Ecos del Evangelio

25 octubre, 2019 / Carmelitas
DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO Lc 18,9-14

 

Y de nuevo la oración.

 

A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.’ En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’ Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. «Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».

 

 

El texto evangélico de este domingo, nos propone la misma temática del domingo pasado: la oración. Jesús sigue insistiendo en esta necesidad vital de la oración para el espíritu, así como el alimento para el cuerpo.

 

 

En esta parábola, encontramos dos personajes: Un fariseo y un publicano. Dos personajes que contrastan en la manera de orar y de presentarse ante el Señor. Por un lado, el fariseo. Se siente un hombre justo ante el Señor, porque cumple la ley, lo que Dios manda. ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.’ Piensa que este cumplimiento le da derecho a sentirse salvado, justificado por sus obras. Es incapaz de reconocer al otro, al publicano como su hermano, aun teniéndolo cerca, no lo reconoce como tal, más bien, se siente superior a él. El fariseo no pide nada a Dios, por eso nada recibe. En cambio, el publicano.

 

 

Un colaborador de Roma, un recaudador de impuestos, y por tanto, considerado como un pecador. Él no se comparaba con otras personas, sino que se examinaba a sí mismo a la luz de la ley. Se consideraba pecador y se sentía indigno de acudir a la presencia de Dios, pero se sabía necesitado de su misericordia. Este hombre en su oración no se atreve ni siquiera a levantar la mirada, se limita a quedarse a distancia, pero eso sí, logra reconocer su pecado: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Él se siente necesitado de reconciliación y de perdón, por ello es justificado, es salvado. Es la humildad la que le permite recibir el amor y la misericordia de Dios.

 

No son sus obras, es la confianza en que Dios puede perdonar su pecado y sacarlo de la situación en la que se encuentra.

 

 

 

Pidamos al Señor, que al igual que el publicano, sepamos reconocer con humildad nuestra situación de pecado, para que Él pueda obrar en nosotros regalándonos su perdón y su misericordia.

 

Es en la oración, donde podremos descubrir y experimentar la misericordia de Dios para cada uno de nosotros, no obstante nuestro pecado.

 

Que Él nos libre de creernos salvados por nuestras propias obras, que nos ayude más bien a sentirnos cada vez más pequeños y necesitados de su bondad, de su amor y su misericordia.

 

 

 

Hna. Teresa Botello Martínez CSJ

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies