Ecos del Evangelio

15 diciembre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO III DE ADVIENTO CICLO C 2018

¿Qué tenemos que hacer?

 

 

¡PERO MIRA QUE ES PESADO Y MOLESTO ESTE JUAN EL BAUTISTA, DIRÁN ALGUNOS! ¡OTRA VEZ DICIENDO SIN AMBAGES LO QUE HAY QUE HACER PARA RECIBIR AL MESÍAS!

 

La figura de Juan Bautista, a las puertas de la Navidad, nos puede ayudar a no errar el camino. No nos hagamos falsas ilusiones: es preciso una preparación que conduzca a una auténtica conversión. También nosotros debemos preguntarnos: ¿Qué hemos de hacer? Seguramente la respuesta será también distinta para cada uno, pero ha de estar en la línea de la tarea que el Señor viene a realizar. Se trata de crecer en nuestro camino de fidelidad a Aquel que esperamos. Se trata de decidirse a luchar en nuestro interior contra aquellas actitudes y tendencias que impiden que acojamos de verdad a Cristo.

 

Y ante la tremenda sinceridad de la pregunta: “Entonces, ¿qué hacemos?” No menos contundente y clara es la respuesta que da Juan el Bautista. Y que nadie puede decir que no entiende. Yo de lo que me sorprendo es que después de 2000 años, todavía hay muchos cristianos que se preguntan que tienen que hacer.

 

No se trata sólo de pensar, ni de tener buenas intenciones, sino de hacer. ( y lo he repetido varias veces) La esperanza nacida de la fe en Jesús no es solo una cuestión de mirada, de ojos nuevos, sino sobre todo de manos nuevas, de corazón nuevo y compromiso por el evangelio.

 

La fe cristiana, como esperanza del futuro, no puede servir de coartada para evadirse de la realidad del presente y contentarse con unos ritos y rezos intimistas. Hay que actuar, comprometerse, moverse en la dirección que nos dice el Bautista y el Evangelio. No se puede seguir mareando la perdiz, por parte de muchos cristianos.

 

El Bautista cree que las cosas pueden y deben cambiar (y yo también). No le cortaron la cabeza por ser un predicador abstracto e intimista, sino por anunciar lo que se debe hacer y por denunciar a tanto hipócrita y fariseo que compatibiliza el seguir a Cristo con el sillón de la poltrona, o la actividad de la apariencia.

 

El Bautista anuncia con fuego la llegada de lo “nuevo” y denuncia todo lo que suena a instalación, rutina y tinglado. Y esto último debe ser quemado. El seguimiento de Jesús se hace mediante la solidaridad y el compromiso con los hermanos más necesitados, porque la esperanza cristiana, para que no sea un ídolo, ha de encarnarse en la realidad concreta.

 

La tentación siempre acecha: el creyente puede convertir la esperanza en una fábrica de ilusiones vanas. Entonces elabora sueños que son simplemente huidas de la realidad. Pero cuando rezamos “venga a nosotros tu reino”, ¿que pensáis que expresamos solo un deseo? No, no, es todo un compromiso en el que debemos poner cada uno nuestro esfuerzo para que se haga realidad.

 

La esperanza cristiana es preferible que se equivoque a que quede paralizada.”Quiero una Iglesia accidentada antes que enferma”, dice el Papa. Es más deseable que nuestro sudor se mezcle con el de los hombres que empujan la historia, que permanecer al margen con las manos limpias. “Hay que oler a rebaño y no a moqueta”

 

¿Entonces como se concreta ese, ¿qué tenemos que hacer? Pues muy sencillo

 

*1-) “El que tenga dos túnicas…”: Convertirse al evangelio, responder al anuncio de la venida del Señor, es algo tan concreto como dar una túnica al que no la tiene; o compartir lo que cada uno pueda, para que haya igualdad entre unos y otros.. “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene”. La conversión no es un deseo o una voluntad que se queda en el corazón, sino que se expresa y se realiza como acercamiento a las necesidades del prójimo(sean materiales o espirituales)

 

*2-) A los publicanos o cobradores de impuestos, representantes de la administración pública, Juan Bautista les dice que no cobren más de lo que es justo. Y a los soldados que no hagan extorsión a nadie, ni se aprovechen con denuncias, y que se contenten con la paga. Son tres ejemplos que bien podrían aplicarse hoy a nuestra sociedad: ¿Hay algo más urgente en España, y no sólo en España, que nivelar y compartir, que acabar con las desigualdades, que repartir el trabajo y el fruto del trabajo, para que cada ciudadano tenga su túnica y su dignidad?
¿Y qué decir de la corrupción? De los que a través de ella privan de lo más imprescindible a los necesitados? Y lo mismo de los mandatarios, que deben estar para servir a la sociedad y no para aprovecharse de ella y llevárselo crudo “No hagáis extorsión a nadie”, no os aprovechéis de la fuerza”

 

*3-) Hagamos un mundo más humano: Este mundo no es el reino de Dios sino el reino del egoísmo. Este mundo no acaba de ser bueno, porque no es bueno para todos, porque no hay igualdad, ni fraternidad, ni libertad, porque mucha gente va a lo suyo y el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre.

 

Los cristianos no estamos en este mundo para ganarnos el cielo, sino más exactamente para hacer que este mundo sea más humano y más conforme a la voluntad de Dios. Para que este mundo sea ya un trocito de cielo. Porque no solo estamos de paso por el mundo, sino que llevamos con nosotros el mundo, a espaldas de nuestra responsabilidad, y no podemos llegar a la presencia de Dios y entrar en su reino si no llevamos con nosotros el mundo que Dios nos ha confiado.

 

¡ES QUE ESTE JUAN SE PODÍA HABER QUEDADO CALLADITO, PODRÁN PENSARAN MUCHOS, Y ESTE CURA TAMBIÉN! PUES GRACIAS A DIOS NO SE QUEDÓ, NI YO TAMPOCO ME QUEDO.

 

Es evidente que impresionaba Juan. Impresionaba su figura: austero y severo, «alimentándose con saltamontes y miel silvestre, vestido con una piel de camello ceñida a la cintura». Impresionaba también su personalidad: «No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano», le decía sin miedo a Herodes, pasara lo que pasara. Y Jesús afirmaba de él que «no era una caña agitada por el viento, ni un hombre ricamente vestido», sino «el hombre más grande nacido de una mujer». Impresionaba igualmente la claridad con que seguía su vocación: «Yo soy la voz que clama: preparad los caminos del Señor; enderezad sus sendas». Y eso es lo que hacía en su profetismo: lanzar limpiamente su mensaje de conversión desde su «voz» y desde su «testimonio».

 

Pero hay algo que aún impresionaba más: la «concreción» de su mensaje. Ya que «no se andaba por las ramas». El eslogan de Isaías lo desmenuzó en programas prácticos, urgentes y concretos, acomodados a cada situación de la vida: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga comida, lo mismo». A unos publicanos, les dijo: «No exijáis más de lo establecido». Y a unos soldados: «No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias».

 

Y es que Juan tenía prisa. Era partidario de «no dejar para mañana lo que se puede hacer hoy». Era consciente de que la implantación del Reino no podía hacerse ni con teorías ni con cataplasmas, sino con compromiso.

 

El que tenía que venir-Cristo- diría más tarde: «No se puede poner un paño nuevo sobre un vestido viejo, porque tirará de él y lo romperá». Y eso es lo que trataba de recomendar Juan. Por eso predicaba una conversión personal.

 

Que consistía primordialmente en un cambio radical de «mentalidad» y, consecuentemente, en un cambio de «actitud» ante los problemas.
Hoy día muchos hablan de «cambiar las estructuras», porque en ellas existen: opresión, injusticia, explotación, marginación, consumismo aberrante… Pero todo ese anhelo se queda en música celestial, si cada uno no trabaja por liberarse de sus propios pecados.

 

Los grandes «pecados de todos» suelen terminar siendo «pecados de nadie». Muy bien sintetizó aquel que dijo: « ¡Mal de muchos, consuelo de tontos!» O de «listos» diría yo. Porque suele ser los «listillos» los que se lavan las manos como Pilatos. Es como si volvieran a repetir: “Allá vosotros, yo soy inocente de la sangre…, no he hecho ningún mal”. No claro, pero no haces el bien que puedes hacer y que tu sabes que puedes hacer.

 

Vivimos en una curiosa paradoja: cuando se trata de «derechos», se calcula al máximo lo que nos corresponde percibir: «Esto, y esto, y esto, más el IVA». Pero cuando se trata del compromiso, del testimonio para que el Reino de Dios se haga presente, entonces se hace uso de un lenguaje ambiguo, insípido y fofamente grandilocuente que, pretendiendo decir mucho, resulta que no dice nada: “Hay que hacer y mucho… Convendría que se fuera pensando…Vamos a crear una comisión”

 

¡Bendito seas Juan! ¡Juan el de la pelliza y la voz recia! ¡Juan el del vivir austero y el testimonio hasta la muerte! ¡Personaje antípoda de una caña agitada por el viento! ¡Ahora que llega la Navidad, con los despilfarros y los consumismos escandalosos, deberías volver a explicarnos algunas cosas! ¿No crees?

 

Dime, le pregunto yo cada Adviento a Juan ¿Cómo decir la verdad, siempre y sin molestar? Y Juan siempre me responde lo mismo: Es imposible, tú di la verdad del evangelio moleste a quien moleste y si te cortan la cabeza, pues no has hecho nada extraordinario, sino que habrás cumplido la misión para la que te llamó Cristo.

 

Pues en eso estoy, prefiero como maestro a Juan el Bautista que a tantos Pilatos o Judas Iscariotes que siguen reproduciéndose por desgracia y lo más grave, dentro del cristianismo.

 

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