Ecos del Evangelio

23 marzo, 2019 / Carmelitas
DOMINGO III DE CUARESMA CICLO C 2019

SOMOS TIERRA SAGRADA:
acompañar al otro con su cruz.

 

Hemos llegado prácticamente a la mitad del camino cuaresmal; un camino que nos pide examinarnos en el amor y hacer una conversión interior; un camino que no es fácil, pero que siempre nos sabemos acompañados y fortalecidos por el Señor.

 

Y es precisamente la Liturgia del día de hoy la que nos hace reflexionar sobre esta compañía, y la necesidad e importancia de la misma, ya que no podemos caminar solos, ni a merced de interpretaciones personales, buscando un Dios a nuestra medida, que cumpla con nuestras peticiones y deseos.

 

Las personas somos seres sociales por naturaleza, y la compañía y el amor de los nuestros nos ayuda a crecer y a desarrollar nuestra propia persona, porque el mundo digital nunca podrá sustituir la sensación de un abrazo, un beso o una mirada, ni aunque haya cientos de emoticonos, imágenes, audios o vídeos que intenten expresarlo. Nada como el encuentro cara a cara, como lo experimentó Moisés al ver la zarza ardiente, y cuya vida, ya no fue nunca la misma:

 

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.»
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés.» Respondió él: «Aquí estoy.» (cfr. Ex 3,1-8a.13-15):

 

La figura de Moisés en éste pasaje bíblico concreto, nos enseña que es necesario desarrollar nuestra capacidad de observar para poder descubrir aquello que los demás necesitan, esa zarza ardiente que no se consume, y que está ahí, latente, pero que a veces los consume por dentro.

 

Y precisamente por esto, los consagrados, por esta vocación a la que el Señor nos ha llamado, debemos tener los ojos bien abiertos y todos nuestros sentidos atentos para responder a los “signos de los tiempos”, para saber cómo acompañar, porque los otros siempre son tierra sagrada ante los cuales hay que descalzarse, pero primeramente, hay que reconocer también nuestra necesidad de ser acompañados, de saber quiénes somos y así poder responder confiadamente y con firmeza como Moisés: “aquí estoy”.

 

San Pablo nos dice en la Primera carta a los Corintios (10,1-6.10-12):
«No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo.»

 

Nadie de nosotros ha estado ni estará exento de “pasar por la nube y atravesar el mar”, es decir, de pasar por momentos oscuros, de turbación, de dolor, de confusión, pero que es necesario pasar por ello, para reconocer nuestras miserias y limitaciones, y aprender que aunque el camino no es fácil, si se va acompañado se puede hacer más llevadero. Pensemos nuevamente en la figura de Moisés, por ejemplo, que elegido por Dios y fortalecido por Él, sacó al pueblo de Egipto y lo hizo pasar por el Mar, pero aún así esto no lo hizo solo, porque la Escritura nos da muestras de que muchas veces necesitó la ayuda, el consejo o la mediación de Aarón.

 

Si consideramos entonces que el acompañamiento en nuestra dimensión humana es importante, no debemos olvidar que es también necesario beber de la roca, y si la roca es Cristo, el agua que mana de la roca es el Espíritu Santo, el mejor acompañante espiritual y al que debemos encomendarnos para no errar en el camino, para que sea Él quien guíe nuestras decisiones y nos ayude a clarificar la confusión y dudas que nos vayan surgiendo durante ese proceso de ser acompañados y de acompañar.

 

Jesús les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.» (cfr. Lc 13,1-9)

 

El Evangelio nos da también tres claves importantes para este acompañamiento: la comprensión, la paciencia y la constancia, tres virtudes que el viñador (acompañante) tiene que poner en práctica para que la higuera (acompañado) pueda dar fruto.

 

La comprensión

Santa teresa Benedicta de la Cruz, (Edith Stein), en su obra Sobre el problema de la empatía, nos dice:
«El conocimiento de la vivencia ajena contiene la tendencia al sentir con el otro, como si dijéramos que el hacerse cargo de la tristeza de alguien conduce, de por si, a sentir en uno mismo la tristeza que al otro embarga».

 

Es decir, empatía significa tener la capacidad de sentir como propia la alegría, la tristeza, etc. que la otra persona está viviendo en su interior, para comprenderlo mejor. Es adoptar la “actitud del Cirineo”, es decir, ayudar al otro a cargar con su cruz, que nunca será la nuestra, pero ayudándole a cargarla comprendemos mejor el peso que lleva a sus espaldas.

 

Este modo de “ponernos en los zapatos del otro” nos ayuda también a que nosotros nos situemos en una perspectiva más allá de nuestro propio Yo, y a no hacernos prejuicios del otro.

 

La paciencia

El viñador intercede por la higuera para que ésta pueda ser cuidada y abonada y así pueda tener las “herramientas/medios/posibilidades” para dar fruto. El acompañante ayuda, enseña, guía a la persona, le puede dar los medios para enfrentar su situación, pero no puede hacer que dé fruto como por arte de magia. Con paciencia, se puede lograr mucho, no pretendamos obtener resultados rápidos, porque todo necesita tiempo, y con más razón los procesos humanos. Ah, y tampoco olvidemos encomendarnos a la guía del Espíritu Santo, para que también nos colme de paciencia, y no de mediocridad.

 

La constancia

Para ser constantes, hay que tener paciencia. El viñador quiere esperar un año para trabajar la tierra y cuidar la higuera, procurando que tenga los nutrientes y condiciones adecuadas para dar fruto; pero sabe que durante ese año habrá condiciones climáticas que él no puede prever o evitar, y por tanto, debe tener paciencia y esforzarse para no dejar que la lluvia o la sequía arruine la higuera. Debemos determinarnos con firmeza a trabajar por esa conversión en nosotros, y trabajar por alcanzarlo. Eso sí, es necesario poner metas fijas, como en el caso del viñador, que se propuso un año, pues hay que hacerlo, cada día, no importa si hoy no logré algo que me propuse, mañana puedo volver a intentarlo, pero no dejar. En este aspecto, como en los demás, la constancia, la paciencia y la comprensión la deben adquirir tanto el acompañante como el acompañado.

 

El Señor desde la Creación, dio al hombre una compañía, porque «no era bueno que éste estuviese solo» (cfr. Gn 2, 18). Trabajemos, pues, este camino de conversión, confiados en la ayuda del Espíritu Santo, poniendo manos a la obra y dándonos la oportunidad de dejarnos ayudar por los otros, de los cuales podemos aprender mucho, pero también esforcémonos por poner más atención a nuestros hermanos y hermanas que tenemos cerca, a la vecina de los pisos de enfrente, a los que acuden a nuestras casas a Misa, a las personas que trabajan en nuestros apostolados, que pueden estar necesitados de nuestra cercanía, desde nuestra escucha, con nuestra comprensión, con nuestro cariño, con nuestra amabilidad, etc.

 

No dejemos pasar las oportunidades de hacer algo por nuestros hermanos y hermanas, no pasemos de largo ante la zarza ardiente de la pobreza, de la soledad, de la injusticia, de la indiferencia.

 

 

Hna. Martha González Cabrera CSJ

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies