Ecos del Evangelio

LA CUARESMA NO ES GRIS

16 marzo, 2019 / Carmelitas
Domingo II de Cuaresma. Ciclo C 17 de marzo del 2019

 

 EL “MONTE” DE LA INTIMIDAD DIVINA, FUENTE DE NUESTRA CONSAGRACIÓN

 

 

Las lecturas de este domingo tienen para nosotras una connotación especial, ya que nos hablan en un contexto de Alianza, de llamada, de misión y de testimonio.

 

En la primera lectura, Dios hace una alianza con Abraham, y le promete multiplicar su descendencia, y éste le presenta una ofrenda de animales para sellar esa alianza.

 

«Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abraham y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.  Aquel día el Señor hizo alianza con Abraham en estos términos: «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.» (Cfr. Gn 15, 16-18)

 

Vemos en esta lectura del Génesis un paralelismo con el texto del Evangelio, que nos presenta el pasaje de la Transfiguración, porque si Abraham presenta a Dios una ofrenda de animales, Jesús le ofrece al Padre la ofrenda de su propia vida; asimismo, Abraham sintió sueño, terror y una humareda rodeó la ofrenda, y en la Transfiguración, vemos cómo los discípulos también sienten la pesadez del sueño y el temor de verse envueltos en la nube. Después el Señor promete a Abraham darle una tierra a él y a sus descendientes, y nosotros esperamos con la resurrección de Cristo aspirar también a heredar la tierra prometida de la Jerusalén celestial, en el día final.

 

Pero mientras ese día llega, nos concierne pensar en lo que haremos antes de su venida gloriosa. San Pablo, en la Segunda Lectura (Flp 3,17–4,1) nos hace una llamada de atención, y nos exhorta no sólo a buscar los bienes terrenos, sino a adquirir la ciudadanía del cielo, manteniéndonos firmes en la fe, con la esperanza confiada en el único por quien tenemos acceso: Jesucristo.

 

El Evangelio según san Lucas (9,28b-36), es como un oasis en este camino del desierto cuaresmal, porque nos presenta la gloria de Cristo Transfigurado en medio del anuncio de su muerte ignominiosa.

 

«Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.»

 

En la Exhortación apostólica Vita Consecrata, el Papa San Juan Pablo II, toma este icono del evangelio para hacer una reflexión sobre nuestra vida consagrada, y a propósito de él, nos dice en el número 16:

 

«A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en Él toda confianza, a hacer de Él el centro de la vida. En la palabra que viene de lo alto adquiere nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al inicio de la vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de esta especial gracia de intimidad surge, en la vida consagrada, la posibilidad y la exigencia de la entrega total de sí mismo en la profesión de los consejos evangélicos. Estos, antes que una renuncia, son una específica acogida del misterio de Cristo, vivida en la Iglesia.»

(JUAN PABLO II, Exhortación Ap. Vita Consecrata, 25 de marzo de 1996.)

 

 

La vida consagrada no es un estado de perfección, ni tampoco hemos sido llamados por ser mejores que los otros, al contrario, somos consagrados, porque Dios nos ha mirado con misericordia a pesar de nuestros fallos, y hemos respondido a su llamada, así como lo hizo con Pedro, Santiago y Juan. Por tanto, no podemos pretender que nuestra vida sea sólo una idealización, sino que tenemos que aprender a vivir y expresar con nuestra vida nuestro compromiso, deseo y esfuerzo de seguir a Cristo.

 

«De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.  Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.»

 

Moisés y Elías, dos de los más grandes profetas del Antiguo Testamento, aparecen hablando con Jesús acerca de su muerte. Pedro, al escuchar lo que decían, propuso a Jesús hacer tres tiendas y permanecer ahí. En esta parte, vemos que la Transfiguración es la manifestación de la divinidad de Jesús, en contraposición del relato del Getsemaní, que nos muestra la humanidad de Jesús. Para Pedro, era bueno quedarse ahí, es decir, a veces podemos correr el riesgo de desear quedarnos sólo viviendo en la gloria, es decir, en la idealización de una vida perfecta, en nuestra comodidad y seguridades, en no querer cambiar nuestros esquemas, esperando a que los demás se esfuercen por entendernos pero no ser nosotras mismas capaces de ceder y de proponer, viviendo sin poner los pies en la tierra, rehusando pasar por la cruz, que son:  las dificultades, el desapego de nuestras seguridades, tanto materiales como de aquellas que nos implican un cambio de actitud, un cambio de mentalidad para acoger y aceptar al otro y de tener el valor para enfrentar con madurez las realidades y los problemas reales que cada día.

 

«Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»

 

La nube, signo de la presencia divina de Dios, aparece en la escena y provoca el miedo en los tres discípulos al verse envueltos en ella, y a pesar de recibir esta revelación de la identidad del Hijo de Dios, sintieron miedo, porque aún no habían madurado lo suficientemente en la fe ya que el miedo es lo contrario a ésta, porque nos incapacita para confiar en Dios y por tanto, nos limita de ser capaces de cumplir su voluntad.

 

Sin embargo, Jesús sabía que la manera de fortalecer la fe de sus discípulos, cuando él no estuviera, sería el Espíritu Santo, que es el que vivifica aquello que nosotros podemos dejar morir, como nuestra fe: flaca, endeble, frágil, pero con potencial para hacerse fuerte y para perseverar con firmeza en el seguimiento del Señor. Por eso, la vida consagrada ha de dejarse envolver en esta nube, símbolo también del Espíritu Santo, que lo envuelve todo, que nos introduce en esa revelación y nos abre los oídos para poder escuchar su voz, una voz que se nos manifiesta, no de una manera majestuosa o llamativa, sino suave y delicada, pero capaz de reavivar nuestra vida marcada por el miedo y el sufrimiento que muchas veces nos desborda.

 

«Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.»

 

Ellos callaron, y por aquellos días no dijeron a nadie lo que habían visto, porque primero tenían que comprender lo que estaban atestiguando, y no podían decir nada que no comprendieran, por las razones que ya dijimos anteriormente. Pero fue el día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo les fue dado, siendo el detonante de la fuerza de Dios para salir de sí mismos a predicar la Buena noticia de Jesús, y así testimoniaron con su vida aquello que con los labios predicaban. De este versículo, resalto la virtud de la prudencia de los discípulos, que bien hubiesen podido ir de inmediato a contar a todo el mundo lo que habían visto, aun sin comprenderlo, y quién sabe el revuelo que hubiesen armado. Sin embargo, nos enseñan que la prudencia, el silencio, la profunda vida interior y la escucha, son necesarias para ser capaces de atender a los signos de los tiempos y ponernos al servicio de nuestros hermanos, según las necesidades de la Iglesia y del mundo, pero eso sí, comenzando primero por nuestra comunidad, poniendo  atención a la hermana o hermano que está a nuestro lado, y que puede estar necesitado de nuestro respeto, comprensión, escucha, consejo, cariño o apoyo.

 

Hna. Martha González Cabrera CSJ

 

 

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