Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
DOMINGO II DE CUARESMA CICLO C 2016

“Este es mi secreto, un secreto muy sencillo: sólo se puede ver bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos” Esta frase de S. Exupéry puede definir muy bien el sentido de la transfiguración que el evangelio nos narra este domingo. Pero expliquemos tres cosas esenciales sobre la fe que se deducen de esta escena de la transfiguración

1- La fe, es un camino sobre todo en la oscuridad: El domingo pasado penetramos en el desierto, tiempo de búsqueda sincera de Dios. Hoy Dios intenta revelarse, descubrir su rostro; o mejor dicho, mostrarnos el modo a través del cual lo podemos encontrar.

Como Abraham, también muchos les gustaría salir de su esterilidad. Pasan los días y los años, y no recogen los frutos. Al contrario, les duele descubrir la rutina, el hacer siempre las mismas cosas, el envejecer inexorablemente, mientras los sueños de la juventud se esfuman unos tras otros. Es ¡la angustia de la esterilidad…!

La misma que siente la Iglesia, muchas parroquias, comunidades religiosas, y muchos cristianos. ¡Cuántos proyectos y esfuerzos, cuántas ilusiones tras tantas reuniones y encuentros ¿y después que?…! Se tiene la sensación de que la Iglesia no crece, de que la comunidad envejece, los jóvenes se rebelan, el hombre moderno transita por otros carriles, el diálogo fracasa.

¿Y nosotros? ¿Qué herencia dejaremos a un mundo que se construye casi al margen de nuestra existencia pequeña y humilde? Nos podemos ver reflejados en Abraham. Un hombre sin hijos, cansado y descreído… es invitado por Dios a una aventura nueva e increíble.

Abraham es el reflejo del hombre caminante que se siente desconcertado ante un Dios enigmático e incontrolable. Abraham, un hombre que espantaba a los buitres por los que se veía también rodeado. Eran la sombra de la muerte, que se proyectaba sobre su miedo, mientras el sol de l a vida se le iba ocultando lentamente.

«El Dios que sacó a Abraham de Ur» nos llama también a nosotros. Él quiere darnos la luz en nuestro interior. Él no tolera que nos instalemos en la pereza y la rutina. Él no admite que hagamos una tienda cómoda en el desierto o en lo alto de la montaña y vivamos una fe de sofá. Porque entonces no estamos siguiendo a Dios, sino a un ídolo que nos hemos inventado Desde esas situaciones comienza Dios su diálogo con nosotros. Sacándonos de la tienda, de la rutina y nos sumerge en oscuridades.

Es el modo que tiene Dios de revelarse. Modo contra el cual nos rebelamos porque, como Abraham, tenemos pánico a la oscuridad y ponemos muchos “peros” para fiarnos de verdad de Dios, mientras los buitres de una sociedad pagana revolotean sobre nuestra fe.

Similar descripción nos brinda Lucas en el evangelio: de noche, en la soledad de una montaña, tres hombres luchan contra el sueño, mientras hacen esfuerzos por comprender a ese Jesús envuelto en una nube.

Entonces Pedro habla “sin saber lo que decía” y “se asustaron al entrar en la nube”…Existen pocas descripciones tan patéticas del proceso de la fe: esa luz que se abre paso entre las densas tinieblas de la existencia humana.

2- Aclararemos pues lo que es la fe verdadera y lo que es una fe infantil. Hay una fe infantil e inmadura aunque la persona sea adulta, que consiste en pensar que por creer en Dios se nos da una clarividencia total de las cosas, como si de pronto se terminaran los problemas y las preguntas, y como si el cristiano tuviese acceso a una especie de fichero universal en el que las respuestas se hallan perfectamente codificadas y al servicio de los creyentes. Pero la experiencia se encarga de deshacer esa ilusión.

La fe no es una linterna mágica, ni la Biblia un libro de adivinar la suerte. Ni siquiera el Papa o los obispos lo tienen todo claro y son capaces de tomar decisiones sin incertidumbres y sin posibilidad de tropiezos. ¡Vana ilusión tiene el que se lo crea! En la fe siempre vamos caminando, pero muchas veces dando dos pasos adelante y uno atrás.

Es, en fin, la experiencia de cada hombre, de cada uno de nosotros, que nos seguimos preguntando por el sentido de la vida, por el significado del dolor y de la muerte, por la forma de convivencia entre los pueblos y entre los miembros que se dicen hermanos de un mismo pueblo y sin embargo unos manipulan y engañan a otros.

¿Es que hace falta que sigamos esta lista de cuestiones y de dudas cuando el mismo Evangelio nos presenta la experiencia de fe de Jesucristo, también ella como una búsqueda en la oscuridad? Lo vemos noches enteras en oración, discutiendo con los apóstoles acerca del sentido de su mesianismo, angustiado en el monte de los olivos y lanzando antes de morir aquel fuerte grito mientras exclamaba: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Pero al pie de la cruz estaba María, el prototipo del creyente, la misma que lentamente tuvo que descubrir la verdadera identidad de su hijo. La que no comprendió su respuesta cuando lo encontró en el templo conversando con los doctores. La que en algún momento intentó separar a Jesús de la multitud que lo apretujaba… Esa María que estaba muda y angustiada al pie de la cruz ante su Hijo moribundo.

A los cristianos nos cuesta aceptar que la fe se vive en medio de oscuridades y dudas Nos molesta la duda y la incertidumbre. Nos duele que sea así… y, sin embargo, es bueno que descubramos de una vez que a Dios no lo podemos encerrar en un puño, ni meterlo en el bolsillo.

Como Abraham y como los tres apóstoles en la montaña, reconozcamos nuestra limitación y enterremos para siempre la vana pretensión de encasillar a Cristo dentro de nuestros esquemas… Abramos los ojos, porque Dios no está encerrado en los manuales de teología o en los catecismos, ni Jesucristo se reduce al esquema de algunas preguntas con otras tantas respuestas.

Nuestro cristianismo necesita madurar, y esto sólo será posible cuando aprendamos a vivir en la humildad del hombre que sabe que busca, pero que no se da por satisfecho creyendo que ya conoce a Cristo y lo encierra en una definición y en unos ritos.¡Que es imposible encasillar a Dios, haber cuando se da cuenta el cristianismo! Solo con la actitud de humildad-tan poco frecuente- dejaremos de lado las discusiones estériles y las luchas por el prestigio y el figurar que tanto daño hacen a la fe.

3- Si tenemos claro lo anterior entonces la fe si es un camino de transfiguración. Lo nuevo y maravilloso de la fe cristiana no está en reconocer lo oscuro del camino. Lo “increíble de la fe” radica en que precisamente en esa oscuridad, en esa soledad y en ese miedo… Dios nos invita a caminar para transformar nuestra condición humana. Fue cuando Abraham cayó en el sopor y el pánico cuando el Señor se le reveló como una antorcha luminosa, y a él, el viejo y estéril patriarca, a él mismo le dijo: «A tus descendientes daré esta tierra…» Creer más allá de la propia debilidad…, he ahí la aventura a la que se nos llama: a comprometernos con esta real y concreta Iglesia, la de los pecados y los escándalos. Creer en la energía divina que actúa en la historia de los hombres, como bien lo expresa la epístola de hoy: «Nosotros aguardamos un Salvador… que transformará nuestra condición humilde… con esa energía que posee…»

Ya sabemos que la energía de Dios, no es una energía milagrosa que obra al margen de nuestro esfuerzo, sino dentro de ese esfuerzo. Precisamente ahí estaba el problema de los apóstoles y está el de no pocos cristianos. Esperaban un mesías que en un abrir y cerrar de ojos instaurase en el mundo el reino de Dios después de destruir a sus enemigos. No entendían a ese Jesús que «hablaba de su muerte con Moisés y Elías». Querían una salvación fulgurante, rápida, inmediata… y

Jesús ofrece un proceso lento, sacrificado, lleno de contradicciones, mediante una Iglesia que pareció quedar abandonada a su suerte tras la muerte del Maestro. Con qué euforia exclamó Pedro mientras soñaba con un mesías calcado a su imagen y semejanza: «Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas… pero no sabía lo que decía»

La trasfiguración nos describe la paradoja de la fe cristiana: la resistencia del cristiano y de la Iglesia a aceptar un Cristo silencioso y sufriente, tan alejado de las vanas utopías de los hombres. Cristo pudo transformar su humilde condición de hombre a través del paso duro y sangriento que lo llevó al Calvario. Y no hay otro camino posible. No lo hubo para Jesús y no lo hay para nosotros. Gravémoslo bien en la mente.

Así, pues, los creyentes estamos llamados a transformar nuestra condición humana, asumiendo la historia con todos sus riesgos y limitaciones. La fe no nos aligera el paso, no allana las dificultades, no resuelve por arte de magia las dudas. Si no que nos da fuerza para enfrentarnos a las dificultades y esperanza cierta, de que con Cristo al final llegara el Tabor definitivo. Pero cuidado con remitir toda la salvación al«más allá» porque eso es, al fin y a la postre, no aceptar al Cristo de la cruz.

Concluyendo… ¿Cómo se nos revela Dios? ¿Cómo se nos muestra Jesucristo? Pues la Palabra de Dios de este domingo, nos responde: en la oscuridad de la vida misma.

Los cristianos no somos unos «privilegiados» a los que se les ha hecho más fácil y llevadera la vida. Si queréis, nuestro singular privilegio consiste en asumir toda la condición humana como la asumió Cristo, hasta la muerte y muerte de cruz. Por tanto, quien quiera subir al Tabor… primero que aprenda a bajar a la realidad de tantos y tantos necesitados de pan y de amor. Si no es así, nunca será una persona trasfigurada sino desfigurada.

 

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