Ecos del Evangelio

5 diciembre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO II DE ADVIENTO CICLO B 2020

En este tiempo de Adviento en el que estamos, se nos invita no sólo a pensar, reflexionar y meditar sobre nuestro camino cristiano, sino también a trabajar. Por eso para que no nos quedemos en teorías, bonitas palabras e intenciones, que de nada sirven, hoy se nos encomiendan dos tareas a realizar, para que nuestro dar a luz al Señor en nuestra vida, no sea de poesía y escaparate, sino real y verdadero.

 

Se nos dan dos mandamientos para llevarlos a cabo. Uno, por parte del mismo Dios en boca del profeta Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo y anunciadle que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen”. El otro nos lo da el Bautista: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos” .Y para cumplir los dos mandatos hace falta algo imprescindible: la conversión. Vayamos pues por partes.

 

El Dios que nos visita y que quiere nacer en nosotros, nos pide consolar, ayudar, levantar el animo al que lo ha perdido. Por tanto, Dios, no es el Dios del castigo, ni del miedo, sino el Pastor que consuela a su pueblo. Es el anuncio comunicado a los desterrados de Babilonia, desesperados lejos de su patria; y es el anuncio que hoy se nos hace a nosotros. Como los hebreos, a menudo sentimos la sensación de estar desterrados, dejados, abandonados o incluso castigados.

 

Pues no,-repito- Dios no abandona, ni castiga a nadie, ya que cada uno ejerce este papel de ser su propio juez y verdugo, según sus obras. Cada uno en particular y la sociedad en general decide su rumbo y sufre las consecuencias de una vida desnortada; de una ausencia de valores; de la institucionalización de la trampa y de la mentira; de la corrupción, y el silencio cómplice de los que callan vergonzosamente.

 

Delante de estas situaciones y otras parecidas, es fácil la tentación de buscar al «chivo expiatorio», al culpable a quien reprocharle los males y la infelicidad reinantes. Porque en el fondo, da miedo el tener que mirarse a uno mismo y descubrir la cuota de responsabilidad que tiene…, y entonces la responsabilidad, se le achaca a la sociedad en general o al contrincante que uno se ha inventado. Cada uno se ha de examinar si por acción u omisión, está colaborando con el mal y la mentira reinante.

 

Amigos, además de un mensaje de consuelo por parte del Profeta Isaías, el Bautista nos exhorta hoy a llamar a las cosas por su nombre. Y a denunciar el mal, la mentira y manipulación, caiga quien caiga, y pese a quien pese, si es que de verdad queremos preparar el camino al Señor, encontrarnos con Él y hacer nuestra sociedad habitable. ¿De verdad-y vuelvo a repetir lo de la semana pasada-, nos prepararemos en Adviento para la Natividad del Señor? ¿Es eso lo que nos ronda por la cabeza y el corazón? O…

 

Sin conversión y compromiso, no se puede ser seguidor de Cristo. La persona de fe necesita comprometerse en la renovación del orden imperante y en la liberación del hombre de toda manipulación e indignidad. Esa es la fe que nos proclama también Isaías: una fe arraigada en los problemas concretos del hombre; fe proyectada en la historia; fe amasada de justicia.

 

Gran parte de la sociedad moderna ha perdido esta fe, no sólo en Dios, sino en sí misma. Es la filosofía de la indiferencia, de la informalidad, de la vegetación, del instante y del instinto, vivida por mucha gente. Se dicen: “porque todo está podrido y porque nada tiene sentido, gocemos lo más posible de esta vida y despidámonos de ella como quien se despide de la nada”

 

Ante esto, el camino cual es, pues la conversión. Es decir: quitarse la máscara o la careta con la que viven muchos; dejar de aparentar; dejar de tener doble personalidad y optar por la verdad del evangelio y tomárselo en serio. Y ¿Por qué cuesta tanto la conversión? Porque muchos viven permanentemente en tensión entre dos-yos: entre lo que aparentan y lo que son realmente. Los ejemplos sobreabundan: basta pensar con qué convicción se está en la misa; basta compulsar nuestros gestos hacia los demás, el saludo y los cumplidos, y compararlos con lo que sentimos hacia ellos.

 

Como fruto de esta situación surgen sociedades y personas dobles y mentirosas, y por su puesto un cristianismo tramposo y falso. Surge una persona solicitada por fuerzas opuestas y destrozada por su propia mentira.

 

Es la «neurosis» de la sociedad occidental y de no pocas vidas cristianas: la doble vida, la incompatibilidad entre lo que se piensa y lo que se siente; lo que se siente y lo que se hace; lo que se dice y lo que se cree. Así, no hay por qué extrañarse de que los frutos de esta neurosis sean la angustia, la insatisfacción, la ambivalencia, la agresividad larvada. En síntesis: un sentirse vacíos y rotos interiormente, aunque no se quiera reconocer.

 

Pero no sólo la sociedad a perdido la fe, también la Iglesia en no pocas ocasiones.

La pierde, desde el mismo momento en que se apoya en el poder de los grandes y no en la debilidad de los pobres.
La pierde, cuando añora el prestigio, sin atender a los justos reclamos del hombre necesitado.
La pierde, cuando abandona el evangelio, para escudarse en el código o en el principio de solo autoridad.
La pierde, en fin, cuando no se viste, ni alimenta como Juan el Bautista, ni predica desde el desierto. Es decir, cuando ha dejado de ser pobre, sencilla, austera, humilde, pero valiente.

Una Iglesia que no arriesga, sino que se limita a conservar, se esta cavando su propia tumba. Por eso hoy llega el mismo grito para todos: reconstruid la ciudad; desandad el mal camino; iniciad la ruta del desierto; quitaos la careta; convertíos de una vez y de verdad. Así se prepara el camino del Señor.

Como ya recordaba Jesús: si la sal se vuelve insípida, sólo sirve para que la gente la pise. Y eso quiere decir, que un cristianismo sin cambio interior, solo viviendo de apariencia y de cumplimiento es más despreciable que la sal insípida. Pero lo triste no es constatar esta situación, lo triste es constatar que ni aun así se quiere escarmentar, como si las palabras de Juan el Bautista y de Cristo resonaran en una pared o en el vacío.

 

¿Cuál es pues el mensaje del evangelio de este domingo? Pues, sumergirnos (eso significa bautismo), en el cambio interior, hasta el punto de «confesar nuestro pecado»; se trata de reconocer ante uno mismo y ante la comunidad, la doblez y la corrupción de una serie de actitudes escondidas detrás de un formalismo religioso.

 

El mensaje de Juan es claro y quien no lo entienda es porque no quiere: se trata de quitarse la careta y tener el coraje de decir: «Esto soy yo.» Nadie puede curarse de su enfermedad si antes no se reconoce enfermo. El pecado comienza a perdonarse cuando lo reconocemos como pecado y como nuestro. Hay que desnudarse espiritualmente de una vez y reconocerse tal cual uno es. Y entonces comienza la conversión, sin ninguna duda.

 

La conversión es un cambio de estilo de vida, gracias a que he hecho mío el evangelio y lo he puesto a mandar en mi vida. Por eso, la conversión cristiana no se consigue en un momento de lucidez, ni en pocas horas o semanas. Es un proceso que acompaña al hombre a lo largo de toda su vida, pero que echa sus bases desde el momento en que opto con todas las consecuencias por la persona de Cristo.

 

Así, pues, nadie nace cristiano, ni nadie es hecho cristiano de facto durante un rito de pocos minutos. El cristiano se hace a lo largo de años de conversión en el Espíritu. Y se hace, si dejándose transformar, transforma también el mundo y la sociedad.

 

Concluyendo… La Palabra de Dios hoy nos anuncia un tiempo de consuelo y alegría, pero también de conversión y de compromiso, porque el hombre no se puede dejar aplastar por los acontecimientos, aun los más adversos. La fe nos exige discernir lo absoluto de lo relativo; lo permanente de lo provisional; lo auténtico de lo falso.

 

El Bautista es más actual que nunca. Ya sabemos la fórmula que nos ha descrito para ser seguidores de Cristo. Sólo hay dos caminos: o aceptar su mensaje y vivir en la verdad, o seguir engañándose y engañando a la gente. Personalmente me quedo con la primera, aunque me puedan cortar la cabeza como le pasó a Él.

 

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