Ecos del Evangelio

17 abril, 2021 / Carmelitas
DOMINGO III DE PASCUA CICLO B 2021

 

Entrañable el evangelio de este 3º domingo de Pascua. Entrañable, porque quizá muchos se vean reflejados en él.

 

Como los de Emaús, mucha gente se siente agobiada y hastiada, desorientada y sin horizontes. Hay muchas esperanzas que han hecho aguas, y es debido a que esas esperanzas tenían los pies de barro. Esa decepción, esa frustración, ese desencanto, se ha convertido en muchos, en duda sistemática de todo y sobre todo. Y sucede, porque la fe si es fe, se vive, se celebra y se demuestra en las duras y en las maduras, y siempre unidos a la comunidad.

 

Los discípulos de Emaús estaban en una situación parecida; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Después de haber vivido una experiencia idílica con Jesús, vuelven a sus tareas, desencantados y sin muchas perspectivas. Y eso, les hace palpar su fragilidad, su orfandad y desesperanza.

 

 

¿Y por qué la situación de los de Emaús, se repite hoy día? Porque no dejamos a Cristo transitar y caminar a nuestro lado. ¿Es que no vemos que nos dibujamos un mundo a nuestra medida, sin trazo alguno de su resurrección? ¿Es que es normal pretender vivir la fe sin celebrarla? ¿Cómo queremos que el Señor se haga presente en nuestras vidas si no vamos a su encuentro en la Eucaristía? Además…. ¿Este bienestar que nos venden, de verdad nos llena, nos satisface, nos proporciona la paz interior que necesitamos?

 

Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que no solo son engañosos, sino ruinosos.

 

Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor, no para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes, sino por que Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna. Y nosotros seguimos huyendo cabizbajos, relegándole y prescindiendo de Él. Tal vez somos como esos murciélagos habituados a la oscuridad y ni nos planteamos salir a la luz. ¡Que pobre bagaje para ir por la vida, que pobre!

 

¿Tenéis algo qué comer? A los de Emaús, y a los discípulos, atormentados, temerosos o llenos de dudas, Jesús se les apareció para fortalecerles y abrirles los ojos en aquello que tanto insistió antes de su Pasión y Muerte: la Resurrección. Sus visiones posteriores, especialmente en la fracción del pan, no pretendieron otra cosa sino darles muestras de que Él era en persona.

 

De que todo lo anunciado se cumplía. De que, aquel Señor que había compartido con ellos confidencias y paseos, sufrimientos y alegrías, se presentaba en medio, ofreciéndoles lo que el mundo no da: paz. Desde entonces, cada domingo, para los cristianos -no solamente es el Día del Señor- es el momento en el que ponemos en paz todas las cosas: las de cada uno, las de los demás y las de todos con Dios.

 

¿Qué hemos hecho del domingo? Hasta que no nos planteemos esta pregunta y la respondamos con sinceridad estaremos en un sin sentido.

 

¿Qué hemos hecho con el Día del Señor?, para intercambiarlo por cualquier cosa o actividad y prescindir de él.

 

Muchos, y con razón, comienzan la semana diciendo: “estoy más cansado que el viernes”. Y es que, desde diversas vertientes, se nos insta a ensalzar aspectos deportivos, de ocio o de simple holganza, en detrimento del valor sagrado. ¿A qué se debe? Ni más ni menos que hemos olvidado lo que ha sido y sigue siendo algo sagrado de este séptimo día: además del descanso, el glorificar a Dios.

 

Hace, un tiempo, una campaña lanzada por la Iglesia de Norte-América sorprendía: “Es hora de volver”. Con ello, a través de la televisión, invitaban a los católicos alejados de la práctica dominical, a volver a la casa del Señor, a la Eucaristía, a la escucha de su Palabra. No, lo sagrado del domingo no es cuestión de modas, ni de gustos y apetencias personales, es algo fundamental y decisivo. Y hay que decirlo alto y claro. Y que queda palo aguante su vela.

 

Tal vez estamos en un momento, muy apropiado, para insistir primero en nosotros mismos, y después en los nuestros, en nuestras familias, a nuestros hijos o vecinos sobre una realidad: para que el Señor aparezca en nuestra vida cotidiana, tenemos que sentarnos de nuevo a escuchar su Palabra y comulgar con su Cuerpo. Y eso se llama: reconquistar el sentido cristiano del Domingo.

 

 

El Domingo, bien vivido y celebrado, es una posibilidad para encontrarnos frente a frente con el resucitado. Es un cauce para hallar la paz interior y exterior. Es motivo de fiesta y de alegría. Es decantar y expresar lo que la Pascua fluye por sus cuatro costados: la presencia de Jesucristo muerto y resucitado. ¿Nos damos cuenta que los primeros que están ensombreciendo el día del Señor, son los propios cristianos?

 

• Estamos ensombreciendo el Sol en el cual se convierte la Palabra de Dios.

• Estamos ensombreciendo la Palabra que nos da seguridad, en la debilidad.

• Estamos ensombreciendo el Pan que nos sacia el alma.

• Estamos ensombreciendo el Aliento de vida ante las dificultades.

 

 

Cada Domingo, en la mesa del altar, la presencia resucitada de Cristo, abre su costado para regalar salvación y agua para toda la humanidad; para consolar y animar tantos corazones rotos y vacíos; para levantar a tanta gente que no encuentra sentido a nada. Y muchos…., a su bola, como los de Emaús. Missing, ausentes, desaparecidos.

 

Cada Domingo, se nos enseña el retrato del verdadero amor; se nos enseña el camino a seguir frente a cualquier duda; se nos enseña que la fraternidad es fuente de gozo y alegría. Y muchos…., a su bola, como los de Emaús. Missing, ausentes, desaparecidos.

 

Cada Domingo, en la Eucaristía, se nos regala la paz verdadera, la que solo Cristo nos puedes ofrecer. La paz sin maquillajes ni treguas. La paz sin exclusiones ni favoritismos. La paz sin condición alguna. La paz que, siendo para la tierra, baja del cielo. Y muchos…., a su bola, como los de Emaús. Missing, ausentes, desaparecidos.

 

Cada Domingo, es ese momento privilegiado del cara a cara del hombre con Cristo. De comprobar que Cristo avanza a nuestro lado. De confirmarnos en el áspero y duro camino de la vida De celebrar, algo que sólo el Domingo nos da: La VIDA que se impone sobre la muerte; la RESURRECCCIÓN que nos espera después de la vida terrena; la PAZ como fruto de la comunión de Dios con el hombre.

 

 

Ojala, que también como los de Emaús, después de haber perdido el norte y el horizonte de la vida- porque prescindieron de Cristo- nos dejemos iluminar nuestro corazón y regresemos al camino que nunca deberíamos haber abandonado.

 

 

Porque Cristo, aunque no lo veamos o lo hayamos aparcado, sigue caminado a nuestro lado. No, Él no ha dimitido de su tarea. La cuestión está, en por que, muchos que se dicen cristianos han dimido de la suya.

 

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