Ecos del Evangelio

10 enero, 2018 / Carmelitas
DOMINGO II T.O. CICLO B 2018

¿Dónde vives? ¡Venid y lo veréis!

Después del Adviento y las Navidades, comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que sólo interrumpiremos con la Cuaresma, la Pascua  y algunas Solemnidades y Fiestas de Santos.

Un tiempo Ordinario que tiene por objeto celebrar y alimentar la vida cristiana con el mensaje de salvación proclamado y vivido por Cristo en sus tres años de predicación.

En este tiempo litúrgico hemos de poner todo nuestro empeño en la celebración del domingo, el día del Señor, que es lo más sublime de la vida cristiana, pues, en él, recordamos a Cristo muerto y resucitado que se hace presente en la Palabra y en el Sacramento de la Eucaristía.

 

Las lecturas de hoy nos pueden ayudar a descubrir lo que ha de marcar nuestra vida.

San Pablo se dirige a la comunidad de Corinto, muy tentada de dejarse llevar por el libertinaje de aquella ciudad portuaria, y escribe una frase que nos da una clave importante para nuestra tarea: “No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros”.

La lectura evangélica describe la escena entrañable y programática de la primera llamada que hace Jesús a sus futuros discípulos. Y será provechoso que reflexionemos sobre ese primer encuentro de Cristo con sus primeros discípulos.  “¿Qué buscáis?”… Maestro, ¿dónde vives?… “¡Venid y lo veréis!”.

Si hay un Ser, un Ser que habla, que nos habla, con carácter personal y que exige también el esfuerzo de escuchar, es naturalmente Dios, Dios que nos llama por nuestro nombre para darnos el encargo máximo de nuestra vida, para descubrirnos, ni más ni menos, que nuestra vocación: ese modo especial de realizarnos, esa manera irrepetida de Ser, ese estilo de vida que nos ha marcar para siempre.

Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros y quiere que lo conozcamos. Pero escuchar a Dios supone esfuerzo, requiere silencio interior, cierta serenidad de espíritu y, sobre todo, un gran deseo de oírlo.

Ser cristiano es ser discípulo de Cristo, decíamos en el ya olvidado catecismo de antaño. Y ser discípulo es, ser una persona al que Jesús ha llamado para llevarla consigo y hablarle, para descubrirle su mensaje, su misión en el mundo, su modo de hacer y de estar. Esto hizo Jesús con los discípulos y sólo cuando lo escucharon se quedaron con Él y después fueron capaces de dar testimonio en el mundo.

Pero escuchar, cuesta ciertamente. Hay que pararse, aquietar el ánimo, esforzarse. Pero de ahí surge el enriquecimiento: Cuando escuchamos en el terreno humano nos enriquecemos siempre. Es entonces cuando el diálogo tiene sentido y cuando se establece entre los hombres una auténtica comunicación que los hace solidarios, que les lleva al conocimiento mutuo, a la comprensión y al amor.

Pues si todo eso pasa realmente cuando somos capaces de escuchar al otro, imaginad la espléndida realidad que se daría en nuestras vidas si fuésemos capaces de decir a Dios lo que dijo el pequeño Samuel: “habla, que tu siervo escucha”.

Habla que te escucharemos en los signos de los tiempos, en las exigencias de tu mensaje, en esa  emoción que sentimos dentro de nosotros mismos cuando de verdad creemos en Cristo; imaginad qué dosis de riqueza alcanzaría el hombre que fuese capaz de escuchar a Dios en el silencio de la noche, de asimilar su mensaje y de lanzarlo luego al mundo que lo rodea.

Cada generación debe tener el valor de preguntarse ¿quién es realmente Jesús de Nazaret, qué es el cristianismo, qué es la Iglesia y qué debería o podría ser; qué es lo que cambió en el pasado y qué es lo que ha de cambiar?

Cada uno necesita ponerse en marcha para buscar siempre de nuevo a Jesús, al Jesús de hoy y de siempre. Y ha de tener el valor de dejarse cuestionar por Jesús: ¿Qué buscáis? Sí, ¿que buscamos cuando decimos seguirle?

¿Dónde vives? ¡Venid y lo veréis! Jesús no nos responde con una dirección precisa y fija, no responde con un formulario teológico, ni con un catálogo de dogmas, sino que apela a la experiencia personal.

 

¡Venid y lo veréis! Venid y vedlo por vosotros mismos, recordad vuestras propias experiencias, vuestra propia vida que os es perfectamente conocida; no os alejéis de esas experiencias, sobre todo de las incómodas y desagradables; poneos en movimiento, comprometeos; usad vuestros propios ojos, vuestros oídos, vuestras propia razón y vuestra sana razón humana; no os dejéis manipular; examinad la realidad tal como es.

 

¡Venid y veréis! Ocupémonos personalmente de ese Jesús y atendamos a lo que tiene que decirnos. Tomemos su palabra como una palabra humana y divina, clara y simple y  veremos lo que es capaz de realizar en nuestra vida.

Así empieza un encuentro auténtico con Jesús, y no con adoctrinamientos, normas y requisitos. Sólo desde la propia experiencia con Cristo y en diálogo con quienes van a la búsqueda de la fe y se preguntan personalmente por Jesús, puede surgir la fe.

 

Amigos……………………..

 

*Un camino nos espera, lleno de plenitud y de gestos, de ternura y de anuncio, de denuncia y de aspectos sorprendentes.

 

*Un camino en el que nos animará el Espíritu, para que hagamos entre todos la verdadera Iglesia de Cristo y no una superestructura que nos sirve de nada. “Una Iglesia que no sirve, no sirve de nada” decía el Papa Francisco.

 

*Un camino que nos lleve al encuentro con Cristo que nos espera en el prójimo.

 

*Un camino que nos conduzca hacia dentro de nosotros mismos y que nos de una paz interior inenarrable.

 

*Un camino que es por el que se aventuran y se arriesgan los que creen y esperan en Jesús.

 

*Un camino por el que, Cristo, irá realizando llamadas y compromisos, milagros y curaciones. Despertando fe y esperanzas.

 

Como Samuel, este año, digamos: ¡Aquí estoy, Señor!

 

Queremos reconocerle en medio de tanto mensaje que nos impide escuchar con nitidez su voz. Queremos identificarle aún estando repletos de imágenes que bloquean las retinas de nuestros ojos. El Señor, con denominación de origen en el Jordán, nos llama. Nos hace sus discípulos. Quiere contar con nosotros.

 

El domingo pasado, con el certificado que bajaba del cielo sobre la persona de Jesús, también nosotros nos interpelábamos sobre nuestro bautismo. Entre otras cosas, ser bautizado, implica ser discípulo de Jesús. ¿Lo somos? ¿Hemos descubierto la alegría de ser y estar bautizados?

 

El Señor, además de llenarnos con la fuerza de su Espíritu, espera que nuestra fe –lejos de dormirse- esté bien dispuesta para conocerle, seguirle e interesarse por Él, cómo y dónde vive.

 

Los domingos, cuando participamos en la Eucaristía, no es un venir por cumplir el expediente. Nuestra asistencia es un “vivir con Jesús”. Disfrutar de este momento con la serenidad que produce la Palabra de Dios. Con la fortaleza que aporta el comulgar. Con la paz que ofrece la presencia de Jesús en el altar.

 

El conocimiento de Jesús no viene precisamente por la “acumulación” de años de un cristianismo rutinario,   sino por el saber estar con Él a través de la oración, del silencio, de la contemplación. Una asignatura que tenemos pendiente es precisamente la experiencia profunda de Jesús; el vivir con Él y que no se nos haga insoportable esa vivencia; el estar con Él y el que no resulte aburrida esa estancia; el hablar con Él y no tener la sensación de que estamos haciendo algo absurdo.

 

Los discípulos interrogaban: ¿dónde vives, Señor? ¿Qué hemos hecho hoy cuando hemos entrado a esta iglesia? ¿Hemos preguntado algo al Señor de la cruz? ¿Hemos preparado nuestro interior para escucharle y recibirle? ¿Seríamos capaces, ahora, de recordar algo de las lecturas proclamadas? ¿Sabemos estar en silencio antes que dirigirle una batería de jaculatorias?

 

“Venid y lo veréis.” Todos los domingos, el Señor nos llama, nos retira a este lugar donde se rejuvenece nuestro corazón, se abren nuestras manos y se fortalece nuestra experiencia interna de Dios, que es la parroquia. Y no hay excusa, salvo fuerza mayor, para no acudir a su llamada. Hay que aprender a dejar fuera muchos ruidos, estrés, y problemas. Dejemos, por lo menos un espacio para Dios, y digámosle: aquí estoy para hacer tu voluntad. Él hará lo demás.

 

Y si me lo permitís voy a terminar con la siguiente anécdota:

 

No hace mucho tiempo, un niño iba de la mano de sus padres, cuando, al pasar por una iglesia de una gran ciudad, les preguntó: “Papás; ¿Qué hay allí adentro?”. A lo que su padre respondió: “Nada, hijo mío; allí dentro no hay nada”.

 

Hemos de recuperar, entre otras cosas, espacios que nos aseguren una cierta paz y un ambiente para el silencio y la reflexión. Ya algunos de los que conviven junto a nosotros, hace tiempo que perdieron la noción de que el Señor vive, por supuesto en el prójimo de cada día, pero también nos espera en la comunidad, en la Iglesia, en la Eucaristía o en la proclamación de la Palabra.

 

Redescubramos y reenamoremonos de Cristo, vale la pena, nuestra vida ganará en todos los sentidos y la de aquellos que nos rodean también.

 

 

 

 

 

 

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