Ecos del Evangelio

23 febrero, 2018 / Carmelitas
DOMINGO II DE CUARESMA CICLO B 2018

 

En este segundo domingo de Cuaresma, leemos cada año la narración de la TRANSFIGURACIÓN. Este evangelio ocupa, por tanto un lugar característico en el camino cuaresmal; lo hemos de entender como una etapa en el camino hacia nuestra Pascua.

Y en los evangelios, la Transfiguración está situada en un momento preciso del camino de Cristo y de los discípulos (cuando ya se estaba produciendo la división y la indecisión en aquellos primeros seguidores de Cristo, porque preveían que el camino de Jesucristo llevaba hacia un final trágico).

Pedro, Santiago y Juan viven una experiencia inolvidable. Una experiencia que Pedro, como siempre, se encarga de resumir en una sola y expresiva frase: ¡Qué bien se está aquí! Y creo que ninguna otra frase hubiera podido resumir mejor la situación de los apóstoles en ese momento. Pero ni Dios llama a nadie para instalarse, ni Cristo tampoco.

Abraham, tentado de conformarse -de aburguesarse- con el don inmenso de un hijo recibido en la ancianidad como puro regalo de Dios, es llamado a bienes mayores. Necesita, por su propio bien y por el del hijo, colocar a Dios como lo primero, por encima de su razón y sus afectos. Y Dios no le decepciona.

Caminar hacia la plenitud; caminar sin detenerse, sin aburguesarse, sin instalarse: he aquí el destino del hombre. Y el camino suele Dios salpicarlo de dones de la naturaleza y de la gracia que animan el caminar: un hijo para Abraham, el Tabor para los discípulos.

Instalarse resulta siempre una tentación que pone en riesgo la plenitud hacia la que caminamos: un dinero muy legítimamente conseguido; una familia bien avenida; un defecto corregido; incluso una oración o liturgia vividas, se convierten, de don de Dios para ayuda del caminar del hombre, en cómoda butaca para instalarse, para no seguir caminando. Por tanto: el que se instale nunca llegará a la plenitud a la que estamos llamados

¡Qué bien se está aquí! Sí, pero no. El destino de Abraham no estaba en tener un hijo, sino en ser padre de multitudes. Y el de los discípulos no era gozar de una fugaz transfiguración, sino verlo definitivamente transfigurado. Aunque en aquel momento ellos no entendieran qué significaba eso de resucitar de entre los muertos.

Atento pues el cristiano que vive hoy la Cuaresma. Es necesario que se pregunte: ¿Dónde descansa hoy mi corazón, impidiéndome caminar hacia mayor plenitud? ¿Qué significa, para mí, Isaac? ¿Cuál es mi Tabor? ¿De qué cómoda instalación me niego a salir?

No se trata de descubrir pecados horrendos, dineros mal adquiridos, lujurias refinadas o placeres de gula. Isaac y el Tabor son un regalo de Dios para disfrute del hombre. Vivir un matrimonio enamorado es también un don de Dios, como lo es el vencimiento de un pecado que antes esclavizaba, o un buen puesto de trabajo, una seria experiencia religiosa, o una amistad gratificante.

Son infinitos los dones de Dios que podemos disfrutar, y que nuestra burguesía puede malograr y hacerlos peligrosos si nos pegamos a ellos, si descansamos en ellos, y renunciamos a toda sorpresa de Dios para el futuro, porque sentiremos deseos de decir: -¡Qué bien se está aquí!

Es la burguesía tan corriente también en muchos cristianos: los instalados, los acomodados; los que están muy bien así y no quieren cambiar; los que se quejan de una Iglesia en movimiento porque “nos van a quitar la fe”; los que se niegan a asumir un puesto de responsabilidad en la sociedad o en la Iglesia o en la parroquia etc… No sólo se cierran al proyecto salvador que Dios tiene para ellos, sino que son escándalo para muchos hambrientos de una fe viva y una esperanza de futuro.

Atento pues este tipo de cristiano instalado y aburguesado, porque es seguro que Dios va a hablarle. Ojalá lo escuche. Cuando vea cercana la cruz: un hijo que se le droga, la familia que parecía modélica y entra en crisis, la muerte del ser querido, los negocios que quiebran… No piense en maldiciones de Dios, ni diga tonterías como “¿qué pecados he cometido para que Dios me trate así?”. Piense mejor que está invitándole a sacrificar a “su hijo Isaac” porque quiere para él un futuro más pleno.
Y cuando vea el terrorismo que desestabiliza su sociedad; o le lleguen imágenes de cárceles hacinadas o hambrientos del tercer mundo… No apague la televisión para que no se le indigeste; o no se ponga a bramar contra estos o aquellos culpables. Entienda mejor que Dios le está llamando a dejar su dulce Tabor, a desinstalarse, porque hay que seguir caminando hacia la resurrección de los muertos.

Dios regala dones, anima y consuela, pero también desinstala. No quiere al hombre instalado en el butacón, sino con billete siempre abierto para un viaje al futuro. El futuro es la plenitud, y el hoy ha de ser siempre precariedad.

Con la Transfiguración, Cristo quiere que sepan, de una vez por todas, que el sufrimiento y la muerte, presentes siempre en la vida de Jesús, no son un fallo en el plan del Padre, sino una manera suprema de amar a los hombres. Para eso levanta hoy Jesús, un poco, el velo de su misterio ante estos tres amigos: para que, cuando llegue la hora, entiendan.

Llegará la cruz, ciertamente; no vamos a ser más que nuestro Maestro Pero al mirarla desde la fe, veremos que trae dentro, vivo y esperanzador, el germen de ese cielo nuevo y esa tierra nueva por los que tanto hemos orado y luchado.

La Cuaresma es un esfuerzo personal de los cristianos para aproximarnos más a Jesucristo. La Resurrección es el final del camino, no un descanso en el camino. Abraham no podía sentarse cómodamente, aburguesadamente, en medio de su pequeña felicidad. ¡Qué difícil es en todos los caminos avanzar hacia la plenitud! Si Abraham se hubiera abarcado en su hijo, si los discípulos se hubieran quedado en el Tabor, esta historia de hoy se hubiera quedado instalada en un pequeño gozo para unos pocos sin proyección de futuro para la humanidad. El futuro de Dios.

Amigos, el Reino de Dios no es el objetivo de los instalados, de los acomodados, de los aburguesados, de los que están bien así y no quieren líos, de los que ejercen en la vida de una gran pasividad. La vida cristiana no es una línea continua. No es representada, ni mucho menos, por una melodía sin alternancias o intervalos. El seguimiento a Jesús conlleva sus contrastes: Adhesiones y deserciones, alegrías y sufrimientos, fidelidades y pruebas, ascensiones y descensos, horas buenas y momentos amargos
Y, camino hacia la Semana Santa, una vez más –por ser importantes para el Señor- nos saca a un territorio aparte: la parroquia, la eucaristía o la oración, son oasis y pequeños tabores a los cuales trepamos para contemplar la gloria de Dios y dejarnos seducir por El.

El Tabor, nos exige también ser realistas. Quisiéramos que todo, de golpe y plumazo, se resolviera. Que la paz dejase de ser un deseo para convertirse en un logro. Que el hombre volviese de caminos equivocados y fuese más prudente a la hora de tratar y de situar peligrosamente su propia dignidad.

Pero, amigos, la fe exige hombres que sepan arriesgarse. Que estén dispuestos a coger la cruz que viene detrás de Jesús. Porque, claro, besar a un Cristo dulcificado y preciosamente suspendido en una cruz es fácil. Pero seguir a un Jesús que nos muestra la cruz como signo de contradicción, de coherencia, de prueba o de testimonio…, se nos hace más duro y hasta poco llevadero en los tiempos que vivimos.

 

 

¿CUAL ES MI TABOR DE HOY?

*Mi Tabor de hoy, es el silencio frente al ruido. La búsqueda frente al conformismo.

*Mi Tabor de hoy, es el ascender para ver. El descender para seguir creyendo.

*Mi Tabor de hoy, es la fortaleza ante la adversidad. La fe cuando asolan las dudas.

*Mi Tabor de hoy, es la alegría de ser creyente. La seguridad de que, Jesús, ilumina el horizonte.

*Mi Tabor de hoy, es el ser fuerte cuando me siento débil. El no olvidar mí debilidad cuando me encuentro valiente.

*Mi Tabor de hoy, es estar en sintonía con Dios. Es escuchar su Palabra, llevándola a la práctica.

*Mi Tabor de hoy, es subir aún a riesgo de bajar. Es ganar, aún a riesgo de perder algo.

*Mi Tabor de hoy, es mirar lo que soy. Es dejar a Dios que me haga como Èl quiera.

*Es vida cristiana en oración y oración con vida cristiana.

*Es no escatimar esfuerzos, porque sabemos que al final no espera la Gloria: la transfiguración en plenitud y eterna.

 

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