Ecos del Evangelio

5 enero, 2020 / Carmelitas
DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD CICLO A 2020

 

DIOS VIENE A NUESTRO ENCUENTRO

 

Hemos celebrado el Nacimiento del Hijo de Dios y la fiesta de su Madre, María, y mañana celebraremos la fiesta de la Epifanía, o sea, de la Manifestación del Salvador a todas las naciones. Las lecturas de hoy nos ayudan a entender mejor lo que representa para nosotros el que el Hijo de Dios haya tomado nuestra naturaleza humana. Le podemos mirar como el Salvador y Mesías enviado por Dios, o como al Médico que nos cura nuestros males, o como el Maestro y Profeta que nos enseña la Verdad de Dios. Pero hoy las lecturas nos lo presentan como LA PALABRA misma de Dios, como LA SABIDURÍA verdadera, encarnada, y esto nos ayuda a profundizar en nuestra celebración de la Navidad.

 

Recientemente, en un medio de comunicación social, aparecía la siguiente afirmación: “La Navidad potencia la alegría, pero también la soledad”. La Navidad, cuando se entiende y se vive desde un vértice totalmente sentimentalista, y materialista puede resultar agobiante y hasta estresante. Pero, si está sustentada en la celebración del nacimiento de Jesús, se convierte en un surtidor de vida que, además de aportarnos júbilo y alegría, contribuye a recuperar desde lo más hondo de nuestra alma lo mejor de nosotros mismos.

 

Ese es el secreto de la Navidad: que Jesús vino a nosotros, y si lo reconocemos y lo acogemos, se convierte en luz y vida. Qué bien lo expresa el prólogo de San Juan: Lo que nadie había visto nunca, de repente, se hace visible. Los ojos humanos lo pueden contemplar, tocar y adorar. ¡Acampó entre nosotros!

 

En un simple pesebre, lejos de cualquier palacio o riqueza, Dios, luz que brilla en la tiniebla, optó por el camino de la pobreza para hacernos ricos. Para procurarnos paz y de esperanza. Para devolver, a los caminos de nuestro vivir, luz en medio de tanta preocupación o llanto.

 

Así lo expresó San Agustín: “Dios se humaniza para hacernos a nosotros divinos”. Y lo hace, ni más ni menos, a través de una luz divina, fecunda y celestial. ¡Puede hacer alguien algo más por el hombre! Dios se emplea a fondo: se deja ver, acariciar y amar. Y es que, un Niño, sin palabras, se convierte en la PALABRA verdadera para todo hombre.

 

Y el meollo de todo, el amor .Sin amor no ha felicidad, ni vida verdadera. Según San Juan, Dios es amor y, por lo tanto, la única respuesta válida del hombre a Dios es el amor. Y expresamente se nos dice, para que no haya lugar a equivocaciones, que el amor a Dios se mide por el amor al hermano. No confundamos pues lo que significa creer en Jesucristo.

Creer en Jesucristo no es sólo, ni exclusivamente, creer en la existencia histórica de Jesús de Nazaret, sino aceptar y comprometerse con su mensaje.

Creer en Jesucristo tampoco es solamente creer que Cristo es a la vez, y con igual verdad, Hijo de Dios e hijo del hombre, sino que es aceptar y comprometerse con su mensaje, que Cristo viene a implantar en este mundo con la ayuda de nosotros.

Creer en Jesucristo no es saberle lejano, sentado con poder y gloria a la derecha de Dios en los cielos y dirigirle alguna oración o jaculatoria que nos hemos aprendido de memoria. No, sino ponerse a su disposición para llevar al mundo su mensaje.

Aclaro lo que es creer en Jesucristo, porque desgraciadamente gran parte de cristianos han perdido ese sentido profundo de la fe, que es aceptar su mensaje, vivirlo y testimoniarlo y se han conformado con cumplir unas normas y ritos y dedicarle algún tiempo cuando los compromisos se lo permiten, pero nada de tenerlo como guía y brújula de sus vidas. Se cumple así lo dicho por San Juan Evangelista:”vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”

 

Jesús en Belén, nos recuerda que Dios nunca nos ha olvidado a pesar de las ingratitudes y de las puertas cerradas que, a lo largo de la historia de la humanidad, encontró su mensaje. Nació en medio de un mundo, no precisamente ideal, y nace en una situación actual donde hay demasiados males evidentes y demasiados bienes escondidos por miedo a no sé qué y a no sé quién.

 

Belén es aquel momento donde el reloj de la eternidad marca una hora decisiva: Dios echa el resto haciéndose hombre.

 

-Vino, y como era de esperar, unos se abrieron en contraste con los que se replegaron ante semejante novedad.

-Vino, y como era de esperar, unos dudaron y otros (los pocos) creyeron.

-Vino, y como había sido anunciado, unos vieron que Jesús era aquella luz de la que tanto habían hablado los profetas (incluso ofreciendo su sangre) y otros se rieron a carcajadas sólo con pensar en aquellos ilusos que creían e intuían que Dios venía pobre, humilde, en establo y sin meter demasiado ruido.

-Vino y, mientras para unos fue luz, otros quedaron desconcertados, con los fusibles fundidos de sus corazones cerrados a cal y canto.

 

 

¡Qué gran reto tenemos en la Iglesia de hoy! ¿Cómo presentar a Jesús a un mundo que piensa que ya vive en la luz, pero que es una luz artificial? ¿Cómo llevar a Cristo a personas que viven atrincheradas en su pragmatismo, comodidad o en “sólo creo lo que veo”? ¿Cómo acercar a Jesús, pobre y humilde, a una sociedad caprichosa, egoísta, egocéntrica y manipuladora? ¿O es que no estamos en una sociedad así? “No hay peor ciego que aquel que no quiere ver”

 

 

Da tristeza ver a cristianos que, fueron felices siéndolo, pero que ahora son alérgicos a todo lo que suene a cristiano, porque tienen miedo de manifestar su fe. Cristianos que, bajo el paraguas de una falsa y amplia tolerancia, cruzan sus brazos ante la ridiculización de lo cristiano. Cristianos que solo buscan relevancia y autoestima en sus comunidades, en vez de ponerse sin condiciones, al servicio del mensaje de Cristo.

 

Es verdad que se puede deber por una parte a que la Iglesia no ha estado o no está a la altura que Cristo le pidió. Pero, también es verdad, que los hirientes dardos que desprende esta sociedad desnortada no ayudan, ni de cerca ni de lejos, a descubrir y permanecer con los ojos de la fe atentos a la LUZ que Jesús nos trae. Y tampoco se puede olvidar la falta de compromiso y la cobardía de muchos que dicen que creen, porque tiempos difíciles los ha habido siempre. Por tanto las excusas sobran.

 

¿Qué vamos hacer pues con este Niño que nos ha nacido? ¿Cambiará en algo nuestra vida? ¿Hemos llenado nuestras casas de luces y de colores por Él? ¿Hemos saboreado dulces y nos hemos deseado la paz en multitud de idiomas por Él? ¿Seguro que si? Si es así, ¿Qué falta entonces? Ni más ni menos que, ese Niño, lejos de palidecer, crezca vigorosamente en nuestro interior y lo pongamos a mandar en nuestra vida. Porque se hace necesario mostrar el auténtico rostro de Dios en la vida profesional, familiar y social, y no reducir la fe a 45 minutos de culto semanal y las devociones particulares.

 

Como dice un compañero sacerdote y es la pura verdad: La siembra del Evangelio en medio de un mundo rocambolesco en muchos aspectos, sólo vendrá cuando muchos cristianos se tomen en serio lo que celebran. O dicho de otra manera: que creamos lo que celebramos y celebremos lo que creemos. Porque el demonio, tiene que estar saltando de gozo en su vanidad infernal, cuando tantos y tantos cristianos olvidan el espíritu de la Navidad y el secreto más profundo de ella, y es que: DIOS VIENE A NUESTRO ENCUENTRO.

 

 

Así que los villancicos, la poesía y las felicitaciones en torno a la Navidad, están muy bien, pero ahora toca poner en solfa eso que creemos y celebramos.

 

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