Ecos del Evangelio

14 marzo, 2020 / Carmelitas
DOMINGO III DE CUARESMA CICLO A 2020

«YO SOY EL AGUA VIVA»

 

¡Ay el agua que bebía la samaritana, que apetecible era y es para muchos también en la actualidad!! Pues ante eso, Cristo: «YO SOY EL AGUA VIVA».

 

« ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed…?» Poco faltó para que apedrearan a Moisés. Y fue el enfrentarse a esa misma clase de sed, la que llevó a Jesús a romper las normas sociales que le prohibían hablar con una mujer en la calle, por eso le pidió un poco de agua para beber. Pero a primera vista, la mujer se negó a darle agua a Jesús, porque era un enemigo, un odiado judío. Entonces Jesús comprendió toda la hondura de la sed de aquella mujer: mientras una sed, la del cuerpo, la saciaba con agua del pozo, la otra sed, la del espíritu, la saciaba con el odio y el resentimiento.

 

Esta mujer es el símbolo de tanta gente, que sacia su sed con aguas engañosas y falsas, y el resultado es tener aun mas sed. Pero también es el símbolo de una religión cerrada en normas y requisitos, para que unos cuantos sigan anulando la libertad de la personas, inculcándoles miedos y castigos. En definitiva, la samaritana representa a toda esa gente superficial y vacía, que no le interesa más que el camino cómodo: «Dame de esa agua, así no tengo que venir aquí a buscarla.» Y Jesús le ofrece agua, pero otra agua, le ofrece un agua viva, y que engendra vida. El agua viva y para la vida, solo brota de un corazón sincero… Pero la vida de aquella mujer le impedía verse tal como era. Como tanta gente, que vive en una pura apariencia, porque no está dispuesta a cambiar sus esquemas instalados en la comodidad de un simple cumplimiento religioso.

 

Entonces es cuando intervino Jesús: «Vete y llama a tu marido.» La respuesta fue tajante: «No tengo marido.» Y Jesús felicita a aquella agresiva mujer porque, quizá por primera vez en su vida dijo la verdad. Reconoció que no tenía marido. Aunque vivía con un hombre que tenía apariencia de marido. También aquí el marido es un símbolo. «Marido» es aquello a lo que no pocos se acogen como refugio y negativa para cambiar. En otras palabras: la felicidad de aquella mujer, era totalmente artificial. Cuando fue sincera con ella misma, desnudó su corazón y reconoció la esterilidad de su vida, entonces ya estaba a un paso de la verdadera vida.

 

Lecciones que podemos extraer:

 

Primera lección: El primer paso para acceder a la verdadera agua de la vida, al autentico evangelio, es el de la sinceridad con uno mismo. Sin duda alguna, es un paso difícil, porque muchos se refugian en la mentira, las apariencias o el puritanismo para no cambiar y que todo siga igual. Y entonces se ponen las máscaras de aparente felicidad, enorgulleciéndose de las tradiciones, despreciando lo nuevo, e instalándose en una religión falsa. Y lo terrible del caso es que los que así actúan se creen sus propias mentiras.

 

«Todo va bien, aquí no pasa nada, no ha nada que cambiar»: frases que todos los días se oyen en personas y comunidades que no están dispuestas a cambiar y aceptar la novedad del evangelio. En el fondo, tienen miedo a la verdad. Es decir, creen que Dios se contenta con la apariencia de verdad. ¡Que chasco se van a llevar!

 

Jesús, una vez más, nos muestra al auténtico Dios: Dios felicita a cualquier persona, cuando se presenta como es y tal cual es. Profunda sabiduría la del Evangelio: Dios rechaza al supuesto justo que no quiere ver su interna corrupción, y ama al pecador que se muestra como pecador. Y ojala que ésta fuese la actitud y la pedagogía también de la Iglesia, en vez de infundir miedos y castigos. ¿Actuará la Iglesia alguna vez, como lo hizo Cristo con la Samaritana? ¿Cristo la increpó, la marginó, o la excluyó? ¡Ay cuantos se acercarían a la Iglesia si tuviera la actitud que tuvo Cristo!

 

Segunda lección: La samaritana, después de reconocer su «sed espiritual», parecía estar dispuesta a comenzar una vida nueva. Pero aún sus esquemas religiosos eran «viejos». Por eso le plantea a Jesús la gran cuestión que dividía a samaritanos y judíos: ¿Dónde se debe adorar a Dios? ¿En Garitzin, como dicen los samaritanos, o en Jerusalén, como sostienen los judíos? Es una concepción, también, enraizada incluso dentro del cristianismo, es una forma miope y pobre de entender la religión. Si Dios está fuera del hombre, en una montaña o solo en un templo, en un río o en una gruta, ese Dios está muerto, aunque tenga apariencia de vida por los ritos y el culto que se le rinda en el lugar sagrado. Y por ser ese Dios un ser muerto, está también muerto el culto que se le rinde, y muertos están sus adoradores.

 

 

Cristo le dice a la Samaritana y nos dice, que nos dejémonos de discutir si Dios está aquí o allí. Dios sólo busca la verdad del corazón del hombre, y todo culto que no nace de ese corazón verdadero, es un culto muerto. El Dios de la verdad y de la sinceridad sólo busca adoradores verdaderos y sinceros.

 

 

Tercera lección: El altar por excelencia, el altar que da la VIDA es el altar de la propia interioridad, que se presenta como es ante Dios. Dios no puede ser controlado, ni encerrado entre cuatro paredes. Dios se manifiesta en la misma vida del hombre. Si Dios tiene su altar y su casa en el corazón sincero del hombre, ¿Quién pondrá los límites?, ¿Quién levantará las fronteras?¿Quién condenará a los demás porque son distintos? ¿Quién puede quedarse tranquilo porque colocó su ofrenda en este altar o en el otro, cuando su corazón está lejos de Dios? ¿Quién puede decir que adora a Dios sólo porque sus labios pronuncian palabras «piadosas» o sus manos hacen gestos «religiosos», pero no se compromete con lo que pide el evangelio? Jesús no discute de religión con la samaritana. Jesús invita a un culto de vida.

 

Tanto el altar como el templo, como los ritos, no tienen valor por sí mismos, si no son expresión de una fe sincera. La Eucaristía, como nuestro culto a Dios, no debe ser por el templo, ni por el altar, ni por los rezos o los cánticos, sino porque nos queremos ofrecer a Dios con todo nuestro ser, tal como lo hizo Jesús en la cruz y como lo significó en la última cena al entregarse a los suyos: como un pan para ser comido. Si no hay cuerpo entregado, si no hay sangre derramada, no hay culto de verdadero.

 

 

Cuarta lección: La Samaritana «dejó su cántaro junto al pozo y fue a decirles a sus paisanos: Encontré a un hombre que me dijo todo lo que hice… ¿No será el Mesías?» Porque Jesús la miró en su interior y porque la urgió a mirarse tal cual era, por eso lo reconoció como Salvador. Y el pueblo creyó e invitó a Jesús a quedarse con ellos. Y escuchó su palabra de vida y creyó por esa palabra…Aquella mujer se convirtió en misionera del agua verdadera.

 

 

¿Pero, cómo, siendo como soy, me pides tú de beber, Señor?

 

Cuando mi vida es un cúmulo de contradicciones e incoherencias.

Cuando lo que busco es lo efímero y lo que me puede satisfacer en el momento. Cuando me siento tan a gusto en mi vida cómoda.

Cuando siento que no hay vuelta atrás en muchas de mis acciones.

Cuando me cuesta ascender por la escalera de la rectificación.

Cuando se me hace difícil curar partes de las dolencias de mis pensamientos. Cuando veo que es poco lo que te puedo dar.

Cuando me siento desnudo ante el espejo de tu palabra.

Cuando hasta se remueven mis entrañas por la frescura del agua que tú me das.

 

 

¿Cómo, siendo así, me pides tú de beber?

¿Cómo te dignas sentarte junto a mí, que tan poco, tengo que ver, contigo aunque lo aparente?

¿Cómo me hablas cuando sabes que es duro escucharte?

¿Cómo me invitas a ir al fondo de las cosas, con lo bien que se vive en la superficialidad?

¿Cómo tú, Señor, me ofreces lo que por miedo no me atrevo a beber?

 

 

Amigos, es inútil escudarse en argumentos teológicos cuando la vida está muerta. Jesús no le pidió a la samaritana que se hiciera judía-lo repito-. Le rogó que fuera sincera consigo misma en lo que estaba haciendo.

 

Ya sabemos por dónde hay que comenzar…por la sinceridad. Quien quiera seguir de verdad a Cristo o empieza por ser sincero consigo mismo o se estará engañando y perdiendo el tiempo.

 

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