Ecos del Evangelio

16 enero, 2021 / Carmelitas
DOMINGO II T.O. CICLO B 2021

<<Sígueme, con todas las fuerzas de tu corazón>>

 

Una vez terminado el ciclo litúrgico de Navidad, reanudamos los domingos ordinarios del año, en los que iremos leyendo fragmentos del evangelio de San Marcos. Hoy hemos escuchado como Jesús, nada más ser bautizado, se manifiesta ya a sus primeros discípulos.  Y las primeras palabras que Jesús pronuncia ya desconciertan, porque van al fondo,  tocan las raíces mismas de nuestra vida.

¿Qué buscáis?

¿Que buscamos nosotros cristianos de ya hace tiempo, y que decimos que tenemos fe?

¿Por qué decimos que creemos en Cristo?

 

 

Si nos ponemos a ver en qué consiste la religiosidad que hoy se vive entre muchos cristianos -o entre muchos católicos si se quiere matizar más- no podremos por menos que reconocer, que una buena parte de esa religiosidad está basada en lo que se ha llamado una «una fe cosística»; es decir: fundamentalmente la gente cree en algo.

Que después de la muerte hay algo.

Que algo tiene que haber.

-Que hay premio o castigo.

Que hay que cumplir los mandamientos.

Que hay que ir a misa los domingos.

Que los ritos tienen que seguir unas normas.

Que hay cosas que se pueden hacer y cosas que no.

Que hay cosas que son pecado y cosas que nos dan la gracia.

Que la gracia es una cosa buena que nos da Dios.

 

 

En definitiva, con frecuencia y por desgracia muchos reducen su fe  a una esfera, muy bien delimitada y con la que se entra en relación sólo en momentos especiales y excepcionales: al celebrar una devoción particular, al asistir a un funeral, etc.

 

El resto de la vida, se piensa a menudo, que no tiene nada que ver con lo religioso, algo de lo que prescindo cuando no me apetece o no tengo ánimos o tiempo para celebrar. Y se prescinde de la Eucaristía que es lo fundamental,  como si Cristo la instituyera por capricho, o como un pasatiempo o entretenimiento. 

 

 

Lo he comentado alguna vez y lo repito: Cristo no vino a fundar una religión más, o  dicho de otra manera: esa no es la manera de seguir a Cristo, el Salvador del mundo. ¡Cuanto me acuerdo de aquel catecismo de preguntas y respuestas! ¿Qué es ser cristiano? ser cristiano es ser discípulo de Cristo.

EXACTAMENTE, discípulo de una persona, de Cristo, y aprender a ir por la vida con el estilo de Cristo La fe en Jesús es eso: fe en alguien, en un ser personal, en un ser vivo, con el que podemos dialogar, que nos interpela y nos da respuestas.

 

 

De aquí la importancia, del pasaje evangélico de hoy en el que aparecen unos hombres que se encuentran con Jesús, es decir: con Alguien, con un ser personal, no con algo. Y sin olvidar, que pasado el tiempo, cuando estos hombres empiecen a anunciar a sus contemporáneos la nueva fe, también les van a presentar a alguien: a Jesús muerto y resucitado, pero nunca les van a presentar algo, sean leyes, ritos o similares.

 

Estamos cada día más acostumbrados a que nos traigan el mensaje a casa, a que nos lo den explicado y simplificado, a que nos entre sobre todo, por los ojos. El mundo de la imagen crea adicción a base de bombardear publicidad, para convencernos de lo maravilloso que es lo que nos ofrecen porque va a solucionar todos los problemas y nos dará la plena felicidad. ¿Y qué pasa? Pues  que se ha perdido la costumbre de pensar y reflexionar si nos conviene o no…

 

Y muchos quieren que Dios nos hable con el mismo lenguaje que el vendedor de jabones, el de colonias o el de electrodomésticos; y tenemos que reconocer que entre esas voces y la voz de Dios necesariamente hay diferencias sustanciales.

 

Nuestras acusaciones a Dios, no dicen nada sobre Dios, sino más bien sobre nosotros. Dios no es que esté en silencio, sino que mucha gente está sorda, no escucha, porque lo consideran una pérdida de tiempo. Y aun admitiendo que, en ocasiones, no resulta nada fácil reconocer la voz de Dios, como nos lo muestra Samuel, en la primera lectura de hoy.

 

Pero Samuel, no sólo nos enseña que a veces cuesta reconocer la voz de Dios. Nos enseña sobre todo, precisamente lo que se deja de lado: que el camino para superar esa dificultad es el de la constancia, la fidelidad, el empeño en escuchar su voz y responderle.

 

Dios nos habla a través de su Hijo, de la Iglesia, de la Biblia, de los hombres, de la creación… Y lo hace con una delicadeza suprema; no quiere herir nuestros oídos con grandes voces, pero tampoco nos obliga a forzar nuestros tímpanos para percibir sonidos casi inaudibles; simplemente nos habla, a diario, con y en las cosas de cada día, y de vez en cuando nos lanza una llamada más especial, en los acontecimientos especiales que nos toca vivir.

 

Nada más comenzar el tiempo ordinario, ya se nos plantea la gran cuestión para que nuestra fe sea eso, FE.

La fe verdadera, es fe en Alguien, no fe en algo. Cuántas personas, sin embargo, se proclaman creyentes «muy fieles» porque viven muy pegados a prácticas religiosas aunque nunca han experimentado en su vida ese encuentro personal, dialogante y transformador con ese Alguien que vivió, lo mataron y resucitó y se llama Jesús de Nazaret.

 

Personas que pretenden acercarse a Dios  saltándose el  único camino original y «directo» que es Jesús.

Personas que ven en Jesús no el acontecimiento radicalmente transformador de la historia del género humano, sino un componente más de un credo teórico.

Personas que no caen en la cuenta de que Dios es Jesús.

Personas que, no quieren comprender que hay que apostar por aquellos valores que Cristo apostó en la vida.

Personas que no quieren entender que tener fe es seguir a Jesús, es tener su estilo de vida.

Personas que pretenden una fe privada, en vez de una fe que lleve a hacerse presente en las encrucijadas en las que se decide la transformación del mundo y la llegada del Reino. 

Personas que pretenden vivir una neutralidad: el cumplimiento dominical si acaso, pero el negocio, el ocio, etc.,  es otra cosa y si hay que relegar la fe por lo anterior,  pues no hay problema.  Y todo esto pasa porque se cree en algo teórico, no en una persona viva y operante en la vida que se llama Jesús de Nazaret.

 

 

Quien ha experimentado el encuentro con Jesús resucitado sabe que no lo puede reducir a algo, porque Jesús es Alguien vivo, interpelante, transformador, ante quien no cabe engaño ni disimulo.

 

He pedido en mi oración diaria durante esta Navidad, insistentemente por vosotros, que el Señor dé a muchos, algo esencial: ILUSIÓN.

Sí, ilusión por celebrar y vivir la fe.

Sí, ilusión por madurar y profundizar en el conocimiento de Cristo, el centro de nuestra fe.  Me da tristeza ver el desencanto, el desinterés, la marginalidad  y hasta la indiferencia hacia la  fe de muchas personas.

 

Hay que tener ilusión para disfrutar la fe, para celebrarla, para testimoniarla. Sí, la ILUSIÓN traerá la ALEGRÍA VERDADERA, y  EL DESEO POR LO SAGRADO. Y despertará una experiencia de GOZO que muchos no han descubierto.

 

Las preocupaciones, los problemas, la situación que nos toca vivir, no son un obstáculo para esa ILUSIÓN, sino todo lo contrario. Si esa escena tan sencilla que hemos leído en el evangelio de hoy, se hace realidad en nuestra vida. Si nos decidimos a encontrarnos, de verdad con Cristo, la vida comenzará a tener un sentido hasta ahora desconocido, a pesar  de las situaciones que nos toque lidiar.

 

Creo que a las alturas que estamos, siglo XXI…

YA ES HORA DE QUE TODOS SEPAMOS QUE SEGUIMOS A UNA PERSONA, CRISTO, Y QUE ESO SIGNIFICA CONSECUENCIAS EN NUESTRA VIDA.

Y ESAS CONSECUENCIAS, SON TAN ENRIQUECEDORAS PARA QUIEN PONGA ILUSIÓN POR VIVIR Y CELEBRAR LA FE, QUE JAMÁS SE LAS HUBIERA IMAGINADO.

 

 

 

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