Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
Domingo de Ramos

Hoy, Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa y comienza con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Jesús es aclamado como ungido y como rey. Pero más que una marcha triunfal, la procesión y entronización mesiánica parecen una florecilla franciscana, llena de encanto. No hay soldados, sino niños. No hay espadas, sino ramos. No hay vencidos, sino mantos tendidos. No hay caballos de guerra, sino un burrito manso. No es casualidad o pobreza de medios, esa manera de entrar en Jerusalén. Es que el Mesías tiene su estilo: lo sencillo, lo espontáneo, lo pacífico.

Esta procesión victoriosa de los ramos es como un anticipo pascual. El domingo que viene será la victoria definitiva, la verdadera entronización mesiánica. Pero ya podemos ir aprendiendo y pregustando algunos aspectos del triunfo de Jesucristo:

Es el triunfo de la paz sobre las violencias humanas. Dios es un no-violento, es respetuoso, es amigo de la vida, es Vida, enemigo de toda muerte y enfrentamiento y de quienes los provocan. Dios es el ecologista del amor.

Es el triunfo de la sencillez sobre las grandezas humanas. Dios es humilde, Dios enaltece a los humildes y está siempre con los débiles y necesitados, pero no desde la lástima sino compadeciéndose de ellos, compartiendo sus desgracias.

Es el triunfo de la alegría sobre las tristezas humanas. Dios es fuente de la verdadera alegría; no del jolgorio bullanguero. Dios no ama la tristeza y el pesimismo.

Es el triunfo del amor sobre los odios humanos. Dios es amor y se manifiesta en Jesús, que no hace más que bendecir y curar y pacificar. Donde está Dios hay manos abiertas y corazón abierto. El odio y la mentira son el anti-Dios. Y los que los promueven no son hijos de Dios sino de Satanás.

Es el triunfo de Dios sobre las miserias humanas. Ese rey que camina sobre un pollino, es el Dios que ama a los hombres. No ha venido a destruir a los hombres, sino a superar sus miserias, a hacerles más hombres. Ese rey del burrito, además de Dios, es el principio de la nueva humanidad.

Pero antes hay que adentrarse en la pasión que este año nos ha narrado S. Lucas, que subraya su mansedumbre, su ternura, su humanidad, su bondad. En definitiva, su misericordia. Aun en los peores momentos, Cristo no deja de escuchar, de curar y perdonar. Veamos brevemente diez pinceladas del Cristo paciente de Lucas:

1- Las lágrimas de Cristo «Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella» Me impresionan estas lágrimas de Jesús en el día de su triunfo. Jesús se olvida de su gloria y llora de pena por la ciudad amada de Jerusalén. Jesús era humano. A Jesús le duele hondamente la suerte de esta ciudad, que aún resplandecía con glorias antiguas. Ve el Templo y los palacios convertidos en un montón de ruinas, los hijos devorados por el hambre o por la espada, y no puede contener las lágrimas. Todo podría ser tan distinto. “¡Si conocieras!”, si vieras, si aceptaras al que te visita con la paz en sus manos, podrías llegar a ser la verdadera Jerusalén, la “ciudad de la paz”. Pero no, los mandatarios corruptos, como pasa siempre, la han convertido en una cueva de ladrones y de imposiciones, tantos civiles como religiosas.

2-Los deseos ardientes de Cristo “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” El siente ansias y deseos como el más apasionado. Quiere a sus discípulos entrañablemente. Llega el momento de la despedida y se desborda: en palabras, en gestos, en sentimientos. La despedida hay que celebrarla como una Pascua inolvidable.

3-La sangre de Cristo “Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra”. Lucas, médico según la tradición, recoge aquí este hecho sorprendente y que marca uno de los momentos más terribles de la Pasión. La angustia mortal de Cristo, en estas horas de agonía, no se quedó sólo en el alma, sino que, dilatando los vasos sanguíneos, se exterioriza en grumos de sangre. Todo quedó empapado: el cuerpo, los vestidos y hasta la misma tierra. Por vez primera podíamos ver a la angustia vestida de sangre.

4-La medicina de Cristo Se ve que Pedro sabía utilizar la espada. En un arranque de valor le dio a un siervo del Pontífice en la cabeza; la providencia y el casco le salvaron, pues la espada resbaladiza sólo le cortó la oreja. Cristo, divino médico, necesita hacer dos rápidas intervenciones y aclaraciones.

Primero, tiene que curar a Pedro, que está enfermo de violencia. «Basta ya», le dice, y nos dice. Basta de violencias que sólo engendran violencias. Y enseguida ha de curar al siervo herido. Y con su toque divino le curó y le devolvió la oreja. Dios nos quiere completos. Si Él nos ha dado dos orejas, será para algo. Que es mucho lo que tenemos que escuchar. Y por desgracia, su mensaje a muchos les entra por un oído y les sale por el otro.

5-La mirada de Cristo «Y el Señor se volvió y miró a Pedro» La mirada que regaló a Pedro me cautiva. ¡Cómo sería esa mirada que transformó por completo, al discípulo cobarde!

Debió ser una mirada profunda que le llegara hasta el alma. Triste, sintiendo el desengaño de su discípulo más querido. Inteligente, haciéndole recordar a Pedro que no se equivocó cuando le dijo que lo negaría. Misericordiosa, sobre todo misericordiosa, envolviéndole a Pedro en su perdón. Esperanzadora, convenciéndole que todo podía volver a empezar. Lo que le pasó a Judas fue que no tuvo la suerte de encontrarse con esa mirada.

6-El consuelo de Cristo «Jesús, volviéndose a las mujeres, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí”» Jesús quiere agradecer las lágrimas de estas mujeres compasivas, «que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él». Estas mujeres representaban la parte buena del pueblo, pero a las que nadie hacía caso. ¿Quién hacía caso entonces a las mujeres?

Pues Jesús les hacía caso. Y aun encontrándose en situación límite se preocupa por ellas. Jesús estaba roto y agotado, pero aún encuentra fuerzas para consolar a estas mujeres. ¿Quién consuela a quién? Las mujeres compadecen a Jesús, y Jesús compadece a las mujeres. Las mujeres se lamentan por Jesús, y Jesús se lamenta por las mujeres y por lo más querido de ellas: sus propios hijos. Se trata de poner en común las penas de unos y de otros.

7-La oración de Cristo. Jesús, en la cruz, estaría desesperado. En una situación como la suya, ¿qué otra cosa se puede hacer sino gritar y maldecir? Pero Jesús, en medio de los más fuertes tormentos, rezaba: «Padre». « ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?». «Padre, perdónales»; «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

8-El perdón de Cristo. Las palabras de Cristo son de perdón y de excusa. Es un gesto supremo de caridad. Jesús nos había hablado muchas veces de la necesidad de perdonar a los enemigos. Ahora nos ofrece la lección definitiva. Jesús sigue amando a aquellos que le torturan. No son malos, es que no saben lo que hacen, si conocieran el amor de Dios.

9-La recompensa de Cristo “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” Otro gesto misericordioso de Jesús. Él ha venido a salvar a los que estaban perdidos, y hasta última hora no deja de cumplir su tarea. Este buen ladrón es la última oveja perdida que cargó sobre sus hombros. Jesús está confesando desde la cruz al buen ladrón, celebrando el sacramento de la penitencia. ¿Tuvo esa confesión la forma de un juicio? ¿Le pregunta el número y la cantidad de sus robos? ¿Qué penitencia le impuso?

Admirable es la fe de este ladrón, pero más admirable es la generosidad de Cristo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Ya nos queda poco en este infierno, enseguida iremos juntos al Paraíso de mi Padre, debió pensar.

10-La confianza de Cristo “Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Esta es la última palabra de Jesús: no el grito de la duda, sino el grito de la confianza. En el momento decisivo de la muerte, Él renueva su confianza total al Padre. Sabe que la muerte no es una caída en el vacío, sino un dormir en las manos de su Padre. Si alguna vez pasó por noches oscuras, ahora todo se ilumina y se serena. Padre, Tú nunca me has abandonado. He cumplido la obra que me encomendaste. Ahora quiero descansar en tu regazo.

Ahí tenemos el comportamiento de Jesús en los últimos momentos de su estancia física entre nosotros. Vino para cambiar los corazones. Pero no hay nada más falso y contradictorio que un corazón humano.

Hoy, a Jesús, la multitud le exalta como Rey y, el Viernes Santo: “no tenemos más rey que el César”. La vida es así: nos persigue la contradicción, el hoy sí pero, el mañana no. Hoy glorias y mañana fracasos. Hoy, en Jerusalén, todo palmas y júbilo y… a la hora de nona del viernes: llanto, desnudez, soledad y tristeza. Hoy, en el Domingo de Ramos, ramas recién cortadas y, en la hora de las tinieblas, tan sólo un madero del que colgará Aquel que hoy vitoreamos y ensalzamos. Hoy le cantamos y, en Viernes Santo, le gritaremos: “fuera, fuera”. Hoy le alfombramos y le aclamamos, el Viernes Santo, le despojaremos de su fama, sangre y vestimenta.

*El Domingo de Ramos tiene un sabor agridulce. Por un lado manifestamos públicamente nuestra adhesión y homenaje a Jesús pero, por otro, somos conscientes de que por obediencia es conducido como cordero, hacia el lugar del sacrificio.

*No subas Señor. No avances demasiado. Detrás de nuestro griterío, vendrá la cobardía y el silencio. Al otro lado de la puerta, flanqueada hoy por músicas e himnos, te enfrentarás con el llanto. ¿Merece la pena, Señor, que avances triunfalmente hacia el fracaso aparente que será tu muerte?

*Sí; Señor. ¡Adelante! No dejes asignaturas pendientes. El hombre, el mundo, la tierra, los creyentes, la Iglesia, tus amigos y tus enemigos, los que te conocen y los que te dan la espalda….necesitan de tu salvación y del fruto de la cruz.

*Abramos, en este Domingo de Ramos, las puertas de nuestros corazones. Que el Señor, entre también brillantemente en ellos para que, en esta Semana Santa, podamos compartir con Él su Eucaristía, su sacerdocio , su amor, su sufrimiento, su cruz, su muerte…..y sobre todo deleitarnos y festejar lo que nada ni nadie puede quitarnos ni ocultar: SU RESURRECCIÓN .

Esperemos que a partir de esta Semana Santa muchos cristianos seamos de los verdaderos seguidores de Jesús, de los que ….

a los que, sin tener palabras eternas,

nos seducen y nos confunden

nos alejan de Ti y nos apartan de tu Gracia

LO SABES, SEÑOR

Que, la corona que te espera,

no es de oro, sino forjada por espinas

Que, el trono que te aguarda,

no está tallado en madera de ébano

y sí esculpida en cruz que produce vértigo y llanto

LO SABES, SEÑOR

Que nuestro sí, mañana será un no

Que nuestros cantos, se convertirán en silencios

Que nuestros vítores, darán lugar a deserciones

Que nuestros gritos, se tornarán en timidez

LO SABES, SEÑOR

Que, tu entrada en Jerusalén,

es el inicio de una aventura teñida de sufrimiento

de sacrificio, prueba y muerte…

pero con redención final

LO SABES…

 

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