Ecos del Evangelio

1 diciembre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO I DE ADVIENTO CICLO C 2018(1)

Comenzamos un nuevo Adviento en nuestra vida, es decir, un nuevo tiempo de esperanza, de espera. Tiempo en el que rememoramos la venida histórica de Cristo hace más de 2000 años; en el que se nos invita a estar atentos a las venidas cotidianas de Cristo a nuestra vida  que se siguen produciendo; y en el que se nos recuerda la venida  al final del mundo de Cristo.

Y comenzamos el Adviento con ese lenguaje que hemos escuchado en el evangelio que quizás nos infunda incertidumbre y hasta miedo. Permitidme que lo ponga al día  y veremos que estamos conviviendo y asistiendo a muchos episodios parecidos a los que nos narra el evangelio.

El lenguaje del evangelio se podría traducir así a dia de hoy:

Habrá terremotos e incendios, sequías e inundaciones, terrorismo por doquier, cáncer y sida, accidentes de todo tipo, mendicidad y paro, tiranos revestidos de demócratas. Habrá crisis en la familia: divorcios a la carta e hijos que se marchan de casa; y muchos dirán que la familia no tiene futuro, y que el aborto es una cosa normal. Habrá falta de razones para luchar, para vivir, y  mucha gente que se evadirán con juergas o con marihuana, o alcohol o heroína,… Cuando veáis todo esto, levantaos; alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. ¿Es que no necesitamos esa liberación ante todo esto?

Es precioso el consejo que Lucas nos da  y la forma de expresarlo. Cuando parezca que todo se ha perdido y que hasta la naturaleza se desata incontroladamente, alzaos, levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación. No se puede decir con mayor exactitud cuál debe ser la postura de un cristiano ante cualquier acontecimiento. Es una postura recia, adulta, de “cuerpo entero”, alejada de cualquier estilo beato o melifluo, niñoide o simplista. Es la postura que adopta el hombre cuando está seguro de triunfar, y seguro está de eso San Lucas cuando, al indicar la postura, advierte: “está cerca vuestra liberación”.

El Adviento es una llamada a los derrotados por la historia: a los que tropezaron mil veces y ya no sienten deseos de seguir caminando; a los matrimonios que vieron naufragar su amor primero; a los ilusos desengañados; a los pasotas; a los desencantados; a los acomplejados de cada día -“esto no es para mí”- por su presunta falta de cualidades o por su reiterada caída en el pecado; a los torpemente aburguesados que no ven más horizonte que el butacón, el whisky y la doce vita… Pues el Adviento nos dice: ¡Animo, que viene el Reino de Dios! Una manera diferente de vivir y de ver la vida.

En este tiempo se nos dice: ¿Sabes que son posibles la luz, la paz, la reconciliación y la vida por encima de tanto pancarteo que se queda solo en eso? ¿Sabes que Dios viene a perdonar los pecados por graves que sean, porque te ama? ¿Y que tanto cristiano mudo como abunda es invitado a proclamar las grandezas de Dios? ¿Sabes que tanta gente dedicada a zancadillear, a manipular y engañar va a ser invitada a vivir la verdad que nos trae Cristo? ¿Puedes creerte que debemos hablar de la vida, aunque soplen vientos de maldad y de penas de muerte y de dictaduras de cuello blanco? ¿Y que debemos seguir afirmando el amor eterno, cuando lo que la cultura nos quiere imponer es un amor que solo es instinto por un tiempo y con fecha de caducidad?  Hay que proclamarlo con fuerza y con alegría, Aunque chirríen las culturas ambientales, ¡Jesús es el Señor! Aunque te llamen qué sé yo: carca , iluso o loco.

En esta liberación que se anuncia próxima, está el secreto de la gallardía cristiana: Pero esta gallardía -que no petulancia- tiene un precio: 1- hay que tener la mente despejada (no embotada, dice San Lucas) 2- hay que estar despierto,    y 3- hay que ser perseverantes Tres condiciones sine qua non para captar la liberación que  nos trae Cristo.

Tener la mente despejada, con el Evangelio en la mano, es tenerla vacía de todo cuanto habitualmente suele llenarla tanta gente. ¿Cuánta gente tiene la mente llena de tantas cosas pero en realidad la tienen hueca? .San Lucas enumera algunas de ellas: el vicio -amplísimo-, la bebida y el dinero. Todos sabemos el efecto que produce una mente embotada. Con ella es imposible discernir claramente el horizonte, se confunde los términos, se yerra al buscar soluciones.

Un hombre con la mente embotada de materialismo, apariencia, engaños, poder, etc., es un auténtico inútil. Un cristiano con la mente embotada, llena de todo eso que enumera San Lucas, es inútil que comience el Adviento, porque será incapaz de divisar el horizonte que se perfila al final de ese tiempo de espera. Si el cristiano tiene la mente embotada, verá llegar la Navidad, cantará villancicos, montará el belén y seguirá perdido en los vapores de una niebla insalvable. Todo será mentira.

Para un cristiano cuya mente esté ocupada por el vicio, el poder, la egolatría y el dinero, no hay esperanza consciente, porque no hay sitio para alimentarla. Podrá empezar el año litúrgico, asistir “tranquilamente” a Misa, escuchar el “sermón” y dar la vuelta a todos los ciclos litúrgicos habidos y por haber, pero, si no arroja de su mente todas y cada una de las preocupaciones mundanas que se han aposentado en ella, no esperará nada, ni entenderá nada, ni será capaz nunca de ser un hombre adulto que alce la cabeza ante los acontecimientos que surjan en su vida.

Otra condición: estar despierto. La esperanza del cristiano, la que pide San Lucas en el Evangelio de hoy y que la Iglesia debe tener, no es una esperanza quietista y pietista, de sofá, y con las manos cruzadas a verlas venir. Sino  una esperanza activa, comprometida, esforzada para que los que tenemos a nuestro alrededor vean y sientan que Cristo es nuestra verdadera liberación.

Y esta segunda condición va como recordatorio también para al clero y la jerarquía en particular, haber si despiertan de la siesta continua en que viven muchos. Estamos rodeados de  muchos cristianos, clero y jerarquía que esperan al Señor durmiendo en sus laureles y es ésta la mejor manera de que cuando llegue ni siquiera se enteren, aunque sean muy cumplidores y muy tiquismiquis en sus ritos.

Ya está bien de tanto aletargado, pietista y que solo sabe juntar las manitas pero no abrirlas para ayudar a la gente .Gente así, son  incapaces de transformar el mundo, están ausentes de los acontecimientos históricos que nos toca vivir, porque ellos van a su bola. Son incapaces de dar una respuesta adecuada a un problema, de resolver con agilidad una situación injusta. Son incapaces de sentarse con quien necesita ser escuchado consolado y de tratar a las personas con dignidad y no a puntapiés. ¿Así quieren hacer presente al Señor que viene? ¡Pero que cara más dura que tienen!

-Pero falta la 3ª condición: La Perseverancia: “Pues proceded así y seguid adelante”. Así lo recomienda Pablo a los cristianos de Tesalónica. Y así nos lo encomienda a nosotros. En todo caso, lo importante es no cansarse, no darse por vencido, no ceder a la rutina, ni al desánimo, sino perseverar, a pesar del mal ejemplo de no pocos. Si así lo hacemos, el adviento cristiano será también adviento, es decir esperanza, para todos los hombres.

Eso es lo que Dios quiere, y ese mensaje de Dios sólo puede ser anunciado por creyentes que vivan ellos mismos radicalmente animados por la esperanza. El testimonio de «una esperanza vivida» es la mejor respuesta a todos los escepticismos, indiferencias, abandonos y traiciones reinantes.

Lo que el hombre de hoy necesita es que alguien le ayude a encontrarse con «el Dios de la esperanza». Un Dios en el que se pueda creer, no por tradición, no por miedo al infierno, no porque alguien lo ordena así, no porque alguno lo explica brillantemente, sino porque puede ser experimentado como fundamento sólido de esperanza para el ser humano. ¡Pues ánimo! Y dejemos que los agoreros y los señoritos eclesiásticos sigan durmiendo la siesta, a lo mejor cuando despierten ya es tarde para ellos. Y además tendrán que dar cuenta de su gestión. Porque fueron llamados para estar junto a la gente y acompañarlos hacia Dios y se han dedicado a dormirse en los laureles.

Vive el Adviento por favor, ¿que como sabrás si lo vives? Te dejo algunos consejos

*Vive con esperanza. Sueña con ese haz misterioso que, con el rostro de un Niño, unirá el cielo con la tierra.

*Sal al encuentro, y no vivas de espaldas  de aquellas situaciones que tienes sin resolver. Rebaja las dosis de tu egoísmo personal.

*Piensa qué caminos son los que Dios no escogerá para entrar dentro de ti. Algunos de ellos son la falta sinceridad, de verdad o  de afán de superación.

*Agárrate un poco más a la oración. Ella te dará la sensibilidad necesaria para prepararte a la llegada de Aquel que viene con un objetivo: nacer en ti.

*Trabaja por hacer un “belén” allá donde te encuentras. Dios nace en cada hombre que ilumina su entorno con la luz de la justicia, la bondad y el perdón.

*Participa en la eucaristía dominical y, si puedes, hazte también presente en ella diariamente. Culminarás el adviento con la sensación de que los profetas y María, te han guiado como nunca, al encuentro de Cristo que viene.

*Descubre que, en lo pequeño, es por donde Dios entra más fácilmente y donde mejor se le puede ver. Un detalle vale mucho y, a veces, cuesta poco.

*Aleja, si es que todavía lo recuerdas, todo aquello que en las pasadas navidades diste como bueno pero que no te aportó felicidad, espíritu de fe,  ni equilibrio interior.

*Renueva tu deseo de recibir a Cristo. No dejes que te roben el espíritu de la Navidad. Con la escucha de su Palabra, y su posterior reflexión, te harás fuerte ante esos embistes.

*Limpia, no solamente las figuras del belén, sino además el gran pesebre de tu corazón. Dios, para nacer, dormir con paz y con calma, prefiere tu vida interior reluciente, serena, convertida y nítida.

*Animo pues, Tú que me escuchas, no dejes pasar un año más la oportunidad de celebrar la Navidad, la única y verdadera Navidad, la que tuvo lugar con la llegada de Cristo y que tu puedes, si quieres revivir en ti y además anunciarla a mucha gente que para la cual es simplemente consumismo y juerga. Es decir: nada

 

 

 

 

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