Ecos del Evangelio

16 febrero, 2018 / Carmelitas
DOMINGO I DE CUARESMA CICLO B 2018

Llévame al desierto, Señor

La Cuaresma que iniciamos el Miércoles de Ceniza es la gran invitación a dejarnos conducir al desierto, seducidos por Dios, para que nos pueda hablar amorosamente. Caminamos hacia la Pascua, para renovar nuestra fe, para renovarnos a nosotros mismos y llevar una nueva vida allí donde cada uno actúa y vive. “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios”, “Convertíos y creed”. Nos urge Jesús en el evangelio a saber aprovechar este tiempo favorable y dar frutos de conversión.

Si el pasado miércoles, el Miércoles de Ceniza, las lecturas nos proponían un plan de vida, basado en la oración intensa y sincera, la solidaridad fraterna y la sobriedad personal, hoy se nos estimula en la misma dirección tomando como punto de apoyo la alianza que Dios ha sellado con el hombre. Una alianza a favor de la vida. Dios se compromete no sólo a conservarla sino también a darle plenitud.

¿Seremos honestos con nuestra realidad? ¿Iniciamos la Cuaresma con el deseo de ser sacudidos por el Espíritu o con la habitual rutina de quien cumple unos ritos religiosos, porque tocan como cada año?

Cuarenta años según la tradición bíblica debió caminar el pueblo elegido por el desierto antes de entrar en la tierra prometida. Cuarenta días queda Jesús en el desierto que puede simbolizar todo un camino hasta la Pascua. El desierto más allá de una localización geográfica o temporal, es una situación en la que uno se compromete a enfrentarse con su propia verdad en total desnudez.

Lo importante es que nos dejemos empujar por el Espíritu a situaciones de desierto, porque el Señor quiere hablarnos en lo más profundo de nosotros mismos, y tener una cosa clara: que el pecado del hombre jamás provocará la ira de Dios. Al contrario, por encima de la ingratitud del hombre resplandece el amor y la misericordia de Dios. La iniciativa bondadosa y amorosa de Dios no tendrá ningún límite.

Por tanto, el hombre puede respirar tranquilo. Dios sale como fiador nuestro. Él quiere renovar nuestras vidas. Quiere restablecer la alianza de Dios con la creación y con las criaturas.

La Cuaresma es un grito a lo más noble de nosotros mismos para que Dios pueda llevar a plenitud su alianza en nuestra existencia.

-La Cuaresma es un camino de limpieza de conciencia. En la conciencia, es donde nacen y maduran las decisiones más importantes de la persona. El camino de conversión comienza en lo más íntimo de uno mismo. En la conciencia radica la gran dignidad de la persona. Nunca es tarde para volver a orientar su vida, para poner coherencia en nuestra vida si nos iluminar por Dios y se comparte generosamente con los hermanos.

En un tiempo de pesimismo y de crisis, los cristianos somos los primeros llamados a comprometer nuestra vida en un clima de mayor austeridad y sobriedad, prescindiendo de cuanto nos es superfluo, para compartir con los que carecen de lo necesario.

Nosotros somos los primeros vocacionados a transmitir una palabra de optimismo -y ojalá que también sean gestos concretos- porque Dios se ha comprometido con la vida del hombre. Pero, no lo olvidemos, su compromiso pasa por nuestra fidelidad.

En la medida en que nos identificamos con lo bueno, lo justo y lo bello, en la misma medida Dios está más en todos nosotros. Y nuestra conversión individual -por tanto, nuestra limpieza de conciencia- se traduce en conversión eclesial y social, en mayor dignidad de vida. ¿A qué más podemos aspirar para asemejarnos a ese Hombre Nuevo que se dió totalmente por todos nosotros? ¿No será esto lo mínimo que hemos de hacer para celebrar dignamente la fiesta del Resucitado?

– La Cuaresma es un camino de adhesión a Jesucristo y a su Evangelio. Convertíos y creed en la Buena Nueva. El Reino de Dios no solamente está cerca sino que está en nosotros. Nos falta descubrirlo en las pequeñas cosas de cada día, testimoniarlo con alegría en el trabajo bien hecho, en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, en la proximidad y ternura con los enfermos, en la participación activa en la vida de la comunidad, en el perdón y en el amor.

Esta es la Buena Nueva proclamada por Jesucristo y que nosotros debemos recrear nuevamente. Esta es la conversión que nos transforma en buenas personas y mejores cristianos. Este es el reto de la Cuaresma: identificarnos con Jesucristo, creer en su mensaje y tenerlo como norma de vida. Con Cristo se superan las tentaciones de pasividad, se purifica la conciencia y nos transformamos en testimonios de Resurrección.

En este tiempo de Cuaresma, como diría San Ignacio de Loyola, dos caudillos salen a nuestro encuentro: Jesús y Satanás. ¿Con cual nos quedamos? ¿A quién servimos?

– La oración va directa a Dios. La ausencia de ella nos convierte en miembros serviles del diablo.

– La austeridad nos acerca al Padre. La opulencia y la ostentación hace sonreír al maligno.

– La caridad y el amor agradan al Señor. La tacañería y el individualismo consolidan el reino del diablo.

– La Eucaristía nos lleva a Cristo. El vacío y el sinsentido del domingo hacen bailar a Satanás.

 

Que el Señor nos conceda tres gracias especiales en este tiempo de ascensión a la Pascua:

a) Ante la tentación del materialismo, el saber defender el “ser” antes que el “tener”. Cuántos hermanos nuestros viven en situaciones de dificultades y de desencanto porque no han sabido medir ni controlar su avaricia.

b) Ante el incentivo de la vanidad, hay que adorar al Único que se lo merece: a Dios. La vanagloria, los aplausos y el engreimiento son fiebres que se pasan en cuatro días ¿Qué queda luego? Las secuelas de las grandes soledades.

c) Ante la incitación del poder, el dominio de uno mismo. El poder en la vida de un cristiano es el servir con generosidad y el ofrecer sin esperar nada a cambio.

Que el Señor, en este tiempo cuaresmal, nos ayude a meditar –en un bis a bis con Él- sobre aquellas tentaciones que nos producen ansiedad, infelicidad, inseguridad o abandono de la fe.

 

*Ayúdame a hacer silencio, Señor, quiero escuchar tu voz. Toma mi mano, guíame al desierto, que nos encontremos a solas, Tú y yo. Necesito contemplar tu rostro, me hace falta la calidez de tu voz, caminar juntos… callar para que hables Tú.

*Me pongo en tus manos, quiero revisar mi vida, descubrir en qué tengo que cambiar, afianzar lo que anda bien, sorprenderme con lo nuevo que me pides.

*Ayúdame a dejar a un lado las prisas, las preocupaciones que llenan mi cabeza, barre mis dudas e inseguridades, ayúdame a archivar mis respuestas hechas, quiero compartir mi vida y revisarla a tu lado. Ver donde “aprieta el zapato” para apurar el cambio.

*Me tienta la seguridad el “saberlas todas”, el tenerlo todo “claro”, no necesitarte, total tengo todas las respuestas. Me tienta el activismo: el hacer, hacer y hacer. Y me olvido del silencio, aflojo en la oración, ¿leer la Biblia?, para cuando haya tiempo…

*Me tienta la incoherencia. Hablar mucho y hacer poco. Mostrar fachada de buen cristiano, pero adentro, donde Tú y yo conocemos, tener mucho para cambiar. Me tienta ser el centro del mundo. Que los demás giren a mi alrededor. Que me sirvan en lugar de servir.

*Me tienta la idolatría: mis convicciones, mis certezas y conveniencias, y ponerle tu nombre de Dios. No será el becerro de oro, pero se le parece. Me tienta la falta de compromiso. Es más fácil pasar de largo que bajarse del caballo y convertirse en samaritano. ¡Hay tantos caídos a mi lado, Señor, y yo me hago el distraído!

*Me tienta el separar la fe y la vida. Me tienta, Señor, el desaliento, lo difícil que a veces se presentan las cosas. Me tienta la desesperanza, la falta de utopía. Me tienta el dejarlo para mañana, cuando hay que empezar a cambiar hoy.

*Llévame al desierto, Señor, despójame de lo que me ata, sacude mis certezas y pon a prueba mi amor. Para empezar de nuevo, humilde, sencillo, con fuerza y poder seguirte pero de verdad.

 

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