Ecos del Evangelio

16 abril, 2020 / Carmelitas
DOMINGO II DE PASCUA CICLO A 2020

DÍA DE LA MISERICORDIA

 

 

Celebramos en este II domingo de Pascua la fiesta de la Divina Misericordia instituida por el muy recordado Papa San Juan Pablo II. Y en este domingo cada año leemos el evangelio en el que el protagonista es el «apóstol incrédulo»: Tomás el mellizo. Pero además San Juan en el evangelio, nos habla de aquella primera comunidad cristiana y de como debe ser en adelante una comunidad cristiana, una parroquia, y es un tema también importante que no debe pasar por alto. Vayamos por partes.

 

1º- Podemos decir que la figura de Tomás es contradictoria. Como decía antes, se le conoce como «incrédulo» .Tomás vendría a ser el símbolo del hombre cerrado al misterio; que sólo es capaz de aceptar la realidad física que puede ver con los ojos y tocar con sus dedos y con sus manos: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». No se conforma ni siquiera con ver al Resucitado: exige meter sus dedos y sus manos en las llagas del Crucificado. Es a ese Tomás incrédulo, al de ayer y al de hoy, que sigue anidando en el corazón de cada uno de nosotros, al que Jesús le sigue diciendo hoy: « ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto»

 

 

2º- Pero, por otra parte, hay un aspecto positivo, generalmente poco subrayado en la figura de Tomás. Porque no sólo es el «incrédulo», también puede ser entendido hoy como «el hombre de fe adulta»; el que no se deja arrastrar por entusiasmos fáciles, las corrientes en boga, las afirmaciones y opiniones de los otros… Aquel Tomás que había dicho, demasiado fácilmente, «vayamos y muramos con él», quizá experimentaba tras su fracaso cobarde en la cruz que hay que madurar y sopesar las respuestas. Que el camino de Jesús exige vivencias profundas y son insuficientes los entusiasmos superficiales y sensibles.

 

 

Tenemos en medio de esta pandemia, la oportunidad de vivir esa fe madura que Cristo le pide a Tomás. No hemos podido celebrar con plasticidad liturgia, ni con manifestaciones populares la Semana Santa, y precisamente por eso, tenemos la oportunidad de vivir la muerte y resurrección de Cristo de una manera más interior, con más intimidad con el Señor. Sí, así también podemos gozar de estos días en que la liturgia nos muestra hasta que punto nos ha amado el Señor, y lo podemos hacer sin distraernos con las manifestaciones populares.

 

Pero siempre me pregunto ¿Por qué el discípulo incrédulo resultó ser el más creyente? Porque así actúa Dios. Él dio el paraíso al buen ladrón que mereció la crucifixión por sus crímenes. Él da al obrero de la última hora lo mismo que al obrero de la primera hora. Él da su gracia a los humildes, y Tomás reconoció su obstinación y se humilló.

 

La fe es un don maravilloso de Dios, un tesoro inestimable que Dios nos concede cuando concurren dos cosas: la humildad y la disponibilidad. La humildad del que cree y la disponibilidad para vivir y trasmitir lo creído a los demás.

 

 

3º- Pero del evangelio de hoy podemos deducir también una serie conclusiones muy válidas para nuestras comunidades cristianas. En primer lugar, en cualquier comunidad, Jesús es el único y verdadero centro de esa comunidad.

 

La comunidad, una parroquia, no es algo-a imagen de una asociación- que se constituye espontáneamente; ni es algo surgido por un capricho de unas personas empeñadas en mantener vivo un sueño.

 

La comunidad cristiana existe, única y exclusivamente, porque Jesucristo ha muerto y ha resucitado. Sin Cristo muerto y Resucitado nunca hubiese surgido la Iglesia: la única razón de ser del nacimiento y existencia de la Iglesia-lo repito- es que Jesucristo ha muerto y ha resucitado.

 

Jesús es, por tanto, el centro vital de una parroquia, de una comunidad religiosa. Y eso significa que nada de protagonismos por parte de nadie, porque el único protagonista de la comunidad es Cristo y todos los demás empezando por el sacerdote o el superior de la comunidad están al servicio de Cristo. Y esto ha de quedar claro en muchas comunidades cristinas, cuando se ven protagonismos, recelos, envidias, etc.

 

4º- Por eso hay algunos interrogantes a los que debemos responder con sinceridad: ¿Es Cristo muerto y resucitado el centro de nuestras comunidades? ¿Nos anima su presencia a trabajar por la liberación de los hombres? ¿Los cristianos somos la alternativa que Jesús ofrece a los hombres para sacarlos de su situación de cerrazón, anunciando y denunciando todo lo que atente contra la dignidad humana y no callándonos ni replegándonos como cobardes?

 

Cristo fue alternativa de vida en su momento; ahora, que ya no está presente como hombre, brinda a su comunidades, a nuestras parroquias en particular, la posibilidad de que esa alternativa continúe en pie presente entre los hombres: Él, -su alternativa-, se mantendrá viva entre los hombres siempre que la comunidad se mantenga fiel a Cristo muerto y Resucitado. Y eso quiere decir también, que por encima de devociones y carismas particulares, muy aceptables, nuestro centro debe ser Cristo y su mensaje ¿Es así en nuestra parroquia? ¿Entonces por qué tanta falta de asistencia a las celebraciones del día del Señor, el día más importante para el cristiano, el día de su resurrección y anticipo de la nuestra?

 

Otra cuestión: ¿Son nuestras comunidades, alternativa real y válida al mundo de hoy, consumista, materialista, pasota, egocéntrico, insolidario…? ¿Es decir damos testimonio de austeridad, de solidaridad, de defensa de todo lo que vaya a favor de la dignidad humana o nos distinguimos poco de la sociedad actual? .O dicho de otra manera, ¿tenemos claro que somos sacramento de la presencia de Dios en el mundo, comenzando por este pueblo?

 

Amigos, la fe no me la invento yo y la vivo yo solo, como a mi me conviene. o apetece. Es la fe en Jesucristo, la que he recibido, y he de vivir conforme a lo que creo, y testimoniarla. Y si no es así, lo demás, por muy piadosa que sea mi persona, servirá de bien poco.

 

Ser testigos de Jesús muerto y Resucitado, es poner toda la vida al servicio de la causa de Jesús; ser testigos de Jesús no es participar de una tradición social y de unas costumbres ancestrales, sino tener la experiencia de que Jesús está vivo, dando sentido a mi vida personal y concreta, como da sentido a la vida de todos los que formamos la comunidad de los creyentes.

 

 

Ser testigos de Jesús muerto y Resucitado, es vivir juntos, como hermanos, mostrando ante los hombres que nos sentimos y somos hermanos, porque todos tenemos un Padre común que nos llama a vivir una vida en plenitud.¿De verdad lo creemos esto los cristianos?

 

 

« ¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!» ¡Qué hermoso ejercicio repetirlas cuando hemos equivocado el camino y deseamos volver al buen camino! ¡Qué bello decirlas cuando nos sentimos muy cansados y no tenemos ganas de hacer una oración larga! ¡Qué oportuno acudir a ellas cuando necesitamos que se nos eche una mano porque estamos desilusionados como en esta situación de confinamiento! ¡Que gratificante pronunciarlas cuando en nosotros también se instala la duda como en Tomás! ¡O cuando la soledad nos sube por los entresijos del alma envolviendo nuestro corazón en la niebla!

 

¡Qué gratificante, en fin, pronunciarlas cuando queremos reafirmar nuestra fe en Cristo Resucitado!

 

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