Ecos del Evangelio

9 septiembre, 2016 / Carmelitas
Dios nos ama entrañablemente

DOMINGO XXIV T.O. CICLO C 2016 El tema, sin duda, de la Palabra de Dios de este domingo es la misericordia. En la primera lectura, Moisés impide que se encienda la ira de Dios contra su pueblo. Aunque el enfado, la ira de Dios estaba más que justificada, Moisés apela a lo más divino que hay en Dios: el amor hecho misericordia y perdón infinito y consigue que Dios, más allá de su indignación, reconsidere su actitud en lo más íntimo de su corazón. En la segunda lectura Pablo se muestra como un puro producto de la misericordia divina, diciendo dos veces: «Dios tuvo compasión de mí». «Se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento». Y la tozudez de Dios, con su potente luz transformó la persona de Pablo, que era un ciego fanático, en un huracán de fidelidad y amor. Pablo, para poner de relieve la total paradoja de la misericordia de Dios, se pone en el último lugar: se designa como «el primero de los pecadores», para que aparezca en él «toda la paciencia» de Cristo, y se convierte así en objeto de demostración de la misericordia de Dios por los siglos de los siglos. Y también en el evangelio de hoy, las tres parábolas nos hablan de la misericordia divina. Así en la parábola de la oveja, no dice el pastor: bueno ya tengo noventa y nueve ovejas por una que se haya perdido no pasa nada, no voy a salir de noche con el peligro que entraña. Y lo mismo, con la dracma que la mujer pierde, tampoco dice: bueno me quedan nueve no pasa nada, ahora no me voy a poner a buscar y rebuscar. Y no digamos ya en la tercera parábola que no nos habla de animales ni de cosas, sino de personas. El padre no espera en casa al hijo pródigo, sino que corre a su encuentro, se le echa al cuello y se pone a besarlo. Tal es el esfuerzo de Dios, que se manifiesta en último término en el riesgo supremo de entregar a su Hijo por el mundo perdido. Cuando el Hijo desciende a la más profunda degradación humana, Dios está realizando el esfuerzo más penoso y costoso que nos podamos imaginar. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros», nos dice S. Pablo Dios no es simplemente el Padre bueno que perdona cuando un pecador se arrepiente y vuelve a casa, sino que «busca al que se ha perdido hasta que lo encuentra». Que Dios busque al que se ha perdido, no quiere decir que no sepa dónde está, sino que Dios siempre está buscando ofrecer caminos para que el pecador pueda volver desde su libertad. Haber cuando ya de una vez, muchos cambian esa idea de un Dios justiciero y amenazador, tanto los que lo predican, como los que se han hecho esa idea de Dios. -Dios ama a los pecadores.- No sólo a los pecadores arrepentidos, lo que sería en cierto modo comprensible, sino también a los pecadores antes de su conversión; es decir, Dios ama a los granujas, a los indeseables, a los perdidos…, para que sean lo que deben ser con la gracia de Dios: hijos suyos en realidad de verdad y criaturas nuevas. Amigos, el amor de Dios no se hace de rogar. Si Dios ama a los pecadores, esto quiere decir que su misericordia es infinita y su amor no tiene fronteras. Por lo tanto, nadie puede exiliarse del amor de Dios ni huir tanto y tan deprisa que no pueda ser alcanzado por su misericordia. Por eso no hay para Dios un hombre absolutamente perdido. Y por eso hay para el hombre siempre una posibilidad de retornar al amor que Dios le tiene. El perdón es el triunfo del amor de Dios.. Y ese triunfo es el que nos pide a nosotros. El que no perdona y de corazón no entiende en absoluto lo que significa amar. Es decir el que no perdona no sabe amar. Y además si es cristiano está traicionando el “padrenuestro”. Hay una condición indispensable para empezar a saber perdonar: Para perdonar a los otros necesitamos enfrentarnos con nosotros mismos, reprimir el instinto natural de venganza, dejar que pase el tiempo para poder olvidar…, y si al fin conseguimos cambiar de actitud, esto ha sido una victoria sobre nosotros mismos. Pero Dios no perdona como los hombres, pues ama a los pecadores y no necesita pasar de la venganza a la misericordia (lo que se dice en la primera lectura es un antropomorfismo). Dios no se vence a sí mismo, su perdón es la esencia de su amor, porque Dios es amor y la primera manifestación del amor es perdonar. -Dios perdona, pues, gozosamente. Jesús describe en las parábolas el inmenso gozo del perdón de Dios. Lo compara al gozo del pastor que carga con la oveja perdida, al gozo de la mujer que encuentra su moneda y, sobre todo, al de un padre que recupera a su propio hijo. En esta última parábola contrasta el gozo del padre que perdona, con la actitud del hermano mayor que no sabe perdonar y, en consecuencia, no quiere entrar en la fiesta. El motivo de tanta alegría en el cielo, de tanto gozo, es la conversión del pecador y su vuelta a la vida: “… convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida”. -Debemos pues perdonar, como hemos sido perdonados.-No a regañadientes y porque no nos queda otro remedio, no de boca sino de corazón. ¿O es que Dios no nos ha perdonado mucho y siempre? ¿Entonces por qué nos cuesta perdonar? Y cuando perdonamos, no basta con decir: “bueno dejémoslo correr”, y desde entonces guardar distancia prudencial hacia la persona. Menos aún, olvidarse del otro, como si no existiera ya para nosotros. No, perdonar y ser perdonado es como volver a la vida. Por eso debemos celebrarlo. Si no sentimos el gozo de una auténtica reconciliación, es que aún no hemos perdonado, al menos como nosotros hemos sido perdonados por Dios en Jesucristo. Por tanto, preguntémonos ¿qué es lo que nos aparta de ese amor de Dios para perdonar como el perdona? Pues…………. -Nos apartan otros dioses; aquellos que se cuelan en nuestra conciencia y nos hacen dar por bueno lo malo y, por claro, lo que es oscuro. Aquellos reyes (materialismo, mandamases, modas, ideologías, estrellas y aficiones) que nos hacen doblegarnos ante ellos y, luego, nos hacen esclavos de nuestros vicios, defectos y desviaciones, etc. –Nos aparta nuestro “súper-yo”. El aparentar, la doble personalidad, la vanagloria, todo eso que a muchos les hace sentir lo que no son. El orgullo es un muro que nos distancia de la humildad y que, además, nos hace distantes respecto a muchas personas. También respecto al mismo Dios. -Y nos aparta el afán de experimentar. En una sociedad de sensaciones y sensacionalismo es difícil mantener el equilibrio. Es difícil permanecer en la casa del Padre: el lugar donde, tal vez, se nos exige, pero se nos trata como en ningún otro lado: como personas, como hijos, seamos como seamos. ¡Cuantos, a veces, como el hijo de la parábola, se marchan silenciosamente, sin hacer ruido, despreciando al mismísimo Dios. ¡Yo me basto a mí mismo! ¡No necesito de Dios, ni de Iglesia! ¡No hay nada más allá de lo que veo, palpo o me demuestran! ¡A vivir que son dos días! Dios nos sentará un día para demostrarnos algo que somos tremendamente remisos para creer: su inmenso amor. Tan inmenso como el mismo mar. Dios respeta nuestra libertad. Sufre, estoy convencido, al sentir y contemplar a éste mundo nuestro tan de espaldas a Él. No me cuesta esfuerzo imaginar a un Dios, con lágrimas en sus ojos, al comprobar cómo la vieja Europa va alejándose montada en el desarrollo y la opulencia, mientras mucha gente llega sin nada, huyendo, de la miseria y de la guerra provocada por los que tienen sed de poder y sangre y manipulan a sus propios pueblos, llevándolos a nuevos holocaustos; mientras el occidente mira hacia otro lado, proporcionado tiendas de campaña y construyéndoles auténticos campos de concentración, como si fueran apestados. Qué bien lo expresó el emérito Papa Benedicto en un viaje apostólico a Austria: “Occidente está en una gran crisis, porque sin la Verdad que es Cristo, no puede distinguir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira entre la luz y la oscuridad” Hoy el hombre, que escapa lejos de Dios, que vive embelesado en su propio rigor y sistema, siente de momento pocas ganas de volver hacia atrás. ¿Qué ocurrirá cuando el capital vacíe de falsas alegrías el corazón del hombre? ¿Qué ocurrirá cuando el hombre sienta que está arruinado porque gastó lo que aparentemente ganó? ¿El ser humano se decidirá de una vez a cambiar el traje de esclavo con el que va vestido, por el traje de señor que Dios nos quiso y nos quiere regalar? Ahí está la cuestión, esperemos que cuando esta sociedad, se despierte de la continua siesta en la que duerme, no sea demasiado tarde.

 

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