Ecos del Evangelio

28 junio, 2017 / Carmelitas
Dar de beber al sediento

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO Evangelio de san Mateo 10, 37- 42

El amor a Jesús debe superar al amor a los padres y a los hijos.

El vínculo familiar, al padre o a la madre, no es comparable con el amor y la opción libre por Jesús, base del seguimiento como discípulos suyos.

Por un lado se nos pide amor a nuestras familias y a la vez, amor de modo exigente al Señor. Seguir sus pasos y sus enseñanzas supone amarlo hasta las últimas consecuencias, por consiguiente implica un acto de libertad. Es lo mejor que nos puede pasar, ser libres para optar por dar lo mejor de nosotros mismos en cada acto por pequeño e insignificante que parezca pero sólo desde la libertad y el amor cobra sentido lo que hacemos.

El que no coge su cruz y me sigue.

Si queremos seguir a Jesús, estamos llamados a abrazar de corazón la cruz de cada día, no solamente cuando nos conviene, ya que forma parte del seguimiento de Jesús, porque ser discípulos o seguidores es convertirse en El y para esto hay que dejarlo todo, sólo así nos convertiremos en personas libres y buscadoras de la verdadera vida. Se nos pide un compromiso total, que comporta el abandono de todas las cosas, para poder vivir en intimidad con él y seguirlo a donde quiera que vaya.

Saber perder la vida para poder poseerla.

Es la paradoja del Evangelio: Los últimos son los primeros y los primeros son los últimos. Gana la vida quien tiene el coraje de perderla. Es la hora y el momento de arriesgarse a jugárselo todo, pero siendo conscientes de que no perdemos nada al contrario la ganamos.

Pidamos que sepamos morir espiritualmente a todo aquello que nos impide ser más del Señor, que tengamos la valentía de alejarnos del pecado, de todo aquello que nos impide ser rostro del Padre.

El mínimo gesto a favor de los pequeños revela la presencia del Padre.

Para cambiar el mundo y la convivencia humana no bastan las grandes teorías. Es necesario que cambiemos a nivel personal, tanto en las relaciones interpersonales como en las comunitarias, de otra forma no cambiará nada. Muchas de las veces pedimos a los demás, más de lo que damos y eso no es un estilo de vida coherente con lo que profesamos ser.

Ayúdanos Señor a saber mirar y ver en el prójimo la dimensión sagrada que identifica a toda persona, sólo así podremos convivir y acoger. Auméntanos la fe para que todo lo que hagamos a nuestros hermanos sea con amor, y de tal manera experimentemos que “un vaso de agua, dado con fe y caridad, tendrá su recompensa”. Hna. Maricela Pérez García HCdSJ

 

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