Ecos del Evangelio

31 julio, 2020 / Carmelitas
Domingo 18º del Tiempo Ordinario – Ciclo A. 2 de agosto

 

«Dadles vosotros de comer»

 

La historia de Joel… puede ser la tuya

 

 

Ya caía el sol, la tarde era hermosa la orilla del lago despertaba sensaciones que Joel ya casi no sentía, la paz, la alegría, el sosiego, eran sensaciones que al parecer se mantenían fuera de la vida de Joel; algo muy dentro de él le decía que sería un día diferente, sin embargo, ya había pasado casi la mitad de él y no había cambiado nada. Trabajó sin descanso para llevar unas cuantas monedas a casa y mientras caminaba pensaba en Judith, su esposa, con que ilusión se habían prometido amor en la pobreza y en la riqueza, pero cada vez era más difícil la vida con poco y se preguntaba constantemente si Judith no quisiera estar en otra situación, con otra familia y más oportunidades, era una mujer llena de talento y creatividad, siempre alegre con lo que hacía, él, aunque también se sentía feliz con ella y con sus hijos se preguntaba constantemente ¿Qué podría hacer más por ellos? No tenía bastante dinero para darles la mejor educación, ni la mejor ropa, tampoco había podido permitirse ciertos lujos que les hubiese gustado dar a Judith. Había sin embargo algo que lo hacía sonreír mientras caminaba por la arena y era sentir el aire en su cara, esa piel que cada día reflejaba más las preocupaciones y los achaques de la vida, pero que también dejaban ver ya unas grandes arrugas alrededor de la boca que le recordaban lo mucho que había sonreído.

 

-Qué día más extraño- pensaba Joel- por un lado, me siento en deuda con todos los que me rodean por no ser…no sabía con seguridad que debía de ser para los demás y fue incapaz de ponerle un adjetivo a la deuda que sentía…

 

De repente una tropa de gente que caminaba hacia él interrumpió su diálogo interior. Al parecer la multitud seguía a ese tal Jesús de Nazaret, había escuchado tanto de él que ya no sabía que era verdad, lo que le llamaba la atención era que la gente al acercarse a él no parecían los mismos, Joel no sabía si ese hombre curaba a los enfermos, si resucitaba a los muertos o si era un simple estafador de la gente pobre, de lo único que le parecía estar un poco seguro era de que muchos de sus amigos habían estado en la sinagoga con él y algo en sus rostros había cambiado, no eran los mismos. Animado por una fuerza que no sabía bien de dónde le venía entró en la multitud, llegaron a un descampado y los más cercanos a Jesús se le acercaron a decirle: -Maestro despide a esta gente, para que vayan a buscar comida- a lo que Jesús les respondió – Dadles vosotros de comer.

 

Joel vio como aquellos dos panes se repartían entre todos y como sobraban, había un silencio dentro de él que le permitió saborear aquel pan como si fuera la primera vez que lo comía. No entendía como esos 5 panes pudieron saciar a la multitud, y recordó su vida y las ganas que tenía de saciar a cuantos le rodeaban… ¿puedo saciar alguna necesidad de mi prójimo? Se preguntaba, quizá no, pero puedo dar el pan que poseo, el pan que no me reservo para mis propias necesidades. Joel al regresar a su casa volvió a sentir el aire por su rostro y supo que no tenía ninguna deuda con los demás, mientras repartiera lo que él era, el resto lo haría Dios.

 

Cuántas veces buscamos saciar a las multitudes que tenemos a nuestro lado, quizá sea momento de sentirnos ese poco de pan, poco y generoso pan, confiado y seguro de que Dios hará el resto.

 

¿Cómo puedo medir el alcance de mi labor?

¿Cómo puedo repartirme para todos? Solo él puede repartirnos y solo él conoce el alcance de nuestro pan.

 

 

“Toma mi pan y repártelo todo es tuyo, a mí me basta tu gracia para ser pan”

 

 

Hna. Guadalupe Chávez Herrera CSJ

 

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