Ecos del Evangelio

10 abril, 2021 / Carmelitas
DOMINGO II DE PASCUA CICLO B 2021

La Pascua es una explosión de alegría.

 

El tiempo pascual, no sólo hace referencia a la Resurrección de Cristo, sino también a la nuestra. Y no sólo a la resurrección tras el paso por la muerte, sino a la resurrección que se debe producir en la vida de mucha gente y de cristianos en particular.

 

 

¡Cuánta gente sepultada en la apatía, en la resignación, en la desilusión, en el desinterés por todos y por todos, en el encogerse de hombros! ¡Se dejan arrastrar por la vida, instalados en la inercia! ¿Eso es vivir? Eso es sólo respirar, sobrevivir. Eso es lo que la paso a Tomás, del que hoy nos habla el evangelio, y lo que les pasó a los discípulos de Emaús de los que se nos hablará el domingo próximo.

 

 

¿Y ante este panorama desolador, de muerte anticipada, que se puede hacer? Pues seguir las pautas que se nos dan y muy claritas en la Pascua, las mismas que siguieron Tomás, los de Emaús y los otros discípulos tras las apariciones. ¿Y cuáles son? Pues para empezar dos: la alegría para saber amar de verdad, y el compartir lo que somos y tenemos con la comunidad. Y ¿Cómo hicieron suyas esta pautas, tanto Tomás como los de Emaús y los demás discípulos? Pues, escuchando la Palabra y celebrando y comulgando el Cuerpo de Cristo, es decir: celebrando, y viviendo la Eucaristía, para poder llevar una vida de resucitados y poder ayudar a otros a resucitar. Así de sencillo.

 

 

Lo primero que hace el Señor Resucitado es eso, compartir su alegría haciéndose presente entre los suyos. Por eso no tiene sentido ver a un cristiano que se precie estar aislado y separado de la comunidad, fabricándome «la fe a su manera y de acuerdo a sus intereses». Fue lo que le pasó a Tomás la primera vez: se había separado de sus compañeros y, encerrado en su posición no creyó en el testimonio de los otros.

 

Cristo está presente allí donde los hermanos viven la alegría, la paz, las contrariedades, los sufrimientos, etc. Y ese es el camino a seguir si queremos que una parroquia sea una comunidad. Porque sino, por mucha gente que haya, no hay comunidad, será un supermercado espiritual. Es una verdadera pena que muchas eucaristías hayan perdido la alegría y se hayan convertido para muchos, en un puro cumplimiento de un precepto mandado y con unos rostros avinagrados. ¿Para qué sirve escuchar el evangelio?

 

 

Hoy es un día para preguntarse qué se puede hacer para devolver este clima de alegría a las comunidades. Cada misa debiera ser gozada por la comunidad. Y el gozo de cada uno compartido con el otro. Para eso se necesita crear un clima de mayor sencillez y espontaneidad, de modo que cada domingo festejemos la alegría de haber vivido una semana de amor y servicio a los hermanos.

 

 

Todavía hay mucha gente que piensa que las manifestaciones de alegría en una reunión litúrgica son una «falta de respeto».No, hombre no. Lo que hay que hacer es no confundir la alegría con la superficialidad o la chabacanería, o con las sonrisas fingidas, por cumplimiento y por tanto falsas, que tanto abundan.

 

La Pascua es una explosión de alegría, pero no esa alegría de risotadas y vulgaridades. Es el gozo y la alegría de compartir desde el amor una actitud constante de servicio a los demás. Por eso, una comunidad sin acción, sin dinamismo, que se dedica solo a oír porque hay que cumplir, no podrá nunca gozar de la auténtica alegría pascual. Es una comunidad muerta.
La Pascua nos invita a mirar hacia nuestro propio interior, para que nos descubramos a nosotros mismos y descubramos que hay de autenticidad y de coherencia en nuestras vidas, si realmente estamos arraigados en Cristo.

 

 

Porque si es así, entenderemos lo siguientes palabras de la primera lectura: “En el grupo de los creyentes todos estaban unidos y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía». Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.

 

 

Todos eran muy bien vistos. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” ¡Ay, qué lejos de esas comunidades primeras!

 

¿Qué es lo que ha pasado con ese ideal de vida que nos describen las primeras comunidades? Pues que muchos han hecho de Cristo y de la Eucaristía una propiedad privada. Cristo y la Eucaristía es algo «mío» -piensan- y después que cada uno se espabile. O dicho en otras palabras: Cristo y la Eucaristía es algo intimista para mí, y entonces voy a oír misa con mi particular intención, no a celebrar la Eucaristía con los demás hermanos, sino a fiscalizarlos. Quien no viva con sus hermanos, ni comparta la alegría fraterna, no tiene la paz ni la alegría del Señor y por su puesto no entiende nada lo que significa la Eucaristía.

 

Por eso en este segundo domingo de Pascua se nos pone el ejemplo de Tomás. Tomás no solamente es el que se separó de la comunidad y por eso no pudo ver al Señor, sino también el que llega tarde a la comunidad y se resiste a creer por el simple testimonio de los otros. Él quiso tener su propia experiencia de fe, dejó de lado al resto de la comunidad, con sus necesidades y sus sufrimientos etc.

 

Jesús al cabo de una semana, cuando ya estaba Tomás, le invita para que abandone su aislamiento y se sienta también renacido al pie de la cruz; para que se una al sacrificio del Maestro, porque de lo contrario, encerrado en individualismo, jamás podría verlo ni reconocerlo.

 

Si uno no se une a los dolores y a la entrega de Cristo, tampoco podrá unirse a su gozo. Y si no se reúne con sus hermanos, (le caigan simpáticos o no), la pertenencia a una comunidad es una pura apariencia.

 

 

De ahí la conclusión de Jesús: la fe no necesita «ver» a Jesús como se lo veía antes de su muerte. La fe surge del encuentro con los hermanos, y viendo a los hermanos vemos a Cristo resucitado. Tomás comprendió la lección, y el evangelio pone en sus labios esta insuperable confesión de fe: «Señor mío y Dios mío». Confesar a Jesús como el Señor es confesarlo como lo absoluto, aquello por lo cual todo tiene sentido y sin lo cual nada tiene valor.

 

Concluyendo… La actitud y el problema de Tomás es el de muchos cristianos: ¿Cómo ver a Jesús si no se nos aparece? Y la respuesta del Señor es clara: ¿Cómo quieres verme si no te unes a tus hermanos y vives y convives, celebras y compartes todo con ellos? Es decir: ponte a servirles y amarles como yo les serví y les amé y me verás.

 

 

En la medida en que metamos nuestros dedos en las llagas abiertas de la comunidad: en su dolor, en sus angustias, en sus enfermos y pobres. En la medida que toquemos ese cuerpo sufriente y lo reconozcamos como nuestro cuerpo, en esa misma medida, descubriremos la alegría de Cristo resucitado. Por eso Señor:

 

No me des la alegría de la propaganda.
No me des la alegría que se confunde con el jolgorio.
No me des la alegría impostada que se ve en muchos rostros.
No me des la alegría enlatada del mundo. Solo quiero tu alegría.

 

 

• La alegría que tú contagias.
• La alegría que nace desde lo más profundo del cielo.
• La alegría que es consecuencia del amor.
• La alegría que es fuente del calor del corazón.
• La alegría de tu ser resucitado.

Esa alegría que, todavía, muchos no conocen.
Esa alegría que, algunos, no desean porque les viene grande.
Esa alegría que, por ser celestial, sólo la puedes ofrecer Tú desde la cruz y por tu Resurrección.

 

• Tan gigante, que deja diminuta a la de la tierra.
• Tan inalcanzable, que sólo Tú la puedes ofrecer.
• Tan duradera, que sólo Dios la puede firmar.
• Tan necesaria, que por nosotros mismos, nunca la podremos conquistar.

 

 

¡Una Palabra de Dios la de hoy, muy clarificadora para quien quiera cambiar su mentalidad cristiana, es decir para quien quiera resucitar!

 

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