Ecos del Evangelio

11 diciembre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO III DE ADVIENTO CICLO B 2020

 

Estamos en el tercer domingo de Adviento, conocido también como Dominica Gaudete = domingo de la alegría, porque el Señor está cerca. Y en este domingo hay dos actitudes que definen el mensaje de la Palabra de Dios: coherencia y la otra, precisamente la alegría. Pero para experimentar la alegría verdadera, se ha de ser coherente, en la vida, y en el ser cristiano. Una vez más hoy, el Bautista a escena. Esperemos que una vez mas su predicación NO se quede en nada.

 

«Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor». Juan fue sin duda la verdadera voz que entonces necesitaba el mundo para la llegada de Cristo. ¡Y que voz amigos! ¿Como es posible que el Bautista no impresione hoy ni si quiera a muchos cristianos? ¿No será que por las exigencias que planteaba: austeridad, sencillez, coherencia y verdad, no están muchos cristianos y jerarquía dispuestos a pasar?

 

¡Cuantas voces nos inundan!

 

Voces que «gritan», en las calles, en los mítines, en los medios de comunicación, pero lo único que hacen es eso, gritar, dejando de lado el sentido común, la responsabilidad y la verdad. Y sí, alentado la mentira, el sinsentido y la irresponsabilidad -y a la que muchos y cristianos- por desgracia se apuntan sin ningún pudor.

Voces que obligan a comprar aquel producto aunque no sea necesario; a no dejarse escapar aquella ocasión; a moverse en contra de alguien porque no piensa como yo; a adoptar eslóganes; a la imposición; a aceptar mentiras «institucionalizadas»…

Voces que retumban para que vayamos detrás de la ambición, del éxito, del ocio, de la violencia, del confort, del placer, de la astucia, del cálculo… Con este panorama de degradación, de degeneración y de destrucción, se entiende que la voz del Bautista moleste y hasta se la quiera silenciar.

 

Pues el mensaje del Bautista sigue siendo mas actual que nunca:«Allanad el camino del Señor». Porque por el camino de la avidez, del egoísmo, de la «teatralidad», del engaño, de la mentira, de la imposición, es imposible encontrar a Dios, ni tampoco lograr la dignidad de la persona humana.

 

La verdad hay que decirla, independientemente de la acogida que tenga. Sí, ya sé, que te ponen en la diana, pero ¡Qué bajo han caído, los que no tienen argumentos contra la verdad y se dedican a amenazar y violentar, a matar al mensajero!

El verdadero seguidor de Cristo, es decir el profeta, no es uno que se plantea si su predicación va a tener éxito o no, si vale la pena hablar o compadrear con lo establecido. El testigo auténtico sabe que aquella palabra, impopular e incómoda, no puede reservársela, Cristo se la ha confiado para que la «grite», no para que la ahorre en aras de las conveniencias, de las comodidades, y para no molestar a los marajás e instalados.

 

No es cosa del profeta valorar si su voz solitaria cambia algo. Su misión es proclamar y dar testimonio de la luz. Muchos, pueden continuar tomándose en serio las voces del circo, de la vanidad, de las modas, de las mentiras, de las comodidades, aun a costa de perderse lo esencial que es la Eucaristía. Pero es importante que alguien advierta que el camino es equivocado, y que hay que desandarlo si se es honrado.

 

 

Y la segunda palabra decía al comienzo es, ALEGRÍA. Hoy se nos ha proclamado todo un pregón de alegría. El profeta Isaías pone en boca del futuro Mesías, un canto optimista, lleno de imágenes poéticas: «desbordo de gozo en el Señor, me alegro con mi Dios», «como un novio que se pone la corona, como una novia que se adorna con sus joyas…» ¿A quién de nosotros se le hubiera ocurrido comparar al Mesías con un novio o una novia con flores en el pelo, con joyas en los vestidos de fiesta? Y sin embargo es así como nos lo anuncia el profeta. Y es así, como al mismo Jesús le gustaba presentarse: como el novio y el esposo.

 

Mientras que muchos se imaginan al Salvador enviado por Dios como a un Juez riguroso, como un predicador de desgracias, o un aguafiestas. Las palabras que hoy hemos escuchado las leyó el mismo Jesús en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, y predicó sobre ellas: «me ha enviado Dios para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos».

 

¿Qué anuncio podríamos imaginar con más carga de alegría? El evangelio, más que una lista de deberes, o de pecados a evitar o de exigencias, es una Buena Noticia, es una invitación a una fiesta a un banquete.

Donde hay un entrante: la pobreza
Tres platos suculentos: sencillez, humildad y amor.
Y un postre que remata el menú: la alegría sin fin. Por eso no es extraño que Pablo nos haya insistido hoy: «estad alegres, y dad gracias en todo momento». ¿Quién puede rechazar este banquete? Sólo quien tiene un corazón ruin y se dedica a sembrar la discordia y el mal.

 

Coherencia y Alegría. Nuestro mundo de hoy necesita en verdad las dos llamadas: a la coherencia y a la alegría. Es normal que haya gente que no quiera abrirse a esta luz que nos trae alegría y coherencia. ¡Cuántos corazones al engaño de otras luces, acostumbrados a la penumbra o temerosos del día, permanecen cerrados a cal y canto! No necesitan la luz, eso creen: tienen bastante con el brillo de las monedas, o con el calorcillo del placer, o con el corto candil de su egoísmo, o al abrigo de la mentira o del borregismo. La vida de gente así no desemboca, está claro, en la alegría, aunque aparenten lo contrario.

 

Pero los que han abierto los oídos al anuncio de Juan, quienes han abierto sus puertas para que la luz de Cristo les llegue hasta el alma, hasta los más escondidos rincones donde mora el miedo, donde la muerte campa a sus anchas, ¿Cómo no van a saltar de alegría?; ¿Cómo no va a notárseles el gozo en el brillo de los ojos, en el latir de su corazón, en la manera de trabajar, de amar, incluso de sufrir?

 

Cerca ya de la Navidad, es bueno, desde luego, que todo cristiano se ponga el termómetro de la alegría y de la coherencia Y que obre en consecuencia. Tenemos que saber darnos respuesta a nosotros mismos, para llevar una vida que bien sabemos -que muchas veces- no es cristiana a la manera que Cristo nos pide. Y sólo así daremos respuesta al mundo de hoy. Y lo que digo de cada uno, lo digo de la Iglesia.

 

La Iglesia tiene que ir encontrando, cada vez más, caminos de testimonio en favor de los hombres más pobres, de los países más pobres, de las razas más desheredadas, de los que viven en la indignidad. No se puede ser neutral con el evangelio. Una «Iglesia triunfal y sin molestar» no será nunca la verdadera respuesta. La respuesta será siempre la de Jesús: «evangelizar a los pobres», hacerse pobre con los pobres, poniendo junto a ellos nuestro propio desvalimiento. Y denunciando toda indignidad.

 

Quizás a veces nos hagamos otra pregunta: «Iglesia, ¿Eres tú el signo de que ha venido Jesús?». Es una buena pregunta, con tal de que no sea una excusa para nuestras propias deficiencias y excusas. La Iglesia que anuncia o deja de anunciar la buena nueva, soy yo, y tú, allá donde estamos y vivimos, porque quizás por nuestra culpa, por no tomarnos a Cristo en serio no se ve la presencia de Dios.

 

Los hombres de hoy, muchos, no verán en persona a Cristo en la Navidad. Pero sí verán a la Iglesia, es decir, a nosotros. ¿Se enterarán del mensaje de alegría y de coherencia que Cristo nos trae? ¿Nos distinguiremos en algo en la celebración de la Navidad con respecto a los que no creen? ¿Seremos nosotros precursores y profetas que saben gritar con oportunidad y claridad la Buena Noticia de Cristo en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la política? ¿Habrá más luz, más amor, más esperanza junto a nosotros? ¿O seguirán muchos en lo que están?: en la apariencia, en el seguimiento de la mentira que por mucho que se repita sigue siendo mentira; en el desprecio de los que no piensan como ellos; en la doce vita, etc.

 

Amigos la Navidad no se prepara con un maquillaje de buenísimo por unos días. Sería hermoso que a partir de esta Navidad, sí se notara que soy cristiano.

 

Pues se notará, si pongo coherencia y alegría en mi vida cristiana.

 

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