Ecos del Evangelio

9 marzo, 2019 / Carmelitas
DOMINGO I DE CUARESMA CICLO C 2019

El desierto: lugar de encuentro y de gracia

 

En este primer domingo de cuaresma, la liturgia nos invita a recordar las grandes proezas de Dios en favor nuestro, su amor gratuito, libre y verdadero, que penetra en lo más profundo del corazón y que nos conduce a confesar con los labios la adhesión al Señor, la fe en Aquél que nos amó primero y que precisamente por ese amor nos dio la salvación en su Hijo Amado.

 

La primera lectura y el salmo nos permiten hacer una interpretación más completa de lo que nos dice el evangelio de hoy, puesto que en el diálogo, entre Jesús y diablo, se hace constante la referencia a pasajes del Antiguo Testamento.

 

Pues bien, como ya decía, en este domingo primero, recién iniciada la cuaresma, el evangelio nos presenta el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. No es coincidencia que este evangelio se proclame el día de hoy en todas las iglesias, ya que tiene una gran profundidad espiritual en nuestro ya iniciado camino cuaresmal.

 

Son muchas las interpretaciones que a nivel pastoral se pueden hacer de este pasaje evangélico, pero para nuestro caso, parece interesante hacer una interpretación poniendo el acento en la vida religiosa y concretamente en: los consejos evangélicos.

 

En primer lugar el evangelista nos dice que Jesús estaba lleno del Espíritu Santo y que lo llevó al desierto y ahí ayunó 40 días, siendo finalmente tentado por el diablo.

 

La figura del Espíritu Santo, nos sugiere abrir el corazón para hacerlo presente en nuestro camino de conversión, porque como a Jesús, también a nosotros nos ayuda a superar la prueba, a cimentar nuestra fe en el Dios que nos ha salvado y amado desde el principio de los tiempos, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob, el Dios -Padre de Jesús- y Padre nuestro.

 

LA CASTIDAD

Y entonces viene a Jesús la primera tentación:

-“Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”.
Jesús contestó: – “No sólo de pan vive el hombre”.

 

La persona de Jesús casto, nos enseña que no es más importante satisfacer nuestras necesidades corpóreas, sino un amor puro, sincero, transparente y equilibrado, que se proyecta en tres niveles: el amor a uno mismo, al prójimo y a Dios; la castidad atestigua nuestro amor preferencial al Señor, que nos pide mantener una constante guarda y mortificación de los sentidos, porque seremos más libres en la medida en la que nos liberemos de la esclavitud de nuestra pasiones.

 

Esforzarnos por vivir la castidad nos ayuda a tener esa fuerza capaz de liberar nuestro corazón y de orientar nuestras energías para entregarnos completamente al Señor, amando pero sin ser posesivas, amando gratuitamente sin buscar la correspondencia, amando y guardando la fidelidad prometida al Señor haciendo de nuestras relaciones fraternas algo más auténtico, transparente y gozoso.

 

La castidad nos da la fortaleza, valentía y libertad para la disponibilidad en nuestra vida consagrada.

 

 

LA POBREZA

Segunda tentación:

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: – “Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo”
Jesús le contestó: – Está escrito “Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto”.

 

Jesús nos enseña a desprendernos del afán de poseerlo todo, cosas materiales, actitudes, personas… estas cosas no son malas en sí mismas, pero la ambición y el deseo descontrolado de poseer nos esclaviza y nos impiden gozar de la libertad que, Dios como hijos suyos, nos brinda.

 

Muchas veces podemos encontrarnos en una situación como la de Jesús, viendo todas las riquezas y cosas que podemos poseer, lo que se nos prenderá fácilmente y que nos hacen hacer a un lado a Dios porque no nos recompensa como quisiéramos.

 

Pero, Jesús venció la tentación porque era fiel al Padre Eterno y sabía que no podía cambiarlo por la idolatría de lo efímero.

 

Necesitamos aceptar con alegría y aprender a vivir más modestamente para poder compartir. El fruto de este espíritu de pobreza será gozar de las cosas sencillas y así tener el corazón libre y feliz.

 

 

LA OBEDIENCIA

Tercera tentación:

“Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del Templo y le dijo:
– “Si eres Hijo De Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”.
Jesús le contestó:
-Está mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”.

 

La verdadera obediencia no se entiende sino se basa en el amor, una obediencia sencilla que nos hace ser disponibles, responsables, alegres y abiertas a la acción del Espíritu, gozando de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

 

Jesús siempre fue obediente al Padre, porque le amaba, y se complacía en cumplir su voluntad, así como el Padre se complació en él y lo manifestó el día del Bautismo en el Jordán. Cumplir la voluntad del Padre siempre fue su alimento, pues incluso lo hizo hasta la muerte. Jesús nos enseña a obedecer y a dar la vida por los otros.

 

Pero la obediencia, lejos de minimizar la dignidad de la persona, nos lleva a la madurez por el camino de la libertad. Es cierto que a veces nos cuesta obedecer, pero es importante que toda obediencia esté precedida de respeto y caridad fraterna.

 

 

“Completadas las tentaciones, el diablo se marchó hasta un tiempo oportuno”.

¿Cuál es ese tiempo? Esperemos que sí llega, estemos preparados y que lo que no consiguió con Jesús, tampoco lo consiga con nosotros; pero no hay que temer, porque sabemos que tenemos al Mediador que ruega al Padre por nosotros para que nuestra fe no desfallezca, sin embargo, hay que tener presente que se nos pide un trabajo interior personal, ese que nadie puede hacer por nosotras, más que nosotras mismas.

 

Que al inicio de esta Cuaresma aprendamos a ser más dueñas de nosotras mismas por medio del ayuno, la penitencia, la oración y la limosna. Que aprendamos a reajustar nuestra vida bajo la mirada misericordiosa de Dios.

 

Hna. Martha González Cabrera CSJ

 

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