Ecos del Evangelio

6 marzo, 2020 / Carmelitas
DOMINGO II DE CUARESMA CICLO A 2020

TRANSFIGÚRAME SEÑOR

 

 

Las tres lecturas de este segundo domingo de Cuaresma nos hablan de un doble itinerario: el de Dios hacia el hombre y el del hombre hacia Dios. Pero la iniciativa para el encuentro siempre parte de Dios: Él es quien llama a Abrahán (1ª lectura) y a nosotros a caminar según sus designios (2ª lectura). Él es, quien presenta en el monte Tabor a los hombres a Cristo, su Hijo, el amado, su predilecto, para que le escuchen y le sigan, y sean así partícipes de su gloria.

 

Siempre en este II domingo se nos narra la Transfiguración del Cristo en el Tabor, pero por mucho que hayamos escuchado este evangelio, nunca está de más volver sobre él, porque nos acecha también a nosotros la misma tentación que a los apóstoles que estaban con Cristo en aquella montaña, y que Pedro expresó, de manera espontánea como siempre. «Que bien que se está aquí»¿Para qué ir a otra parte, para qué bajar de aquí, con lo bien que estamos? Esta es la gran tentación de los apóstoles y de muchos cristianos. Y es que arriesgarse al compromiso con Cristo, que nos desístala, nos da pereza. Preferimos la rutina.

 

Pues el Dios de la Biblia, como Jesús con sus discípulos, no les permite instalarse a los apóstoles y nos advierte que nosotros tampoco debemos instalarnos. El Dios de la Biblia nos quiere viajeros, en camino, la meta ya la fijará Dios. Sólo se nos permite visualizar su gloria como a ráfagas, para animarnos, no para gozarla y desentendernos de los demás.

 

Dios es mucho más de lo que nos imaginamos. Dios quiere una intimidad con nosotros mucho mayor de la que sospechamos. Nos contentamos con poco y muchos con nada, y estamos llamados a ser perfectos como el Padre lo es.

 

Dios nos quiere despertar de la modorra, del sueño. Se va, desaparece y nos deja otra vez caminantes, a nosotros que le habíamos pedido, como los apóstoles: «Ya tenemos suficiente, hagamos una tienda y descansemos». Pero Dios nos quiere en el valle, en ese valle que es la realidad cotidiana. Por eso se ha quedado con nosotros en la Eucaristía, para que después de transfigurarnos en ella, llevemos esa transfiguración a los demás. ¿Y por que tantos pasan de ella olímpicamente?

 

Dios no es ninguna idea , ninguna filosofía, sino una realidad hecha carne en Cristo. Un dios hecho de conceptos, ideas, doctrinas y teorías se traduce en una vida en la que el centro de interés es el propio yo, aunque ese yo se revista con un barniz religioso y nada más peligroso que eso: cultos que se suponen que alaban a Dios y sólo alaban el propio ego; normas que se presentan como divinas, pero sólo son humanas; devociones que solo lo son cuando hay algún problema.

 

Un Dios visto como juez, como policía de las normas éticas, terminará por dar paso, a un creyente que vive sumido en el miedo y el terror a la divinidad, y así han sigo educados religiosamente gran parte de cristianos. Un Dios visto como el garante de un determinado orden social termina por ser un dios que divide al hombre en clases, apoyando a unos y oprimiendo a otros, imposibilitando, toda fraternidad entre los seres humanos. Un Dios mágico, terminará por ser el recurso al que acuden muchos cuando la necesidad aprieta, y al que olvidan en cuanto las cosas les vuelven a ir según sus conveniencias; o al que incluso rechazan si no accede a sus peticiones.

 

El Dios que nos presenta Cristo con su vida, no es fácil de entender. Con frecuencia descubrimos que Cristo no actúa como nosotros suponíamos que debía hacerlo. No es impulsivo. No manda un fuego abrasador que elimine de una vez por todas a todos los sinvergüenzas que andan sueltos por ahí. No se manifiesta donde lo buscamos y nos muestra su rostro en los sitios más inesperados. No tomó la carne de un príncipe o de un sumo sacerdote, sino la de un obrero del pueblo. En fin, ¡tantas y tantas sorpresas!

 

Y hay que tener mucha humildad para ser capaz de encajar esas sorpresas; mucha reflexión para saber interpretar los acontecimientos -que, con frecuencia, son engañosos-; y, sobre todo, tener mucha confianza en Él. Él nos ha prometido que todo terminará bien. Demasiadas veces, la salvación la hemos ofrecido «para la otra vida» sin pensar que hasta llegar a ella, hay aquí y ahora una vida en la que el hombre no puede ni aletargarse, ni instalarse, sino comprometerse con Cristo y su Evangelio.

 

Rezar para que el mundo sea mejor, para que las cosas se enderecen, para que sucedan según el plan de Dios, es algo espléndido, necesario y admirable, pero en el plan de Dios, insuficiente. ¿Nos hemos parado a pensar por qué? La respuesta está en ese «levantaos» que dijo Jesús a los apóstoles después de la proposición de Pedro. Levantaos y vámonos de la montaña al llano, allí donde los hombres viven, gozan y sufren; allí donde los hombres miran a Dios buscando la respuesta de sus propios interrogantes; allí donde están los problemas y las posibles soluciones de los mismos; allí donde el hombre se juega su credibilidad como cristiano. Y eso es así, porque la oración es siempre un compromiso para pasar a la acción, con la oración solo no basta.

 

Levantarse y bajar del monte fueron dos exigencias de Jesús a los suyos, dos exigencias que deben seguir sonando en nuestros oídos para vencer una fortísima tentación que aparece rodeada de bondad: la de apartarse del mundo, y rezar por él desde el propio grupo -¡tan estupendo!-, pero sin pisar la arena, para hacer cuanto sea necesario para que la sociedad se parezca cada día más a lo que quiso Cristo.

 

Levantarse del éxtasis y bajar de la montaña a la vida tiene sus riesgos, por eso han de tener cuidado los que son tan prudentes, porque se pueden estar convirtiendo en cobardes; los riesgos que pide Jesús exigen valentía y decisión; comportan dejar comodidades, posiciones sociales, status alcanzados y seguridades.

 

Levantarse y bajar de la montaña compromete a mucho, compromete a despertarse y a despertar, a no justificar lo que, con el Evangelio en la mano, no resulta justificable y no prometer «para la vida eterna» la consecución de unas metas que estamos obligados a ir consiguiendo en la presente.

 

Cristo bajó de la montaña, ¡y se echo al ruedo de la vida! No ignoró ningún problema de su tiempo; no pasó de largo por ninguna petición de los hombres; no dejó en el silencio las indignidades a los que muchos estaban sometidos; no vivió sin dar respuestas. Con Él, lo hicieron también aquellos hombres que le acompañaron, y que hoy vemos en el Monte Tabor en sus momentos de gloria.

 

Lamentablemente, el paso del tiempo ha ido desdibujando las palabras de Cristo: «levantaos y vamos abajo» y se ha traducido para muchos en una fe individualista y pietista, pero sin ningún compromiso con la realidad. Y eso que yo sepa no fue lo que hizo Cristo.

 

El cristiano no se puede quedar cómodamente sentado en la felicidad de sus sueños, en una fe personal y privada. ¡Qué más quisieran algunos! Uno, cuando escucha la Palabra de Dios, con la misma confianza y credulidad que lo hicieron Abrahám, Pablo, Pedro, Santiago o Juan, a la fuerza ha de ponerse inmediatamente en movimiento.

 

Nuestra presencia en esta Eucaristía nos debe de llevar a exclamar: “qué bien se está aquí”, pero también nos ha de llevar a un convencimiento: el mundo nos espera fuera; en el mundo es donde hemos de dar muestras de lo que aquí, en este “monte tabor que es la Eucaristía”, hemos visto, vivido, escuchado y compartido.

 

¿Seremos capaces? Ojala que si. Lo demanda la coherencia de la fe, por que de nada sirve una fe intimista y vivida en medio de una nube.

 

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