Ecos del Evangelio

13 enero, 2017 / Carmelitas
Domingo II Tiempo Ordinario 2017

DOMINGO II T.O CICLO A 2017

La imagen de Juan-en el evangelio de hoy- con el brazo extendido y el dedo apuntando a Cristo (“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”), es el resumen de la palabra de Dios de este domingo.

Aquí encontramos ya un primer tema sugerente: a ejemplo de Juan, el creyente ha de ser para todos, una mano amiga y un dedo indicador de lo trascendente, en un mundo de tantos desorientados, donde la increencia va ganando adeptos.

Juan identificó a Cristo; los bautizados tendremos que ser en medio de la masa, identificadores y testimonio de fe cristiana. Juan, porque conoció antes a Cristo, lo anunció. Los cristianos hemos de tener experiencia profunda de quién es Jesús, para testimoniarlo. Para poder conocer a Cristo, antes hay que haberlo visto desde la fe. Y esta es la asignatura pendiente del cristianismo de hoy día.

La secularización ha hecho mella en el alma de gran parte de los que se dicen cristianos “Ahora ya no hay pecados”, decía una persona ilustre entrevistada en la televisión. Incluso se pretende hacer gracia utilizando la expresión “está de pecado” como variante del modo superlativo.

Se ha perdido la conciencia de pecado. Lo que no se ha perdido es la mala conciencia. Y mucho me temo que sea ésta la que traiciona a los que más interés manifiestan en banalizar el pecado. Aunque también pudiera suceder que lo hagan para aliviar la conciencia, para disculparse. Pero, reconozcámoslo, todos somos culpables. Al menos, no somos inocentes en un mundo dividido, en una sociedad injusta, en un sistema deshumanizado.

Vivimos en un mundo de pecado. Y en este caso “pecado” significa un mundo muchas veces inhumano, fratricida, insolidario y e insensible… para los pobres, o mejor dicho, para con los empobrecidos. Porque la pobreza no es fruto del azar, sino del sistema elegido y protegido por la ley.

El pecado del mundo está en sus estructuras, o sea, en el modelo de organización que hemos elegido y sostenemos, cueste lo que cueste, entre todos. El precio de este modelo, también llamado “sociedad del bienestar”, es el pecado, es decir, la injusticia y la explotación o marginación (ahora se dice “exclusión”) de un largo veinte por ciento de pobres del bienestar, amén de miles de millones de pobres del tercer mundo, el del “mal-estar”.

Pero culpar a las estructuras es también un bonito modo de querer lavarse las manos. Bien claramente lo explicaba el papa Juan Pablo II en su pontificado: “Se trata-decía- de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo para evitar, eliminar o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, por miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en una presunta imposibilidad de cambiar el mundo, y también, de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior”.

De manera que, por complicidad o por inhibición, por pasotismo o por angelicalismo, todos estamos metidos en el pecado del mundo. Y, siendo esto así, nada tiene de extraño que el bosque -el pecado del mundo- no nos deje ver el árbol de nuestras propias culpas.

No, no hay nadie inocente aunque no pocos se la den de candidos. Trivializar el pecado no nos puede servir de coartada frente al hambre, la miseria y la pobreza de los demás. Es muy cómodo confundir el pecado con los “pecadillos. Para recuperar el sentido del pecado hay que empezar por recuperar la conciencia de seres humanos, la conciencia de la igualdad de todos al nacer, la conciencia de la responsabilidad humana y de la solidaridad entre los hombres. Para desenmascarar los pecados de los demás y los nuestros, celosamente camuflados en el pecado del mundo, no hay más que recorrer las tablas de la Ley de Moisés, ayer, o de la Declaración de los Derechos Humanos, hoy.

Y el más grave de todos los pecados es la indiferencia con que muchos ven y la superficial inhibición con que se informa de la violación de los más elementales derechos allende nuestras fronteras, Porque nos muestran las violaciones constantes de la dignidad de las personas que se producen lejos de nosotros, pensamos que no nos atañen y no tenemos responsabilidades.

¿Acaso las fronteras valen más que la unidad y la dignidad del género humano? Un mundo que vemos tantas veces hipócrita y pecador, que celebra la apertura del muro de Berlín ,y en cambio, refuerza más cada día sus muros frente al Tercer Mundo, frente a los pobres y excluidos del desarrollo. ¿Cómo decir que ya no hay pecado? ¿Por qué tantos miran para otro lado, para no ver la realidad? No, amigos, tenemos una tarea, y muy seria, que nos ha encomendado Dios y Jesucristo.

Resulta hoy sorprendente la página de Isaías que tenemos en la primera lectura, en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, no de hombres sin nombre ni rostro.

El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de recorrer respondiendo personalmente a esa llamada personal. Contagiados por esa masificación ambiental en la que estamos inmersos, hemos caído también en el mismo estilo al relacionarnos con Dios.

Hoy, según la página de Isaías, nos encontramos frente a frente con una llamada personal, directa, con un camino que sólo cada uno de nosotros debe recorrer, con un Dios que espera una respuesta que sólo cada uno de nosotros puede dar. Hoy nos encontramos con un reto personal que tenemos que resolver individualmente y que nadie puede resolver por nosotros.

Alguien dijo, con cierta razón, que: “de Cristo no somos reflejo, porque Cristo quiere ver su retrato en cada discípulo, y muchas veces no lo ve”. Cada cristiano, cuando mira con los ojos del Bautista, está llamado a reproducir la imagen de Jesús en sus palabras, obras y actitudes. Es interpelado a ser como aquella cámara fotográfica que dispara su flash para no perder detalle.

Malo será, que sometidos a tanto activismo y relativismo moral, cuando no evangélico, dejemos pasar de largo detalles que en Jesús fueron esenciales para entender el por qué de su venida a nuestro mundo. O que, incluso, por la presión de ciertos intereses o lobbies, pasemos por alto aspectos fundamentales para la vida de un creyente porque, entre otras cosas, fueron también decisivos en la vida de Jesús.

En la trayectoria de Juan Bautista, encontrarse con Jesús, supuso un motivo de admiración y de humildad. Cuando uno, fija sus ojos en Cristo, siente que su vida está llamada a la transformación y al cambio. Muchos modelos nos ofrecen el disparatado y loco escaparate de la sociedad que nos toca vivir. Lo malo, no es que existan, lo triste es el pensar que muchos cristianos confunden el “ESTE ES” (de Jesús) con el “ESTO ES” (de la pura zafiedad, vacío y sin sentido).

Conocer a Dios es sumergirnos en sus entrañas. Tener experiencia de su presencia y, por lo tanto, fecundar toda nuestra vida con su Palabra y su soplo divino. ¿Qué ocurre entonces? Pues que, tal vez nos hemos hecho una idea de Dios, que no corresponde con la que Cristo nos muestra con su vida.

En cuántas ocasiones, ante un amigo, hemos exclamado: ¡Cuánto me alegra el haberte conocido! ¡Qué fortuna tengo al tenerte como amigo! Esa es, entre otras por supuesto, la asignatura pendiente de todos los cristianos: conocer, sentir y amar a Dios con todas nuestras fuerzas y sin medida. Y, a continuación, tenerlo como el mayor capital en nuestro vivir. Que sea el centro de nuestro vivir y de nuestro pensar.

Dios, que se nos ha revelado humildemente en Belén, está al alcance de todos aquellos que intentan buscarlo con toda sinceridad desde el corazón y con el corazón.

Es en la intimidad y en la oración donde el Señor se nos muestra tal y como es: con amor. Es en la búsqueda, como lo hicieron los Magos, donde encontramos un sendero marcado por la luz de la estrella para dar con Jesús. Es en el desprendimiento –como lo hicieron los pastores- donde damos muestras de que, el Señor, ha tocado lo más hondo de nuestras entrañas y lo ponemos en el lugar que le corresponde: en el todo de nuestro existir. Es en la tiniebla y en el poder, como aconteció en el pensamiento de Herodes, donde se encuentran los mayores escollos para no arrodillarnos ante el Señor.

Para ello ha venido: para amar y ser amado. Para conducirnos y seducirnos con palabras y con una vida de ternura y de comprensión. Acompañemos ahora a Aquel que, más que hablar, nos mostrará con su ofrecimiento personal y radical vida lo que vale el amor de Dios.

Para eso….ha venido y para eso ha nacido. ¿Nos atreveremos de verdad a conocerlo y lo pondremos a mandar en nuestras vidas?

 

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