Ecos del Evangelio

23 junio, 2017 / Carmelitas
Dejarlo todo por amor

DOMINGO XII T.O. CICLO A 2017

Reanudamos el tiempo ordinario; y la palabra de Dios de este domingo y en concreto el evangelio, nos recuerda una actitud fundamental de los primeros cristianos y que hemos escuchado en el tiempo pascual, una actitud que no podemos, ni seria honesto esconder, porque no sería jugar limpio esconder, si es que seguimos en serio a Cristo. Y ES EL NO TENER MIEDO.

El cristiano que tiene miedo a testimoniar, a manifestar su fe en publico, aunque sea en ambientes desfavorables como los que vivimos , valdría mas que dejase de seguir a Cristo.

Es difícil, pero no tengamos miedo

Una de las características más evidentes de la predicación de Cristo -tal como nos ha sido conservada por los evangelios- es la de su claridad. Quiero decir que no esconde en absoluto que la cosa es difícil; que hacer lo que Él dice cuesta; que no predica un camino llano sino un camino duro y exigente. Y no porque Cristo pretenda que hagamos sacrificios como si tuvieran un valor por sí mismos, sino porque sabe que seguir el camino del Evangelio no es fácil.

Pero Cristo no es un predicador que quiera asustar. A veces no poco clero que tiene la misión de comunicar su Palabra se dedican a asustar. Y, otras veces, quizá lo contrario: diluyen la fuerza de su Palabra. No se trata de una cosa ni de otra: ni de asustar ni de diluir.

Lo que necesitamos es escuchar, en su claridad y en su fuerza, la Palabra de JC. Y Él nos dice que seguir su camino -el camino de la voluntad del Padre- es difícil, pero añade inmediatamente: NO TENGÁIS MIEDO.

Ni tengamos miedo de nosotros

Dice Cristo: “No tengáis miedo a los hombres”. En primer lugar, ello puede referirse a nosotros mismos. ¿No es verdad que, a veces, no nos atrevemos a lanzarnos por el camino de Cristo porque tenemos miedo de nosotros mismos, porque sabemos que Cristo comprometerá nuestra vida y preferimos seguir con unos ritos y unas normas y así tranquilizar la conciencia?

Recordemos lo que hemos escuchado en la primera lectura del profeta Jeremías. El vivió en momentos difíciles, cuando todo -en el pueblo judío- parecía que se derrumbaba.

Pero entonces surgió vigorosa su palabra en nombre de Dios: no pongáis la confianza en vosotros mismos sino en el Señor. Porque el Señor es como fuerte soldado que lucha con los débiles y oprimidos.

También nosotros vivimos tiempos difíciles. Y no es extraño que a menudo estas dificultades nos lleven a tener miedo de nosotros mismos: ¿sabemos lo que hemos de hacer? ¿Tenemos fuerza para hacerlo? La tentación es encerrarnos en nosotros mismos, escudarnos en nuestra debilidad, poner la excusa de que no estamos preparados Y así renunciamos a aventurarnos por el camino que JC nos propone.

Trabajar por el Reino de Dios, por un mundo más fraternal y más justo, es el trabajo que JC nos propone porque es SU Trabajo, SU lucha, SU camino. Por eso Él es el fuerte soldado que lucha en nosotros. De ahí que desconfiar de nosotros mismos, tener miedo de nosotros mismos, es desconfiar y tener miedo del Espíritu de Jesús que lucha en nosotros.

Ni tengamos miedo de los otros

“No tengáis miedo a los hombres”, dice Cristo. Ni de nosotros ni de los demás, por ninguna causa. Por más poder que tengan, por más dinero que tengan, por más influencia, por más violencia que utilicen… Todo ello no vence la fuerza de Dios. Una fuerza de Dios que no está en el poder, en el dinero, en la violencia, sino en el amor, en la justicia, en la bondad. Por eso es más fuerte.

El cristiano está llamado a esta lucha constante. No contra nadie pero sí contra toda injusticia, contra todo mal. Contra todo lo que significa no respetar los derechos de cada hombre, los derechos de los más pequeños, los derechos de cada pueblo, de cada clase. Si un hombre es tratado injustamente por el color de su piel, o por sus ideas, o por su lengua, o por su situación social, o por lo que sea… allí el cristiano debe luchar, sin miedo -dice Cristo- porque es Dios quien combate en esta lucha dolorosa y difícil pero que nosotros creemos que conseguirá su victoria plena.

Sentirse implicado, sentirse comprometido en esta lucha de cada día es lo que el evangelio llama ponerse de parte de Cristo. Inhibirse, quedarse en casa, no salir en defensa de quienes lo necesitas es NEGAR a Cristo ante los hombres.

La Nueva Evangelización, de la que tanto se habla, solo empezará cuando el Evangelio, Jesucristo y la Iglesia misma, cuente con clero y cristianos seguros de lo que llevan entre manos.

Personas valientes que, allá donde se encuentren, sepan defender la causa de Jesús y se muestren como lo que son: como cristianos y no como funcionarios de ningunos ritos.

La Nueva Evangelización, y no nos escandalicemos, pasa por empezar desde cero a fraguar la vida de muchos cristianos que viven como si no lo fueran. A formar familias desde el Evangelio. A ocupar puestos de responsabilidad en la sociedad civil sin renunciar ni menospreciar los valores del cristianismo. Sólo entonces, cuando seamos coherentes, cuando lleguemos a ese grado de madurez, es cuando veremos y comprobaremos que el Señor va por delante. Porque Jesús, si viniera de nuevo, recogería aquel viejo proverbio: “las cosas claras y el chocolate espeso”. Aunque sienten mal las primeras o, el chocolate, a más de uno se le atragante.

Siempre ha sido una tentación para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que los libere de sus miedos, incertidumbres y temores. Pero es una equivocación ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento.

Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad a los que son injustamente maltratados en esta sociedad.

La fe no crea hombres cobardes sino personas más resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: “No tengas miedo”, no se siente invitado a eludir sus compromisos sino penetrado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

Estamos asistiendo a una etapa, yo diría emocionante y clarificadora, donde se nos presenta delante de nosotros un momento profético: quien sea, que sea de verdad y, quien no lo sea, que sepa lo que deja y lo que está arrinconando, nada más y nada menos que a Jesucristo.

El único temor que debe paralizar a un cristiano es el vértigo que produce el no cumplir la voluntad de Dios. El único pavor que debe sentir un sacerdote y laico comprometidos con su iglesia, es el haber callado cuando más necesaria era una voz denunciante. El único miedo que debiéramos de sentir, los cristianos enviados por Jesús, es saber que somos de su equipo, pero no lo defendemos ni jugamos en el terreno de juego con su código en mano.

Nuestra presencia ha de ser más real, menos vistosa y más visible. Los cristianos, tal vez temblamos demasiado, porque igual no estamos donde tendríamos que estar: dando con valentía, la razón y la cara, por nuestra fe.

Hoy es un dia para pedir al señor…

*Que cuando tenga que decir un “sí” no lo cambie cobardemente por el “no”, o por el miedo al qué dirán.

*Que me otorgue ese valor que sólo la fe da:

La que nos hace brindar por un mundo mejor.

La que nos hace soñar con un corazón nuevo.

La que, huyendo del egoísmo personal, nos hace descubrir la grandeza de su amor.

*Que nos infunda esa valentía que sólo su Palabra transmite:

La que nos hace combativos en la lucha.

La que nos levanta el aparente fracaso.

La que es coraza frente al enemigo.

La que es arma y escudo frente al adversario.

*Que nos conceda esa bravura que me inspira su presencia:

Para que nunca, en el combate, me sienta sólo ni desamparado.

Para que, ante las burlas, recuerde que, Él, también fuiste ridiculizado.

Para que, ante las incomprensiones, no olvide que, Él, también fue rechazado.

*Que nos de entereza en la lucha:

Para que nunca diga ¡basta!

Para que huya del derrotismo que todo lo asola.

Para que avance y nunca retroceda.

Para que ofrezca al Evangelio mi voz que anuncie y denuncie lo que en el mundo tantas veces se olvida: su, amor, su justicia, su paz, su Reino, su voluntad, su ternura y su misericordia.

Amén

 

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