Ecos del Evangelio

4 noviembre, 2016 / Carmelitas
¿Crees, esperas?

DOMINGO XXXII T.O. CICLO C 2016

¿CREES? ¿ESPERAS…? A pesar de todo lo que sucede y lo que se dice, el hecho religioso sigue estando ahí. Prueba de esta afirmación es que, de vez en cuando, a hombres y mujeres que, por diferentes motivos, son notorios o famosos, se les sigue preguntando: ¿Cree usted en Dios? ¿Espera usted otra vida más allá de la que está viviendo? ¿Practica usted la religión? Las respuestas son naturalmente variadas y los fundamentos de las respuestas -si es que se fundamentan-, son de diversa categoría. Pero es así: deportistas, artistas, investigadores, políticos, intelectuales, famosos de todo tipo y origen soportan, generalmente, en sus entrevistas una pregunta igual: ¿Usted cree? ¿Usted espera….? Hay personas para las que una pregunta así, debería ser una auténtica perogrullada: los cristianos. Nadie debería sentir necesidad de preguntar a un cristiano si cree o espera, como nadie pregunta a un pintor en plena exposición de sus obras si pinta, o a un compositor el día de su estreno, si compone. Porque dicha pregunta nos llevaría a una respuesta bien sencilla: ahí están mis obras, ahí está mi música. Las obras del cristiano deberían ser también testimonio elocuente y contundente de su fe y esperanza. La generosidad del cristiano, su espíritu de abnegación, su sentido de responsabilidad profesional, su espíritu de servicio, la disponibilidad de cuanto es y tiene en favor del prójimo, su espíritu de justicia, su sencillez, su humildad, su alegría, su comprensión, su tolerancia deberían ser otras tantas realidades que, por sí mismas, estuvieran gritando a los demás que ese hombre cree y espera. Para algunos, sí: los conocemos y nos impresionan su estilo de vida y sus obras como cristianos. Pero para una mayoría, es evidente, tristemente que no. Una gran mayoría no nos diría: “Evidentemente, creo y espero; ahí están las obras para demostrarlo”.Sino, que responderían lo que muchas veces he escuchado: “Si yo creo en algo y creo que después de la muerte hay algo”. Creer y esperar no es un refugio y un consuelo. Es una exigencia impresionante que marca cada paso de nuestra vida, que le da tono, estilo y contenido. Creer y esperar no es fácil ni cómodo; es arriesgado, duro y hasta doloroso. Creer y esperar no es opio que adormece, sino estímulo que ánima y desafío que sobrecoge. Creer y esperar no es una bonita teoría para recordarla en los momentos dolorosos e inexplicables, sino una realidad que se impone las veinticuatro horas de cada día nuestro. Y porque muchos, y entre ellos cristianos, no creen ni esperan de verdad, por eso la resurrección en que muchos creen es de tipo saduceo, interpretan resucitar como revivir, en el sentido de volver otra vez a esta vida. La enseñanza y la educación que hemos recibido en la fe, unida a la falta de experiencia de vivir en y con Cristo, nos han llevado a entender la resurrección como un paso atrás -volver a esta vida- en vez de interpretarla como un paso adelante, como un adentrarnos en la vida, sin determinismos ni condicionamientos. Entender la resurrección en el sentido saduceo no sólo es difícil de creer, sino que resulta estúpido, ¿para qué volver otra vez a las andadas? Otra vez volver a una vida llena de dificultades, contratiempos, más serios acaso, que los que hemos atravesado? Esta idea nace de la pretensión de querer reducir la muerte a un simple hecho que sucede al final de la vida. Nos imaginamos que la vida es un continuo entre dos extremos: el nacimiento, que le da origen, y la muerte que sería su límite. En realidad, cuando así pensamos, no hacemos sino engañarnos, pretendiendo alejar el fantasma de la muerte hasta el fin. Igual podemos decir que vivimos hasta la muerte, como que nos estamos muriendo desde que nacemos. Está claro que, con tan canijas ideas acerca de la muerte y de la vida, se nos haga difícil creer que, terminada la vida terrenal con la muerte, quede algo más que hacer, mucho más y definitivo. Más cierto es -y más de acuerdo con el Evangelio- que la vida y la muerte, por paradójico que parezca, son dos modos de una misma realidad. En realidad, según Jesús, vivir consiste en ir dando la vida hasta la entrega total, en eso que vulgarmente llamamos muerte, pero que, según Jesús, es el acto supremo de la vida. Mientras que también, según el evangelio, morir es querer vivir mi vida cerrándome a los demás, que es lo que vulgarmente llamamos “aprovechar la vida”. Está claro que el que vive dando la vida, no la pierde, la da. Mientras que el que vive sin querer darla, la pierde con la muerte. Que el Señor, que nos espera al final de nuestro existir, nos encuentre cuando llegue ese momento –no haciendo preguntas- y sí, por el contrario, ocupados en seguir sus caminos; preocupados por la extensión de su reino y totalmente dispuestos a dar nuestra vida por El. No comparemos nuestra vida, con la que nos espera. No merece la pena. Dios, que siempre es tan sorprendente, a buen seguro nos dará la fuerza necesaria para que lo que nos espera, supere y con mucho lo que soñamos hoy y aquí. Mientras tanto….sigamos creyendo, caminando y pensando en un cielo nuevo y distinto a esta tierra, a veces tan vieja y con tanta falta de ideales. Dice un viejo proverbio: “Dime en qué Dios crees y te diré la clase de persona que eres” ¿Creemos de verdad en la resurrección? Busquemos a Dios en las cosas de cada día, como decía Santa Teresa de Jesús, pero no reduzcamos todo lo que somos y nos espera, a lo que vemos y tocamos. Busquemos a Dios, sobre todo, en la misma vida que Él nos da. Y, entonces, podremos saborear y valorar la eterna que nos espera. Empecemos ya aquí a amueblar nuestra vida eterna ¿y cómo? Pues mirad…. Que no me importe ser incomprendido, por defender que el Señor vive en mí, antes que ser elevado en el podium del éxito efímero, pero sin horizontes ni razones para existir. Que no me importe las risas de los que no me entienden por lo que creo, ni el vacío de los que no me quieren por lo que siento y vivo por Ti. Que no me importe el no percibir algunas verdades que Tú me ofreces, cuanto esperar a que un día se hagan realidad. Que no me importe cómo me rescatarás de la muerte, cuanto saber que, ahora y aquí, me acompañas y me animas con tu Palabra, me alimentas con tu Cuerpo y con tu Sangre y, en el fondo de mi alma, me haces arder en ansias de poder verte. Que no me importe la burla de los que no se molestan en buscarte, la sonrisa de los que, sintiéndose poderosos, serán nada y polilla después de su grandeza. Que no me importe las falsas promesas que el mundo me ofrece, frente a las tuyas que han de ser eternas. Los cortos caminos, que me llevan al abismo, frente a los tuyos –estrechos y difíciles- pero con final feliz y glorioso. ¿Para que hacerme tantas preguntas si la única respuesta eres Tú?. ¿Existirán carreteras en el cielo, Señor? ¿Para qué? Sólo en la tierra son necesarias las prisas. En la eternidad, la paz y el sosiego nacen por todos los rincones. ¿Existirán bosques y mares, ríos y montañas en el cielo, Señor? ¿Para qué? La belleza de Dios, será lo suficiente para colmar las aspiraciones y la búsqueda de todo hombre. ¿Existirán rascacielos y playas en el cielo, Señor? ¿Para qué? Sólo, con habitar en Dios será suficiente para sentirse feliz y pasear viendo su inmensa Gloria. ¿Existirán las razas y la diversidad de lenguas en el cielo, Señor? ¿Para qué? En Dios Padre, todos seremos definitivamente UNO. ¿Existirán las fronteras, las diferencias, el libre pensamiento? ¿Para qué? En la casa de mi Padre-nos dice Cristo- sólo existe la común unión; en la morada de mi Padre sólo vive un único pueblo; en la mansión de mi Padre, al verlo tal y cual es, el pensamiento sólo será uno: AMOR Y SOLO AMOR. ¿Existirá el rencor y el odio por lo que fuimos y nos hicimos, Señor? ¿Para qué? Quien llega a la casa de mi Padre lo hace siendo una persona traspasada por el amor y, en el corazón de esa persona que alcanzó la meta divina, sólo hay lugar para eso, para el amor. Entonces ¿qué existe en el cielo, mi Señor? Os lo explico, nos dice el Señor: En el cielo hay lo que vosotros no lográis alcanzar en la tierra. En el cielo funcionamos de una forma diferente. En el cielo no valen los esquemas de la tierra. En el cielo es feliz quien fue infeliz allá abajo, porque se apunto al egoísmo y no a amar. En el cielo es grande quien fue pequeño .El cielo sólo se entiende viviendo y pensando en él. No lo olvidéis, el cielo es el mundo al revés. El cielo es la gran casa del Padre. Un lugar donde sólo brota el amor. Una fuente donde sólo emerge el bien. Un paraíso en el que, lo que a vosotros os parece necesario allá es una inutilidad completa. Así que no nos hagamos tantas preguntas y dediquemos a amar, porque, iremos convirtiendo ya en cielo esta tierra, que muchas veces parece un infierno.

 

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