Ecos del Evangelio

14 abril, 2018 / Carmelitas
DOMINGO III DE PASCUA CICLO B 2018

 

QUÉDATE, SEÑOR

 

La reunión en la que se presenta por sorpresa Cristo, no podía estar más animada. Los de Emaús cuentan y no acaban. Cristo después de darles a los de Emaús por el camino una catequesis sobre el Mesías, con las Escrituras al fondo, se les ha manifestado de un modo familiar: “en el partir el pan”. Y, a pesar de sus palabras y de su talante optimista, alegre y entusiasta, los demás discípulos siguen tristes, cariacontecidos, desanimados.

 

La aparición de Jesús ni les da seguridad, ni les quita las dudas. Creen ver un fantasma. No se fían ni de ellos mismos.

 

Frente a esa actitud, por lo demás lógica, el Señor les va a ofrecer dos signos permanentes de su presencia, y lo que con ella quiere en sus Apóstoles y en todos nosotros.

-Primer signo: una comida fraternal . Es curioso lo que supone en la vida de Jesús la comida como signo de fraternidad, expresión de amistad y ocasión para comunicarnos su mensaje.

 

En una comida con publicanos y pecadores nos revela para quién ha venido.

 

En otra comida de cierto rango social acoge a la pecadora y la defiende, mientras que al anfitrión le pide a la mujer cuentas por no haber cumplido unas normas elementales de cortesía. En otra comida en casa de Nicodemo, a la que Cristo se invita, nos revela que con Él ha entrado también la salvación a aquella casa. En una comida singular -la cena última con los suyos- Jesús nos adelantará su entrega, la perpetuará en un sacramento, tendrá para con los suyos las más hondas expansiones y nos dejará aspectos fundamentales de su mensaje.

 

 

Y será precisamente en varias comidas, en las que Jesús se aparecerá a los suyos y los hará partícipes de su Resurrección, de manera que el propio Pedro lo recordará, años más tarde, en uno de sus sermones: “Nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos…”

 

Jesús en el evangelio de hoy, pide de comer para así fortalecer su fe, quitar sus miedos y traspasarles su paz. La sencillez, la cercanía, el diálogo, la fraternidad, son en Jesús -y deberían ser en nosotros- signos de una vida nueva. Y esas actitudes amigos, uno- yo como sacerdote- observo que faltan en muchas comunidades cristianas, parroquias.

 

-Segundo signo: apertura a la palabra de Dios. Es otra de las constantes de Jesús Resucitado con sus Apóstoles: abrirles el entendimiento para que comprendieran las Escrituras.

 

Le preocupa al Señor el que los Apóstoles encuentren sentido al pasado inmediato que tanto les afecta. Por eso tanto a los de Emaús en el camino, como a todos juntos en esta ocasión, “comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura”

 

Quiere que comprendan el significado de la Cruz, de su Pasión y de su Muerte. Quiere que comprendan que la historia de Israel, que es historia de salvación, pasa por la muerte del Hijo de Dios. Quiere que comprendan que el “fracaso” del Viernes Santo no es fracaso para la muerte, sino condición de Vida, “paso” necesario de este mundo al Padre para Él y para nosotros.

 

La gran lección que les da Jesús y que nos da a nosotros es que Él es el que da sentido a la Escritura y a la vida de cada uno de nosotros, que aun peregrinamos por este mundo y el que da sentido también al futuro de los que ya han partido de entre nosotros(a nuestros difuntos).

 

Hasta Él toda la Escritura fue preparación para su venida. Tras Él, todo será consecuencia de su Muerte y de su Resurrección: la paz interior a pesar de las contrariedades, a pesar de las enfermedades, y al final tras pasar por la muerte como Él, la vida eterna.

 

Y el gran signo, y el gran anticipo de esa amistad-amor infinito y de esa felicidad eterna es la Eucaristía ¿Y por que se la pierden tantos cristianos?¿Y por que la entiende muchos como un simple cumplimiento? Perdonarme pero ya es hora de sentir anhelo y deseo inmenso de la Eucaristía y dejarse de cumplimientos.

 

La Eucaristía (significada por la comida), la Palabra y el Perdón, ya no van a ser patrimonio de unos pocos, signos de distinción de un pueblo determinado. Jesucristo quiere que se prediquen a todos los pueblos y ésta será, desde ahora, la tarea de los Apóstoles.

 

En el Día del Señor, la Pascua semanal, todos juntos celebramos el Perdón, nos abrimos a la Palabra y ofrecemos al Padre el Sacrificio Eucarístico de Jesucristo Resucitado ¿Pero os parece poco?

 

Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad, se encuentra agobiada y hastiada. Hay muchas esperanzas, sobre todo las superficiales, que han hecho aguas. Y, esa decepción, se ha convertido en duda sistemática de todo y sobre todo.

 

¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo?

 

Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos.

 

Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes, sino para regresar de la desesperanza, de la rutina y del ir sobreviviendo.

 

Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. ¡Tal vez somos esos murciélagos habituados a la oscuridad –como señalaba recientemente el Papa Francisco- huyendo de la luz!

 

Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No esperemos signos extraordinarios. Nada y todo nos habla de Dios. Todo y nada nos muestra al Señor. No es juego de palabras y sí pura verdad. Sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaz de vivirlo intensamente.

 

 

VIVO ALARMADO, SEÑOR
Porque, sintiéndote vivo, no doy muestras de que vives en mí.
Te celebro cada domingo, y en cambio, dejo que duermas el resto de la semana.
Sigo escuchándote, y pienso que es cosa de los demás, el dar testimonio de Ti.

 

 

VIVO ALARMADO, SEÑOR
Pensando que mi fe, es para vivirla íntimamente.
Porque me centro en mí y te olvido a Ti
Olvido y no comento lo importante que has sido y eres en mí.
Confundo la paz con el mirar hacia otro lado.
Sigo buscando atajos falsos, cuando Tú me has mostrado el camino seguro.
No dejo que brote la alegría de mí Fe.

 

VIVO ALARMADO, SEÑOR
Porque siendo testigo de tu Reino, no me comprometo en su expansión.
Porque, aun conociéndote, hay veces que afirmo no conocerte.
Porque cuando Tú me necesitas, escapo de situaciones complicadas.
Por eso, Señor, porque respiro en una constante alarma: te pido que pongas calma en mi corazón; certeza en mis palabras; constancia en mis obras; luz en mis decisiones; fortaleza en mi testimonio de vida cristiana.

 

 

QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO
Que, si ahora todo es luz, sin ti y cuando te vayas, volverá a ser oscuridad.
Que, si ahora veo tu grandeza, sin Ti y cuando te vayas, sólo tocaré mi pobreza.
Porque, mis dudas con tu Palabra, se convierten en seguras respuestas.
Porque, mi camino huidizo y pesaroso se transforma en un sendero de esperanza, en un grito a tu presencia real y resucitada.

 

 

QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO
Que, contigo y por Ti, merece la pena aguardar y esperar.
Que, contigo y por Ti, no hay gran cruz sino fuerza para hacerle frente.
Que, contigo y por Ti, la sonrisa vuelve a mi rostro y el corazón a recuperar su vivo palpitar.

 

 

QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO
Porque, contigo, mi camino es esperanza.
Porque, contigo, amanece la ilusión.
Porque, contigo, siento al cielo más cerca.
Porque, contigo, veo a más hermanos y siento que tengo menos enemigos.
Porque, contigo, desaparece el desencanto y brota la firme fe de quien sabe que Tú, Señor, eres principio y final de todo.

 

Amén.

 

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