Ecos del Evangelio

7 abril, 2018 / Carmelitas
DOMINGO II DE PASCUA CICLO B 2018

Su Misericordia es inagotable

 

¿Os imagináis aquel atardecer del día de Pascua? A los discípulos se les había destrozado el corazón allí en el Calvario, llenos de dolor por la muerte de Aquél que tanto habían amado, que tantos horizontes les había abierto. El dolor es muy fuerte, y el desconcierto, y el miedo de lo que ahora pudiera suceder.

 

Con la detención y condena de Jesús se dispersaron, no estuvieron a la altura. Pero ahora vuelven a agruparse, la muerte de Jesús les ha reunido: quizá el sano juicio les aconsejaría ir cada uno a la suya, no llamar la atención; pero ahora hay algo mucho más fuerte que todas las prudencias: tienen que estar juntos, sienten muy adentro que tienen que estarlo, que aquella comunidad alrededor de Jesús debe seguir viva. No sabrían decir por qué, pero sienten que debe ser así.

 

El primer día de la semana, al amanecer del domingo, María Magdalena y las demás mujeres han empezado a hacer correr una voz, un testimonio sorprendente e increíble. El testimonio de la victoria del amor de Dios más allá de todo el mal que los hombres somos capaces de hacer. El testimonio de la vida para siempre de Jesús, el maestro crucificado.

 

Y cuando llega el anochecer, todos juntos en la casa, se encuentran compartiendo el desconcierto, y el miedo, y la esperanza. Y juntos, el anochecer de aquel domingo, experimentan la presencia, la vida, la fuerza, la paz, el amor vencedor del Señor resucitado.

 

Nunca nos podremos imaginar cómo fue aquel momento. Qué sintieron, qué vivieron aquellos discípulos. Pero lo que sí sabemos es que de lo que ellos vivieron, de lo que ellos sintieron en aquel momento, vivimos todavía hoy nosotros, y vivirán de ello también las generación de hombres y mujeres que a lo largo de la historia se sentirán llamadas por la palabra salvadora de Jesús, por la vida del Señor muerto por amor y resucitado para hacernos vivir con él y como él.

 

Desde aquel primer domingo, ¡cuántos y cuántos domingos los cristianos nos hemos ido reuniendo! Si los contásemos, ¡qué cifra tan alta nos saldría! Años y años, siglos y siglos, hasta hoy, hasta este domingo, y hasta todos los domingos que vendrán en el futuro. Y todos los domingos, los cristianos reunidos sentimos que el Señor nos daba su paz, nos afirma el corazón.

 

Y nos envía a ser testigos da una vida distinta, su misma vida, la vida que se fundamenta en el amor más profundo a todo hombre y a toda mujer, aunque eso cueste, aunque eso lleve a la cruz.

 

Y nos da su Espíritu, su mismo Espíritu que es el que nos da la vida. Y nos hacía portadores de su perdón, de su misericordia inagotable. Y eso, a pesar de las dudas y las incertidumbres. Porque ya desde el inicio, ya desde el primer día, el encuentro con Jesús es un encuentro que choca con las dudas incluso de sus amigos más íntimos.

 

¡Cuán potente, cuán transformador fue para ellos este encuentro con el Señor, este encuentro de cada domingo! Precisamente, la primera lectura de hoy nos hace poner los ojos en aquella comunidad que empezaba, aquella comunidad que es como un espejo para nosotros. Y ciertamente que verlos a ellos, mirar aquellos primeros pasos de la comunidad de los creyentes, nos debería dar una sana envidia, porque eran verdaderas y coherentes comunidades cristianas.

 

¿Y porque digo esto?.Pues la primera lectura nos lo dice: pensaban y sentían lo mismo y los que eran propietarios ponían sus bienes a disposición de la comunidad y de los pobres. Y así, porque hacían eso, eran bien vistos por todo el mundo. Hacían eso y, además, los apóstoles anunciaban la buena noticia con muchos milagros, con señales que daban vida, salud, esperanza a los que más lo necesitaba, como había hecho Jesús.

 

Nuestro encuentro con el Señor resucitado nos debería llevar, a nosotros también, a hacer de nuestras comunidades un lugar en el que los que tienen ponen su bienes al servicio de los que no tienen, y donde todos hacen los “milagros” (digámoslo así) que son capaces de hacer: porque todo el mundo puede, de un modo u otro, dar vida, y salud, y esperanza, a los que la necesitan.

 

Del evangelio de hoy podemos extraer algunas preguntas que debemos contestar cada uno con sinceridad?

 

1.-¿Jesús es el único y verdadero centro de la comunidad de los creyentes? La comunidad no es algo que se constituye espontáneamente; ni es algo surgido por un capricho de unos hombres empeñados en mantener vivo un sueño, ni una veleidad surgida de una cierta situación psicológica.

 

La comunidad existe, única y exclusivamente, porque Jesucristo ha muerto y ha resucitado. Sin Cristo muerto y resucitado nunca hubiese surgido la comunidad: la única razón de ser del nacimiento y existencia de la comunidad es que Jesucristo ha muerto y ha resucitado. Jesús es, por tanto, el centro vital de la comunidad; y él mismo les da a sus miembros la confianza que necesitan para poder llevar adelante su misión: Él, mostrándoles los signos de su triunfo sobre la muerte, les anima a trabajar positivamente en la misión de trabajar en favor de la liberación de los hombres.

 

2-: ¿Nos anima su presencia a trabajar por la liberación de los hombres? De este modo la comunidad se constituye en la alternativa que Jesús ofrece a los hombres para sacarlos de su situación de cerrazón. El fue alternativa de vida en su momento; ahora, que ya no está presente como hombre, brinda a la humanidad la posibilidad de que esa alternativa continúe en pie, presente entre los hombres: él -su alternativa- se mantendrá viva entre los hombres a través de la comunidad: por supuesto, la comunidad que se mantenga fiel a Cristo muerto y resucitado.

 

3- ¿Son nuestras comunidades alternativa real y válida al mundo de hoy, consumista, materialista, pasota, egocéntrico, insolidario…?. Al mismo tiempo esa comunidad, al igual que continúa la misión de Jesús de ser alternativa al mundo y al hombre, también continúa otra tarea de Jesús: testificar ante el mundo el amor del Padre a los hombres.

 

4- ¿Nuestras comunidades son muestra clara y palpable del amor de Dios Padre a los hombres? ¿Cómo? ¿En qué? ¿Somos la prolongación de la doble misión de Jesús de mostrar el amor del Padre y ser alternativa a la humanidad? ¿Es la Iglesia-no en la teoría sino en la practica- sacramento del encuentro con Dios?

 

5-. ¿Se reconoce la presencia de Cristo en nuestras comunidades?, ¿son éstas lo suficientemente claras y transparentes como para que cualquiera descubra, el amor de Dios?

 

El caso de Tomás (que ocupa medio Evangelio de hoy) merece su consideración especial. Tomás es, ante todo, una figura-tipo que representa a todo aquél que desoye la voz de la comunidad, a todo aquél que no es capaz -por las razones que sean- de percibir los signos de esa vida nueva que, con Jesús y a partir de él, ha comenzado para todos los hombres.

 

Tomás es la figura de todo aquél que en lugar de integrarse y participar de la experiencia colectiva de la comunidad (experiencia de vida, experiencia transformadora, experiencia salvífica, experiencia de que el crucificado está vivo) busca una demostración (una demostración de algo que pertenece a un plano bien distinto de lo empírico pero, no por eso menos real).

 

Tomás es la figura del que en lugar de buscar al Resucitado, fuente de vida, trata de encontrarse con una reliquia del pasado; una reliquia que, por otra parte, no va a encontrar.

 

Tomás es nuestra misma historia. Y no pasa nada. Jesús lo entiende perfectamente, y continúa acercándosenos a pesar de nuestras dudas. Y nos anima a creer, como animó a Tomás el domingo siguiente de aquel primer domingo. De este encuentro con el Señor resucitado, los apóstoles sacaron la fuerza para vivir y transmitir el gozo del Evangelio, la gran noticia de Jesús. De aquí nació la primera comunidad de creyentes, que es nuestra misma comunidad.

 

Nuestras comunidades deben revisarse, por tanto, a la luz del evangelio y tratar de descubrir si realmente son lo que deben ser: la única salida viable a la experiencia de fe; la fe se recibe de la comunidad eclesial (como don de Dios) y en ella debe vivirse. Y desde ella debe irradiarse el amor de Dios. Y si no es así -no es aunque duela- una comunidad de Cristo.

 

AYÚDAME, SEÑOR

 

*Que no sea tentado por la incredulidad, el mal, la apatía o el escepticismo.

*Que acoja, con serenidad y con alegría, la noticia de que Tú vives en medio de nosotros.

*Que, en las marcas de la humanidad, descubra las profundas llagas de tu Cuerpo.

*Que reaccione mi fe, cuando tu Palabra, sale a mi vida un tanto muerta y fría.

*Que sea capaz de desplegar los dedos de mi mano y buscar las heridas de tu costado.

*Que sepa verte, como Resucitado, y no recordarte como el Cristo muerto.

*Que las llagas de tu costado sean para mí, prueba de tu victoria.

*Que las heridas que se abren en el mundo sean una llamada a descubrirte vivo en él.

*Que como Tomás, postrándome ante tu presencia resucitada, eterna, viva y pascual pueda decir hoy y siempre: ¡Señor mío y Dios mío!

 

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