Ecos del Evangelio

18 mayo, 2017 / Carmelitas
Dad razón de vuestra esperanza

DOMINGO VI DE PASCUA CICLO A 2017

La “empresa” de Jesús, que no era ni es otra que la expansión del evangelio para que el mundo conozca el rostro y el corazón de Dios, también estaba y está sujeta a contradicciones, persecuciones y bandazos de distinta índole.

Jesús, aún estando en comunión y sintonía perfecta con el Padre, tenía los pies muy bien puestos en el suelo. Conocía de antemano el futuro que les esperaba a aquellos en los cuales depositaba todo su legado espiritual y su testamento: ¡Amaos! ¡Predicad! ¡Id por el mundo! ¡Perdonad! ¡Devolved bien por mal! ¡Sed justos! ¡Mi Espíritu estará con vosotros!

*El Espíritu Santo fue el garante, el acompañante y el guía de aquellas primeras comunidades cristianas, que tenían como misión el dar a conocer a Cristo.

*El Espíritu Santo, enviado por voluntad del Padre, fue invocado y –lo sigue siendo- para que nos convoque a la unidad, a ser un solo pueblo y un solo rebaño.

*El Espíritu Santo, como indicador de los caminos que hemos de elegir para alcanzar buenos resultados evangélicos, fue y sigue siendo el mayor responsable de todo lo que se nos ocurra-basado en el amor- para contribuir a la expansión del Reino de Dios.

*El Espíritu Santo, en los momentos de prueba, cuando las cosas no funcionan bien, cuando “nuestra empresa” se ve sitiada y acechada por mil dardos que intentan destruirla, es el mejor defensor que nos hace fuertes ante cualquier contrariedad y enemigo.

Sí, amigos. ¡No estamos solos! ¿Entonces por qué tanto temor o miedo cuando no se nos entiende? ¿Pensamos acaso que nuestros primeros hermanos en la fe lo tuvieron mejor? En la tormenta, todos lo hemos experimentado, solemos abrir el paraguas o nos cobijamos a la sombra de cualquier edificio.

El cristiano, por el contrario, lejos de recurrir al paraguas de la vergüenza, de la timidez o de la desazón…ha de desplegar la razón de su esperanza. La valentía que le confiere el Espíritu. La seguridad de que, Dios, pondrá en sus labios la palabra oportuna.

¡Cómo aguantaban los embistes y las persecuciones las primeras comunidades cristianas y que poca valentía y resistencia en muchos cristianos de hoy día! En el fondo es que no acabamos de creernos las mismas palabras de Jesús: “yo estaré con vosotros”. Nos sopla un Espíritu que nos hace renacer de las cenizas del desencanto y del pesimismo. Hay que creerlo porque es así.

El emerito Papa Benedicto XVI, se dirigía hace unos años a las comunidades religiosas y les invitaba a recuperar el carisma original de sus fundadores. Esto no es nuevo; ya Jesús –en el evangelio de hoy por ejemplo- nos lo recuerda: “si me amáis; guardaréis mis mandamientos”. Si volvemos al Maestro, a nuestro fundador que no es otro que Cristo, entonces no tendremos mas remedio que dar testimonio con las siguientes características.

1º-Dar testimonio de palabra y obra

En la primera lectura hemos asistido a la descripción de la evangelización de Samaría por parte del diácono Felipe. Era uno de aquellos siete diáconos que la comunidad de Jerusalén había escogido para servir a los más necesitados. El texto de los Hechos de los Apóstoles tiene un especial interés en describir la acción de este hombre como paralela a la de Jesús en muchas narraciones de los evangelios: predicaba y realizaba prodigios: los espíritus malignos salían, muchos enfermos recobraban la salud y la gente se alegraba mucho. Es que la fe reducida a palabra, a predicación y sin obras, es una fe muerta.

Se trata de salir de casa, de la comodidad, del aburguesamiento, del sofá y trabajar al servicio de los demás, especialmente dedicados a los enfermos, los pobres, los excluidos. Se trata de dar razón de nuestra actuación, de nuestro compromiso y, sobre todo, de las motivaciones que tenemos para vivir de esta manera determinada.

Vivir la Pascua, pasa por la vida concreta y no sólo por las celebraciones aquí, en la iglesia; pasa por el dar testimonio: “estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os lo pida”.

2-º Con un estilo determinado.

Las lecturas de hoy también dibujan un estilo concreto en la manera de obrar, de dar testimonio. “Con mansedumbre y respeto“, dice San Pedro. Y esto nos conviene oírlo hoy, cuando quizá hay demasiados cristianos tentados de forzar las cosas, añorando tiempos pasados en los que, “en teoría”, todos vivían “cristianamente”.

Quizá querríamos imponer el cristianismo cuando se trata, en primer lugar, de vivir nosotros la vida de Jesús, guardando limpia nuestra conciencia; es decir, vivir con coherencia. Es, pues, un estilo de obrar: sin imponer nada, entregándose, amando a los “injustos” (a nosotros también) sin condiciones, para conducir a todos los hombres hacia Dios, sin exclusiones.

3-º Él nos ayuda a conseguirlo.

Amar, ciertamente, es difícil. Y todavía más ser fiel en el amor. Obedecer unos “mandamientos” sólo se puede hacer desde el amor, si no, tiene escaso sentido. Por eso nos dice Jesús que guardaremos sus mandamientos si le amamos. Pero Jesús se apresura también a decir que intercederá por nosotros para que el Padre nos dé su Espíritu. Conoce nuestra fragilidad. Sabe el poco aguante que tenemos. Sabe que necesitamos vitaminas para poder avanzar por su camino de amor. Por eso nos envía el Espíritu Santo.

Un Espíritu que crea comunidad, Iglesia, como veíamos en la primera lectura. Un Espíritu que hemos recibido en el bautismo y la confirmación y que a veces no reconocemos. Nos dice Jesús que “vive en vosotros y está con vosotros”. Pero hay que abrir el corazón para dejarle actuar. Hay que abrir las barreras que le mantienen atado. Aquellas barreras de nuestra pereza en servir, de nuestro “comodísimo”, de nuestro egoísmo, que muchas veces no queremos reconocer y que están impidiendo que Cristo reine en nuestro corazón.

Es entonces cuando ignoramos al necesitado, cuando ignoramos que hacen falta brazos para organizar un acto popular en el barrio o pueblo; cuando ignoramos que “fulano” está enfermo y necesita una visita; cuando ignoramos por voluntad propia, tantas cosas… Ojalá que hoy reconociésemos que el Espíritu actúa dándonos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y que actúa en nosotros para enviarnos a dar testimonio con amor.

No sé si los hombres descubriremos algún día el fracaso de todo el sistema de convivencia que se apoya sólo en el hombre. El día que esto suceda, la Humanidad estará en camino de recobrar la sonrisa y buscar un camino nuevo para orientar esa convivencia del hombre con el hombre, esa convivencia que pasa no solo por amar al amigo sino al enemigo y que si te piden el manto des también la capa.

Tengamos claro que los encargados de dar a conocer a Cristo somos los cristianos y tenemos, con sinceridad, que reconocer que muchos cristianos son culpables como los demás, de los desaguisados que se cometen diariamente en el mundo; posiblemente más culpables porque, se supone que un cristiano ha conocido a Jesús aunque es posible que el conocimiento no haya pasado de ser superficial, tan superficial que no es capaz de darle una impronta que le permita conseguir el milagro de devolver la sonrisa al mundo.

Pidamos al Señor que no olvidemos:

Sus mandamientos, para que otros no nos impongan sus ideas.

Sus preceptos, para que nadie nos cambie el sentido de las cosas.

Sus palabras, para que no nos confundan otras totalmente vacías.

Sus obras, para que no nos seduzcan los que hablan y no hacen nada.

Sus consejos, para que sepamos distinguir el camino cierto del equivocado.

Su mirada, para que contemos hasta diez, antes de abandonar el sendero de la fe.

Su Eucaristía, para que sintamos cómo desciende la fuerza del Espíritu Santo.

Su Ley, para que sepamos diferenciarla de aquellas otras leyes caprichosas y falsas.

Su esperanza, para que no puedan más en nosotros, las dificultades que mi afán de dar a conocerle.

Su Iglesia, para que cuando vuelva, la encuentre guardando con respeto, vida y veneración la gran joya de sus mandamientos.

Y eso solo se puede hacer cuando la Iglesia viva entregada, como su Maestro a los demás, esa es la mejor manera de custodiar el tesoro de la fe.

Y eso solo se puede hacer cuando los miembros de la Iglesia-desde el Papa al último cristiano- tengamos claro que hemos recibido un encargo no un cargo. ¿Quedara claro alguna vez? Así lo espero, porque así los nos enseñó y nos lo mandó el Maestro.

 

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