Ecos del Evangelio

25 enero, 2020 / Carmelitas
DOMINGO III T.O. CICLO A 2020

«Aquel cuya enfermedad se llama Jesús, ya no puede curar”.

 

Juan Bautista y Jesús, son como la luna y el sol. La luna se difumina cuando comienzan las primeras luces del día. Así Juan Bautista desaparece del escenario cuando hace su aparición Jesús. Una vez que ha dado público testimonio de Él, el Bautista pasa a segundo plano. ¿De que sirve ya el signo cuando ha aparecido lo que éste significaba?¿Para que mas anuncios si ha llegado la realidad?

 

“El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”.Jesús empieza a predicar. Y de la mano de la luz nos llega la alegría. Así como a medida que el sol va devolviendo el color a las montañas primero, a los árboles y a la hierba después, así se va encendiendo en el corazón de los hombres un punto de alegría a medida que Jesús va predicando primero en Galilea, después por toda Palestina, y a través de sus seguidores por todos los caminos del mundo.

 

Pero alegría tiene un precio: ¡Convertíos! Y hemos de reconocer que no nos gusta hablar de conversión. Casi instintivamente, pensamos en algo triste, penoso, muy unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para nosotros, gente normal. Y eso es debido a que nos han inculcado una manera de convertirse que nada tiene que ver con la que nos pide el evangelio.

 

La conversión de la que habla Jesús no es algo forzado. Es un cambio que va creciendo en nosotros, en la medida en que vamos cayendo en la cuenta, de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.

 

Convertirse no es, antes que nada, intentar hacer desde ahora todo «mejor», sino sabernos encontrar con ese Dios que nos quiere mejores y más humanos.

 

Convertirse, no es solo tratar de «hacerse uno buena persona» sino de volver a aquél que es la Bondad infinita con nosotros. Por eso, la conversión no es algo triste, sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir, sino sentirse más vivo que nunca. Descubrir hacia dónde debemos vivir. Comenzar a intuir todo lo que significa vivir.

 

Convertirse es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Es liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión. Es liberarnos de objetos que no necesitamos, y vivir para las personas que nos necesitan. Uno comienza a convertirse, cuando descubre que lo importante no es preguntarse: «¿cómo puedo ganar más dinero?», sino «¿cómo puedo ser más humano?». No «¿cómo puedo llegar a conseguir mas y mas ?» sino «¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?».

 

Cuando hoy escuchamos la llamada de Jesús: «Convertíos porque está cerca el Reino de Dios», pensemos que nunca es tarde para convertirse, es decir, nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

 

Uno de los mas grandes teólogos del siglo pasando: Yves Congar, escribía: “Cada día Cristo me llama, cada día me impide detenerme. Su palabra y su ejemplo me arrancan de la tendencia instintiva que me retenía pegado a mí mismo, a mis costumbres, a mi egoísmo. Yo le pido que tenga conmigo la misericordia de no dejarme en mi mismo, sentado en mi tranquilidad”. Y este gran teólogo acaba citando a un musulmán convertido llamado Yben Arabí, que decía: «aquel cuya enfermedad se llama Jesús, ya no puede curar”.

 

Es lo que sin duda experimentaron aquellas dos parejas de hermanos, cuando sintieron sobre si la llamada de Jesús, e inmediatamente dejaron la barca, las redes y a los padres, para irse con Jesús.

 

Es lo que debió sentir aquel publicano bajo cuyo nombre, Mateo, (está escrito el primer evangelio) y que abandonó también la mesa de los impuestos para irse con Jesús y participar con el Maestro en una comida con publicanos como él, pecadores, que se convirtieron. Más que convertirse, se trata de dejarse convertir, y eso es imprescindible para seguir a Cristo.

 

Y la conversión también a nivel comunitario, y para eso, hay que desechar el defecto que Pablo echa en cara a los corintios y que hizo y está haciendo mucho daño a las comunidades cristianas: y es la división. ¡Andáis, les dice, divididos, diciendo yo soy de Apolo , yo de Pedro…”.Es decir, el grupito de prosélitos adulando a su jefecito de turno, que se cree semidios, y que tanto abunda.

 

Y es que hacer de la religión una profesión y querer ser una especie de semidios por parte del responsable de la comunidad, es lo más antievangélico que hay. Pero después de 2000 años aun estamos con esas situaciones lamentables. Cuando tenemos delante, TRES terribles dragones o anticristos a los que combatir: el laicismo , el fanatismo y la religión de sacristía, y resulta que muchos, templando gaitas, como si fuera con ellos.

 

Mirad: la pastoral puede tener dos variantes muy distintas: o estar orientada hacia dentro de la Iglesia como institución: con preocupaciones fundamentalmente jurídicas, técnicas, administrativas, normativas o rituales. O bien estar orientada hacia afuera de sí misma:

 

COMPROMETIÉNDOSE cada día más con lo único importante, y mas, en un mundo pluralista: EL ANUNCIO DEL EVANGELIO. Pero el anuncio, con el TESTIMONIO DE VIDA, no dando recetas y quedándose como espectadores.

 

Procuremos traspasar ese frontón de árboles que impiden ver el bosque.¿Es que no es claro que estamos ante el ataque descarado del laicismo para relegar al cristianismo nuevamente a las catacumbas, a lo privado?¿No se ve que estamos a las puertas , otra vez, del enfrentamiento entre civilizaciones y religiones por parte del fanatismo reinante? Este «no ver» el bosque, es decir, la situación del mundo, es muy peligroso. La Galilea de los gentiles de la que habla el evangelio está también aquí en Villaviciosa ¿No es hora de ir a lo esencial y dejarse de pamplinas?

¡Y además no me digáis que no es triste cuando los que dicen seguir a Jesús, convierten su Palabra que salva, en ideología que intenta robotizar y enjaular a las personas en esquemas!¿Qué clase de PESCADOR soy yo, cuando en lugar de llenar las redes con discípulos de Jesús, las pretendo llenar con discípulos míos? ¿Es que los cristianos han sido bautizados en mi nombre?¿O a caso he muerto yo en la cruz por los demás?

 

Si he dicho tres dragones a los que combatir, también digo tres actitudes básicas e imprescindibles para la conversión: entusiasmo, pasión, convicción. ¡Si no las tienes búscalas! ¿Y dónde? Pues muy fácil. Ojala durante este año, como decía antes, te vayas contagiando de esa enfermedad que se llama Jesús de Nazaret, que es la única enfermedad –os lo aseguro- que quien la posee ya no quiere curarse de ella. Y sin darte cuenta, cambiará tu vida, es decir, te habrás convertido.

 

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