Ecos del Evangelio

17 marzo, 2017 / Carmelitas
Dame agua, buena mujer

DOMINGO III DE CUARESMA CICLO A 2017

Hemos escuchado en el evangelio, el conocido pasaje de la Samaritana, extensa narración que valdría la pena que con calma cada uno la fuera repasando escena por escena, fragmento por fragmento, e ir descubriendo la gran riqueza que encierra, y la gran enseñanza que nos da.

Esto es lo que hacían, en los primeros siglos de la Iglesia, los que se preparaban para bautizarse en la noche de Pascua: el evangelio de hoy, y el de los dos domingos próximos (el del ciego de nacimiento y el de la resurrección de Lázaro) eran el punto de partida de las últimas catequesis que recibían para conocer profundamente la fe.

Nosotros ahora no tenemos tiempo de hacer este repaso minucioso. Pero cada uno puede hacerlo en su casa: sería un buen trabajo de reflexión y plegaria cuaresmal. Lo que yo voy a hacer ahora será sólo destacar un par o tres de cosas que nos puedan ayudar un poco este domingo de cara a prepararnos más para la Pascua, para decidirnos a seguir sin dudar a Cristo.

1- Lo primero es darnos cuenta de qué tipo de persona es Jesús. Qué carácter tiene, si queréis decirlo así.

Jesús es una persona cercana, que no le gusta marcar distancias, que no se hace el importante, que no tiene ningunas ganas de poner barreras a nadie. Y que, por ser así, no tiene ningún miedo de romper con las costumbres y los prejuicios sociales.

Por ejemplo, hoy lo comprobamos al ver la tranquilidad con que pide agua a aquella mujer samaritana. Está cansado del camino y tiene sed. Y aquella mujer viene con un cubo para sacar agua del pozo y Jesús, sin ningún problema, le pide agua.

Y la mujer se sorprende, y los discípulos después también. Porque los buenos maestros de Israel no trataban con mujeres y menos con mujeres del pueblo de herejes de Samaria. Pero Jesús no tiene complejos de este tipo. Jesús no tiene un carácter cerrado, que rechace a éste o sienta antipatía por aquel otro. Porque, si tuviera un carácter así, Jesús no podría ser fiel a su misión.

Jesús quiere llevar el amor de Dios para todos, y por tanto es capaz de tratar con todo el mundo y ser amigo de todos, aunque esto no esté bien visto. De hecho, ahora, Jesús también trataría con gente que no está bien vista, y también sería criticado (¿quizá por nosotros mismos?) como lo era entonces .

2- Lo segundo que podríamos destacar del evangelio de hoy es ver qué es lo que Jesús quiere decir, que es lo que quiere que aquella mujer entienda.

La mujer está ajetreada con el trabajo de cada día, con tener que ir a buscar cada día agua al pozo, con sus enredos familiares… y Jesús le habla de un agua que da vida para siempre, un agua que hace vivir verdaderamente, un agua que, cuando uno se llena de ella, ya no se acaba nunca.

A aquella mujer quizá no le había pasado nunca por la cabeza tener otro anhelo más que el ir comiendo y tirando cada día; no se le había ocurrido nunca que pudiera haber cosas más importantes, que dieran más vida.

Y Jesús le hace que esas cosas existen, y valen la pena. De hecho, todo el evangelio de Jesús será eso: hacer caer en la cuenta a todos los que le escuchan de que la felicidad y la vida se hallan en la apertura a los demás; en el servicio a los pobres; en la renuncia al afán de dinero y de poder; en la búsqueda del amor; en Dios, al fin y al cabo.

Cierto, Jesús no le dice a aquella mujer que no vaya a buscar más agua: esto, tendrá que seguir haciéndolo porque la necesitaba para el vivir cotidiano, pero le da a entender que podrá vivir más auténticamente si su vida no se acaba con la rutina de cada día.

Después, cuando los discípulos regresen del pueblo de comprar comida, Jesús les resume lo mismo que ha estado diciendo a la mujer. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”, les dice. Y de eso se trata: de cambiar el corazón y el alma de tal manera que lo que deseemos, lo que nos alimente y satisfaga, sea el seguimiento del camino de Dios, el seguimiento del Evangelio.

Y el tercer aspecto que quería destacar.

Y es que, lo que Jesús propone, lo que Jesús ofrece, lo que Jesús quiere para nosotros, es que seamos felices. Y lo que nos dice es esto: Si seguís mi camino, si buscáis lo mismo que yo, vuestra vida será como un torrente de agua en medio del desierto, como una fuente viva que todo lo llena, que todo lo convierte en una maravilla de verdor y fecundidad. Saldréis de esa rutina y de ese activismo sin sentido.

La Cuaresma nos llama a convertir nuestras vidas y a acercarnos a la vida del Evangelio de Jesús. Pero eso no es porque sí o porque alguien nos lo mande. Sino porque debemos decidirnos a ser felices, y sabemos- o debemos saber- que Cristo es el camino de la felicidad.

El Evangelio de Jesús, el camino de Jesús que lleva a la cruz, nos abre la fuente de agua viva de la Pascua, la luz sin ocaso de la Pascua.

Y ahora vienen algunas preguntas que cada uno se debe hacer así mismo:

¿Dónde tienes tú el cántaro? ¿Donde tenemos cada uno nuestro cántaro y de donde sacamos el agua?¿A que pozos acudimos, que vemos que después de beber de ellos nos quedamos con sed?

La Samaritana, decía y hacía , lo que dicen y hacen tantos cristianos, cuando ponen trabas e inconvenientes a Dios para que no actúe en sus vidas La sociedad está sedienta de la verdadera agua que quiere darnos Cristo, aunque aparente lo contrario. El mundo, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, están saturados de todo y, a la vez vacíos. Les parece que no les falta lo necesario para vivir porque tiene un estado de bienestar, pero no son felices, porque su espíritu lo tienen sediento de Dios.

Es entonces cuando, Jesús, entra en acción.

No nos ofrece el agua embotellada o etiquetada que vemos en los mercados, esa solo nos sacia la sed física. Jesús es consciente de la verdadera sed del hombre. Esa sed que no es apagada por la frescura del agua corriente. El nos lleva a una fuente que calma nuestra ansiedad y sed de Dios. Entre otras cosas, sentarse junto al pozo de Jesús, implica –además- sentarse frente a la verdad de uno mismo. Y, esto, ¡cuánto nos cuesta!

Todos, también los que estamos preparándonos a los días santos de la Pascua, tenemos un pozo donde y en el que encontrarnos con el Señor.

–El pozo de la oración. En él, el Señor, nos moldea y nos habla. Es un pozo en el que, el corazón que busca a Dios, se abre de tal manera, que el Espíritu obra maravillas en él.

–El pozo de la Eucaristía. Cuando nos acercamos a ella sentimos que, además de mitigar la sed, el Señor nos alimenta y fortalece para seguir batallando en la vida.

–El pozo de la Palabra. Al acercarnos al pozo de la Palabra sentimos que el Señor nos interpela con la misma fuerza que a la Samaritana. Parece como si, ésta o aquella Palabra, estuviera expresamente indicada, dicha y diseñada para cada uno de nosotros. Como si Dios, al igual que lo obró en la misma Samaritana, tuviera especial interés en despertar nuestra sed por Él y para Él.

–El pozo de la Iglesia. Muchos, quizás familiares, amigos y conocidos, prefieren buscarse sus propias fuentes para creer y esperar. Pero ¿Quién nos ha dado de beber, con pasión de madre y gratuitamente, el agua del Evangelio, del amor de Dios o de los sacramentos que incentiva y da vida a nuestra fe? : el pozo de la Iglesia. En él nos sentamos para escuchar la Palabra; para ponernos en paz con Dios por el sacramento de la reconciliación; para recibir el pan de la Eucaristía o para compartir, lo mucho o lo poco que tenemos, con los más necesitados.

Ciertamente que nuestra Iglesia, hoy más que nunca, necesita con urgencia en pensar y realizar un plan hidrológico eclesial, es decir, ser la verdadera iglesia que surgió del Cenáculo, y así poder llevar mejor el agua de la salvación (Jesús) a tantas personas que viven en la sequedad de la fe.

Pero en todo caso Cristo seamos como seamos y estemos en la situación que estemos nos sigue ofreciendo su agua

*Aunque mi vida sea un cúmulo de contradicciones e incoherencias, Él insiste.

*Aunque vaya por la vida buscando lo efímero, lo superficial y lo que me puede satisfacer en el momento, Él insiste.

*Aun cuando sigo columpiándome en mi vida cómoda, Él insiste.

*Aun cuando siento que no hay vuelta atrás en muchas de mis acciones, Él insiste.

*Aun cuando me cuesta ir caminando por la senda que me propone el Evangelio, Él insiste.

*Aun cuando mis pensamientos se siguen acomodando a lo mundano y material, Él insiste.

*Aun cuando Él me conoce como soy, y sabe que tengo un corazón de piedra, Él insiste.

*Aun cuando me siento desnudo mirándome al espejo de su Palabra, Él insiste.

*Aunque me resisto a ver que el agua que Él me ofrece es la que da sentido a mi vida, Él insiste

¿Hasta cuando seguirán muchos resistiéndose? Esa es la gran pregunta de hoy.

 

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