Ecos del Evangelio

16 marzo, 2019 / Carmelitas
DOMINGO II DE CUARESMA CICLO C 2019

Creer más allá de la propia debilidad…

 

“Este es mi secreto, un secreto muy sencillo: sólo se puede ver bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos” Esta frase de S. Exupéry puede definir muy bien el sentido de la transfiguración que el evangelio nos narra este domingo. Pero expliquemos tres cosas esenciales sobre la fe que se deducen de esta escena de la transfiguración

 

1- La fe, es un camino sobre todo en la oscuridad: El domingo pasado decíamos que hay que buscar situaciones de desierto, tiempo de búsqueda sincera de Dios, para poder ser AUTÉNTICOS. Hoy, Dios intenta revelarse, descubrir su rostro; o mejor dicho, mostrarnos el modo a través del cual lo podemos encontrar.

 

Como Abraham, también muchos les gustaría salir de su esterilidad. Pasan los días y los años, y no recogen los frutos. Al contrario, les duele descubrir la rutina, el hacer siempre las mismas cosas, el envejecer inexorablemente, mientras los sueños de la juventud se esfuman unos tras otros. Es ¡la angustia de la esterilidad…!

 

La misma que siente la Iglesia, muchas parroquias, comunidades religiosas, y muchos cristianos. ¡Cuántos proyectos y esfuerzos, cuántas ilusiones tras tantas reuniones y encuentros ¿y después que?…! Se tiene la sensación de que la Iglesia no crece, de que la comunidad envejece, los jóvenes se rebelan, el hombre moderno transita por otros carriles.

 

¿Y nosotros? ¿Qué herencia dejaremos a un mundo que se construye casi al margen de nuestra existencia pequeña y humilde? Nos podemos ver reflejados en Abraham. Un hombre sin hijos, cansado y descreído… es invitado por Dios a una aventura nueva e increíble.

 

Abraham es el reflejo del hombre caminante que se siente desconcertado ante un Dios enigmático e incontrolable. Abraham, un hombre que espantaba a los buitres por los que se veía también rodeado. Eran la sombra de la muerte, que se proyectaba sobre su miedo, mientras el sol de la vida se le iba ocultando lentamente.

 

«El Dios que sacó a Abraham de Ur» nos llama también a nosotros. Él quiere darnos la luz en nuestro interior. Él no tolera que nos instalemos en la pereza y la rutina. Él no admite que hagamos una tienda para instalarnos en la comodidad y vivir una fe de sofá. Porque entonces no estamos siguiendo a Dios, sino a un ídolo que nos hemos inventado.

 

Dios quiere sacarnos de la tienda, de la rutina y nos sumerge en oscuridades. Es el modo que tiene Dios de revelarse. Modo contra el cual nos rebelamos porque, como Abraham, tenemos pánico a la oscuridad y ponemos muchos “peros” para fiarnos de verdad de Dios, mientras los buitres de una sociedad pagana revolotean sobre nuestra fe.

 

Similar descripción nos brinda Lucas en el evangelio: de noche, en la soledad de una montaña, tres hombres luchan contra el sueño, mientras hacen esfuerzos por comprender a ese Jesús envuelto en una nube. Entonces Pedro habla “sin saber lo que decía” y “se asustaron al entrar en la nube”…Existen pocas descripciones tan patéticas del proceso de la fe: esa luz que se abre paso entre las densas tinieblas de la existencia humana.

 

 

2- Aclararemos pues lo que es la fe verdadera y lo que es una fe infantil. Hay una fe infantil e inmadura aunque la persona sea adulta, que consiste en pensar que por creer en Dios se nos da una clarividencia total de las cosas, como si de pronto se terminaran los problemas y las preguntas, y como si el cristiano tuviese acceso a una especie de fichero universal en el que las respuestas se hallan perfectamente codificadas y al servicio de los creyentes. Pero la experiencia se encarga de deshacer esa ilusión.

 

La fe no es una linterna mágica, ni la Biblia un libro de adivinar la suerte.¡Vana ilusión tiene el que se lo crea! En la fe siempre vamos caminando, pero muchas veces dando dos pasos adelante y uno atrás. Es la experiencia de cada uno de nosotros, que nos seguimos preguntando por el sentido de la vida, por el significado del dolor y de la muerte, por la forma de convivencia entre los que se dicen hermanos de un mismo pueblo y sin embargo unos manipulan y engañan a otros.

 

¿Es que hace falta que sigamos esta lista de cuestiones y de dudas cuando el mismo Evangelio nos presenta la experiencia de fe de Jesucristo, también ella como una búsqueda en la oscuridad? Lo vemos noches enteras en oración, discutiendo con los apóstoles acerca del sentido de su mesianismo, angustiado en el monte de los olivos y lanzando antes de morir aquel fuerte grito mientras exclamaba: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Pero al pie de la cruz estaba María, el prototipo del creyente: la misma que lentamente tuvo que descubrir la verdadera identidad de su hijo. La que no comprendió su respuesta cuando lo encontró en el templo conversando con los doctores. La que en algún momento intentó separar a Jesús de la multitud que lo apretujaba… Esa María que estaba muda y angustiada al pie de la cruz ante su Hijo moribundo.

 

A los cristianos nos cuesta aceptar que la fe se vive en medio de oscuridades y dudas Nos molesta la duda y la incertidumbre. Nos duele que sea así… y, sin embargo, es bueno que descubramos de una vez que a Dios no lo podemos encerrar en un puño, encasillarlo, ni meterlo en el bolsillo.

 

Abramos los ojos, porque Dios no está encerrado en los manuales de teología o en los catecismos, ni Jesucristo se reduce al esquema de algunas preguntas con otras tantas respuestas… ¿Cuándo se dará cuenta de esto la jerarquía y gran parte del clero?

 

Nuestro cristianismo necesita madurar, y esto sólo será posible cuando aprendamos a vivir en la humildad del hombre que sabe que busca, pero que no se da por satisfecho creyendo que ya conoce a Cristo porque lo encierra en unos ritos.¡Que es imposible encasillar a Dios! Solo con la actitud de humildad-tan poco frecuente- dejaremos de lado las discusiones estériles y las luchas por el prestigio y el figurar que tanto daño hacen a la fe.

 

 

3- Si tenemos claro lo anterior entonces la fe si nos transfigurará. Lo «increíble de la fe» radica en reconocer que en esa oscuridad, en esa soledad y en ese miedo… Dios nos invita a caminar para transformar nuestra condición humana. Fue cuando Abraham cayó en el sopor y el pánico, cuando el Señor se le reveló como una antorcha luminosa, y a él, el viejo y estéril patriarca, le dijo: «A tus descendientes daré esta tierra…»

 

Creer más allá de la propia debilidad…, he ahí la aventura a la que se nos llama: a comprometernos con esta real y concreta Iglesia, la de los pecados y los escándalos. Creer en la energía divina que actúa en la historia de los hombres, como bien lo expresa la epístola de hoy: «Nosotros aguardamos un Salvador… que transformará nuestra condición humilde… con esa energía que posee…» Ya sabemos que la energía de Dios, no es una energía milagrosa que obra al margen de nuestro esfuerzo, sino dentro de nuestro esfuerzo. Precisamente ahí estaba el problema de los apóstoles y está el de no pocos cristianos.

 

Esperaban un mesías que en un abrir y cerrar de ojos instaurase en el mundo el reino de Dios después de destruir a sus enemigos. No entendían a ese Jesús que «hablaba de su muerte con Moisés y Elías». Querían una salvación fulgurante, rápida, inmediata… y Jesús ofrece un proceso lento, sacrificado, lleno de contradicciones, mediante una Iglesia que pareció quedar abandonada a su suerte tras la muerte del Maestro. Con qué euforia exclamó Pedro mientras soñaba con un mesías calcado a su imagen y semejanza: «Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas… pero no sabia lo que decía»

 

La Transfiguración nos describe la paradoja de la fe cristiana: la resistencia del cristiano y de la Iglesia a aceptar un Cristo silencioso y sufriente, tan alejado de las vanas utopías de los hombres. Cristo pudo transformar su humilde condición de hombre solo a través del paso duro y sangriento que lo llevó al Calvario. No hubo para Jesús y no hay para nosotros, otro camino. Gravémoslo bien en la mente.

 

La fe no nos aligera el paso, ni nos elimina las dificultades, ni nos resuelve por arte de magia las dudas. La fe nos da fuerza para enfrentarnos a las dificultades y nos da la esperanza cierta de que con Cristo al final llegaremos el Tabor definitivo, pero teniendo claro que no podemos esquivar la cruz, como no la esquivó Cristo.

 

Por tanto, quien quiera subir al Tabor… primero que aprenda a bajar a la realidad de tantos y tantos necesitados de pan y de amor. Si no es así, nunca será una persona trasfigurada, sino desfigurada. Como tantos hay por desgracia.

 

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