de los hombres.

Para saber mirar como Tú, con ojos de ternura y de misericordia; con ojos de amor y de amigo que nunca falla; con ojos que saben mirar más allá de lo que el hombre con los suyos alcanza.

 

Aquí tienes nuestros corazones: haz de ellos una patena.
Aquí tienes nuestras mentes: haz de ellas un altavoz.
Aquí tienes nuestras manos: haz de ellas una carroza.
Aquí tienes nuestros ojos: haz de ellos dos diamantes.
Aquí tienes nuestras almas: haz de ellas el oro de tu custodia.
Aquí tienes nuestros cuerpos: haz de ellos las más auténticas custodias que nunca se cansen de anunciar por todo el mundo que sigues viviendo y permaneciendo eternamente presente en el gran milagro de la Eucaristía. ¿Seguro que todo eso es lo que brota de nuestros corazones?

 

 

No permanezcas al margen de nuestra existencia, te necesitamos como báculo que ofrezca firmeza a nuestro caminar.

No nos dejes de tu mano a pesar de nosotros repleguemos.

No permitas, Señor, que otros soles sean más potentes que los rayos de tu verdad y de tu justicia.

¡Gracias, Señor, por tu presencia! ¡Por tu inmenso amor! ¡Por tu pan multiplicado! ¡Por tu entrega sin tregua!

Gracias porque miras, callas, observas, lloras, bendices y siempre amas.

¡Gracias, Señor, por llamarnos siempre al amor, con tu AMOR!

 

 

¡Feliz día del Corpus, a todos vosotros amigos, amados de Dios!

 

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