Ecos del Evangelio

26 noviembre, 2021 / Carmelitas
DOMINGO I DE ADVIENTO CICLO C 2021

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

 

Con el primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico. Y el Evangelio que nos acompañará en el curso de este año es el de San Lucas.

La Iglesia con ocasión del paso de un año a otro quiere invitarnos a detenernos un poco, a observar nuestro rumbo, a plantearnos las preguntas que de verdad cuentan: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y sobre todo, ¿adónde vamos?». ¿Deseamos salvación? ¿La necesitamos? ¿Siente el superhombre actual, necesidad de ser salvado por alguien?

 

Comenzamos el Adviento. Un tiempo, una herramienta espiritual, que nos reconduce, nos hace más permeables para celebrar la auténtica y única Navidad. Claro está, si de verdad la queremos celebrar con el sentido y junto al Único protagonista: CRISTO.

 

Miremos pues alrededor de nosotros. Reflexionemos sobre el momento presente. ¿Acaso muchas situaciones que contemplamos, o sabemos por los medios de comunicación social, o que vivimos en propia carne, no son reflejo de esa angustia, de esa falta de aliento, o de ese miedo por lo que nos rodea o puede sobrevenir? ¿Hay algo tan peligroso como el vacío de una persona que vaga sin sentido, que se deja llevar por la corriente imperante?

Nos hallamos en un momento incierto (no es necesario enumerar los acontecimientos que nos preocupan) pero, el mundo, nosotros…necesitamos una palabra de esperanza. Necesitamos de Alguien que pueda levantarnos, sacudir nuestros miedos, ponernos de pie e infundirnos esperanza. Esa esperanza tiene sin duda un nombre: JESÚS.

Los cristianos tenemos que estar atentos a la llegada del Señor.

No podemos permitir que, Jesús, pase de largo, un día más, un año más.

No podemos consentir que, el Señor, cuando nazca, nos encuentre tan desalentados por los acontecimientos que nos acosan, o por este desenfreno lamentable que reina en nuestro entorno.

No podemos ni debemos consentir que, pase un año más, sin celebrar con el sentido debido, lo más grande que ha ocurrido en la humanidad: el nacimiento de CRISTO.

 

La Navidad, si colocamos en su centro a Cristo, nos traerá un horizonte de paz y de optimismo, de salvación y de esperanza. ¿Nos ponemos de pie? ¿Nos ponemos de pie para ver por dónde llega Jesús? ¿O nos pondremos de pie, pero para percibir por dónde NUNCA vendrá el Señor? .Si es así, sigamos los dictados del mundo y de la sociedad y sin duda iremos acumulando ansiedad, angustia y hartazgo, aunque todo eso lo queremos ahogar con la evasión.

La Navidad, a la vuelta de la esquina, es precisamente el reverso de este mundo. Un Dios que es garantía, salvación, felicidad, amor, entusiasmo, delicadeza, solidaridad, calma, sosiego y bondad. Sólo, aquellos que con humildad trabajen su corazón en este tiempo de Adviento, serán capaces de intuir y vivir lo que el Señor nos trae: El amor de Dios hacia el hombre. Un amor definitivo, incondicional, gratuito y entregado hasta dar la vida.

 

 

-¡Sí, en el Adviento! Necesitamos alejarnos un poco, de aquello que fascina nuestros sentidos pero que crea ansiedad en el corazón. No hay peor cosa que relajar de tal manera nuestra vida cristiana, que pase el Señor, nazca el Señor y nos encuentre tan embobados por las apariencias o atenazados por tantos problemas…que no disfrutemos de su llegada.

¡Sí, en el Adviento! No pensamos sobre el hecho de que el sol pueda caer sobre nuestras cabezas. Ni tampoco sobre que la luna se resquebraje en dos. No temblamos por el hecho de que, las estrellas, olviden un día su fulgor…. Nuestras desconfianzas son distintas pero iguales en el fondo: la economía, el paro, la inseguridad ciudadana, la moral a la carta, el terrorismo, la frágil situación del mundo, la apatía o crítica ante lo religioso, los conflictos sociales.

 

¿Acaso, todo esto, no necesita de una mano que nos ayude a reconducirlo? Jesús nos da fuerzas para afrontar todos estos retos. Viene con el pan de la alegría, del amor, de la serenidad y de la fe debajo de su brazo. Viene con el vino de la fortaleza, para compartir nuestras luchas y dudas, incertidumbres y fracasos, desasosiegos y tristezas.

No podemos vivir colapsados por las situaciones que nos toca vivir. No podemos cohibirnos por las dificultades o por los vicios a los que estamos enganchados. El Señor, en este primer domingo de Adviento, nos invita a ponernos en pie. En marcha. En vigilancia activa.

¡Viene el Señor! Y, si el Señor llega, es porque quiere compartir nuestra condición humana. Porque desea poner una luz en el fondo del túnel oscuro en el que se encuentra perdida gran parte de la humanidad.

¡Viene el Señor! Y, si el Señor se presenta, es porque nos ve agobiados. A veces sin esperanza. Otras tantas… sin ilusión.

¡Viene el Señor! Y, si el Señor se manifiesta, que por lo menos nos encuentre divisando (con la oración, la contemplación y la fe) el horizonte por donde Él sale a nuestro encuentro. Frente al caos no cabe quedarse en lamentos. Ante la dura realidad, Jesús es nuestra respuesta y nuestra esperanza.

 

*El Adviento, si lo trabajamos, es la LUZ que nos apartará de todas esas luces artificiales y engañosas en las que muchos se envuelven.

*El Adviento, si nos lo tomamos en serio, es una herramienta, que nos llevará a descubrir que es posible cambiar nuestro entorno con la fuerza del amor que nos trae Jesús.

*El Adviento, si le prestamos atención, es un salvavidas que rescatará nuestra vida de las pequeñas miserias y del gran océano de incredulidad y de frialdad religiosa.

*El Adviento, si lo hacemos nuestro, es la brújula que nos hará reconducir el rumbo de nuestro viaje por la vida. Pero claro, todo eso, si de verdad lo vivimos con el sentido que tiene. O lo que es lo mismo. Si estamos dispuestos a vivir la auténtica y única Navidad.

 

 

Sí, sabemos que necesitamos ayuda para que lo anterior sea posible . Por eso, pidámosle ayuda al Señor, a través del silencio y la siguiente la oración.

• Si dudo de tus promesas; levanta mi fe, Señor.

• Si aumentan mis pesares, alza mi ánimo, Señor.

• Si me acosan mil dificultades, haz inmensa mi fortaleza, Señor.

• Si mi interior se acobarda, reaviva mi espíritu, Señor.

• Si me ciegan los ídolos, dirige mi vista hacia Ti, Señor.

• Si me enloquece la apariencia, lleva mi corazón a Ti, Señor.

• Si mi cabeza se inclina, sostenla para poder verte.

• Si me encuentro esclavo, rompe mis cadenas para poder caminar.

• Si me encierro en mí mismo, reorienta mi alma hacia Ti, Señor.

• Si me conformo con lo que veo, recupera mi afán de buscarte.

• Si sufro por la ansiedad, alimenta en mí la serenidad.

• Si prefiero la comodidad, llámame y ponme en pie, Señor.

• Si me duermo y no te espero, abre mis ojos y despiértame, Señor.

• Si me despisto y no te busco, espabílame y condúceme, Señor.

• Si me equivoco de dirección, recondúceme y reoriéntame, Señor.

• Si prefiero otros señores, háblame y hazme ver tu grandeza.

• Si no tengo miedo a nada, dame fe y dame tu santo temor.

• Si me creo único e invencible, acércate y dame humildad.

• Si pasa el tiempo y desespero, ayúdame y ven a mi encuentro en Navidad.

 

 

Preparémonos en Adviento, para recibir definitivamente al Señor en nuestras vidas. Despojémonos en Adviento de lo que bien sabemos que nos está estorbando. Merece la pena acogerlo y ponerlo como Guía y Señor de nuestra vida. Si os decidís a dar el paso, vuestra vida tendrá un antes y un después.

 

 

¡El que lo dude, que lo pruebe y lo comprobará!

 

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