Ecos del Evangelio

25 abril, 2020 / Carmelitas
DOMINGO III DE PASCUA CICLO A 2020

 

Después de la muerte de Cristo, los discípulos comienzan a ir por la vida desilusionados y de vuelta de todo: “No vale la pena quemarse por nada ni por nadie. Es mejor volver al realismo del día a día, del que tiene los pies en tierra. Dejemos a los ingenuos que se preocupen por los demás y pongámonos nosotros a solventar los propios problemas. Si no lo hacemos así, nadie lo hará por nosotros” ¡Basta de ir por la vida como si Dios no contara, o sólo acudir a Él cuando nos aprieta el zapato! ¡Si basta de llevar una vida como la de antes del confinamiento! ¡Basta de creernos lo que NO somos, ni nunca hemos sido, ni nunca seremos! ¡Estamos haciendo el primo!

 

Haber cando nos enteramos de que Cristo nos da, lo que nadie nos ha dado, ni nadie nos dará jamás: que gozo el poder darnos a los demás; la sorpresa de que entregándonos al prójimo es uno el que más recibe mientras más da… El saber que ya uno no está solo, que unidos se multiplican las fuerzas; que cuando la comunicación es profunda el amor brota como algo natural; que el creer en Dios y saberlo junto a nosotros es una alegría… En fin, por un tiempo sentimos eso de que la vida vale la pena, que estábamos haciendo algo decisivo y que es verdad que sólo el amor es digno de crédito…, pero…. nos ha arrastrado de tal manera esta manera de vivir y nos hemos apuntado a ella con o sin conciencia, que vamos sin rumbo. ¿Servirá de algo la visita de este bichito que nos mantiene en casa?

 

Este diálogo de dos hombres tristes, de dos personas desilusionadas. Esa conversación de dos que quieren borrar de sus mentes una enorme catástrofe y van a ahogar sus penas en la tranquilidad de un cálido Emaus, es la historia mil veces repetida de quienes dejaron -y tal vez no sin razón- un camino comenzado junto a Jesús, en la generosidad y en la seguridad de que algo nuevo nacía que cambiaba sus vidas para siempre. Pero el mal ejemplo de los dirigentes o la falta de perseverancia en el amor con todas las consecuencias, les llevó a abandonar.

 

Amigos, Cristo sale a nuestro encuentro también y sobre todo en estos momentos que vivimos. Volvamos a recuperar lo esencial y no nos metamos a redentores. Acallemos la mortal tristeza del corazón y marchemos por la vida con los ojos bien abiertos y llevando al día las cuentas. A todos los que están así, ya de vuelta de todo, me dirijo, en nombre de Dios: También en el fracaso está Jesús como compañero de camino y no precisamente para recriminarnos nada, sino para acompañarnos, para darnos la mano. ¿Lo entenderá esto tanta gente después de salir del confinamiento?¿Lo entenderá tanto fariseo que aun pulula dentro de la Iglesia? ¿Entenderán que se trata de acompañar y no de lapidar a la gente?

 

El camino de Emaús es el camino del desencanto, de la evasión, de los recuerdos tristes. El camino de Emaús es el camino de los que esperaban.

 

«Nosotros esperábamos». Son los que conjugan en pretérito el verbo esperar. Nosotros esperábamos «que él fuera…, que él librara a Israel…».

 

 

Hoy, estos discípulos tienen cantidad de imitadores, son incontables los que andan por el camino de Emaús, quizá el más frecuentado.

 

Emaús es hoy cambiar a Cristo por el chalet, la playa, la excursión, la discoteca o el fútbol.

Emaús es hoy la abstención, el desencanto, el pesimismo, el narcisismo, el refugio.

Emaús es hoy el espiritualismo evasivo, el tradicionalismo a ultranza, la búsqueda de seguridades.

 

 

Esperábamos que se lograra un mundo más justo.

Esperábamos que el desarrollo económico nos hiciera felices y se acabara la pobreza.

Esperábamos que el desarrollo cultural nos hiciera más humanos.

Esperábamos, pero todo sigue igual o quizá peor.

Esperábamos que el Concilio renovaría a la Iglesia.

Esperábamos que el laicado llegaría a la mayoría de edad; que la Iglesia toda fuera profecía de futuro; que la jerarquía regresara al evangelio del cenáculo. Pero aquello ¡fueron esperanzas de los años 60!

Esperábamos que el ingreso en Europa acelerara la construcción de la «casa común»; que la mejora económica del país acabaría con el paro y la pobreza; que la tolerancia política haría imposible el terrorismo y los enfrentamientos desaparecerían. En fin, un mundo mejor, una sociedad más humana y fraterna. ESPERÁBAMOS .Es decir, la muerte de la esperanza.

 

Y por eso estamos en el disfrutar del momento y del instinto y olvidamos todo lo demás. Y se presenta Cristo-para quien lo quiera recibir- en medio de tanto desencanto. Y nos dice: pero donde vais con esta vida que lleváis, necios y tontos! ¿Os servirá de algo positivo la pandemia?

 

 

Si, ahora el Señor también nos pregunta sobre lo que hablamos en el camino, ¿qué podríamos responder?: Mira, Señor, hablábamos de las cosas que pasan. Hablábamos de la crisis, del confinamiento, de los ertes, de las hipotecas, Hablábamos de la dejadez de los mandamases de turno.

 

Hablábamos… y ahora estamos mudos. ¿Que cambio no? ¿Por que somos tan necios para no poner el evangelio como guía de la vida? ¿Por qué callamos cuando debemos hablar y hablamos cuando debemos callar y escuchar?
“Entonces Jesús empezó a abrirles los ojos, explicándoles las Escrituras, y empezó a hablarles al corazón” Qué bien encontrar en nuestros difíciles caminos a alguien que nos diga palabras de aliento y comprensión y nos acompañe. ¿No es hora ya de vivir más humanamente para ir siendo más divinos? ¿No es hora ya de dejar de mirarse el ombligo, también en el campo eclesiástico?

 

Que bien que esta crisis sirva también a la Iglesia, para que se deje tirar de las orejas por Cristo y vaya enterrando tanto modelito con recetas aprendidas como si fueran loritos. ¿Pero según el evangelio el clero no debe ser otro Cristo para quien necesite ayuda, consuelo, acogida, etc.? ¿Entonces por que en vez de llevar el mensaje del evangelio a todo el que va por algún camino de Emaus, se le da un recital de normas bajo pena de infierno si no se cumplen?

 

¡Que hay que dejarse de tanta normativa y pongamos en práctica el único mandamiento de Cristo: el amor! Y Cristo nos enseñará la necesidad de la cruz y el valor redentor del sufrimiento, camino necesario para llegar a la libertad y crecer en el amor. Y nos dirá que hay que volver al camino del respeto, del compromiso, del sacrificio y de los valores espirituales, porque sin todo eso no hay ni persona, ni familia, ni sociedad. Nos dirá que no todo es camino de rosas. Hay que trabajar y luchar y sufrir mucho, si queremos que nuestra vida y la de todos terminen en Pascua.

 

-«Quédate con nosotros» Era y es una petición obligada, de cualquier persona con dos dedos de frente. Aquellos discípulos ya no podían estar sin Él. Tenía palabras de vida eterna. Sin Él todo resultaba vacío y triste. Sin Él, la noche se echa encima. Se quedó, y lo tenemos entre nosotros también hoy. ¡Pero lo hemos arrinconado con nuestra manera de vivir! Y hay que decirlo es de sonrojo, vergonzante. ¡Y que cada palo aguante su vela!
¿Y como notamos que está presente? Cuando se parte el pan. Cuando desaparecen los egoísmos. Cuando se comparte la amistad, es cuando se nos abren los ojos y podemos reconocer a Cristo. Es cuando de verdad Cristo se hace presente y nos devuelve la alegría, el entusiasmo, la esperanza. Es cuando los demás pueden reconocer a Cristo entre nosotros. A Cristo se le conoce al partir el pan, porque Cristo es pan que se parte y se reparte. Y se le conoce cuando uno se parte y se reparte al necesitado.

 

Estamos actualmente en el Emaús, del sin sentido y hay que volver a Jerusalén, es decir a llevar una vida en la que Cristo sea nuestro compañero de camino. El reencuentro con Cristo transformó a los discípulos en apóstoles. Ni un momento más en Emaús. Corriendo desandan el camino, porque hay una gran noticia que comunicar. El gozo les resulta incontenible.

 

¿Desandaremos también nosotros el camino de esta forma de vivir que teníamos hasta el confinamiento?

 

¡Pues venga, que ya se ha perdido bastante tiempo y además, muchas vidas! ¿Nos os parece que es hora de rectificar?

 

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