Ecos del Evangelio

22 enero, 2021 / Carmelitas
DOMINGO III T.O. CICLO B 2021

«Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios»

 

 «Convertíos y creed la Buena Noticia» «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» Como veis, no hay tiempo que perder, Cristo se pone en marcha para comenzar sin demora la tarea para la que ha venido.

 

Dios se ha hecho hombre, no para hacernos un lavado de cara o de cerebro, sino para hacernos personas nuevas.

Dios se ha hecho hombre, no precisamente para llevar a cabo una revolución política, social, o económica.

Dios se ha hecho hombre, para revolucionar al hombre mismo en lo que es personalmente, en su modo de relacionarse con los demás, con las cosas y con el mundo.

 

 

El Reino que Cristo anuncia no es una simple institución, no es un nuevo conjunto de formas jurídicas.

El Reino que Cristo anuncia no viene con nuestro esfuerzo, ni lo ganamos nosotros con nuestra lucha. Nosotros desde nuestra libertad, si queremos, lo aceptamos y colaboramos.

El Reino que Cristo anuncia no es algo mágico. Dios no es un hada que usa su varita mágica para arreglar nuestros problemas sólo porque le caemos en gracia.

El Reino que Cristo anuncia no alimenta la vagancia, ni sustituye al hombre para que duerma plácidamente mientras Él se responsabiliza de nuestro destino. Lo que Cristo nos ofrece es una vida nueva ya aquí y ahora. Y una vida plena y total, tras el paso por la muerte.

 

 

Mas claro que nos habla Cristo no puede hacerlo. Para seguir a Jesús hay que cambiar la forma de ser; los criterios de actuación que muchas veces de coherentes no tienen nada; la forma de valorar a la gente; dejar de lado las concepciones religiosas legalistas; abandonar la fe por conveniencia; superar esos esquemas de amistad y enemistad; no empeñarse en sobresalir por encima de los otros; ser más sensibles a las necesidades angustias y problemas de todos. Es decir, cambiar lo interior, lo profundo de nuestras personas, cambiar nosotros mismos. En una palabra: Convertirse.

 

Creer es trabajar por una vida de hermandad, de colaboración, de confianza, porque solo eso da plenitud a la persona.

Creer no es vivir sometidos a unas normas para después de morir ganarse el cielo.

Creer es confiar en que Dios nos acompaña, cada día, y sobre todo en los momentos difíciles.

Creer es estar convencidos y comprometerse por la Buena Noticia del evangelio.
Creer es modelar nuestra vida de la mano de Cristo, y eso no es ninguna utopía.

 

¿Por qué, no decidirse pues, como Pedro, Andrés, Santiago y Juan, Pablo, y tantos a lo largo de la historia? ¿Por qué muchos no asumen el verdadero cristianismo y dejan de mariposear?

 

Amigos a Jesús no le gusta andar con tapujos, ni a mi tampoco. Cristo no es partidario de enmascarar la verdad para ganarse la voluntad de la gente, ni de dorar la píldora con tal de conseguir más seguidores. Quiere dejar bien claro desde el principio, que viene a cambiarlo todo. A sacar a las personas de sus cómodas casillas y a pedirnos que, dejando seguridades, le dejemos hacernos personas nuevas y le ayudemos a hacer un mundo nuevo. Lo anterior a Cristo esta caducado, está podrido, hay que cortar por lo sano y hay que poner manos a la obra. Así, a las claras, para que nadie se llame a engaño.

 

 

Por tanto hay que empezar por sanar la raíz de todo: el corazón. Las apariencias, las fachadas son signo de que lo interior sigue torcido, tan falso como antes. Es la fe de conveniencia y ocasional que tanto abunda. Y eso lleva al paganismo cristiano. Frente a lo anterior, Cristo pide lo primero e imprescindible si se quiere ser seguidor suyo: Convertirse.

 

 

Convertirse, es cambiar de rumbo. Es reconocer que se está equivocado y disponerse a rectificar. Es poner en marcha el propósito de enmienda y tachar, liquidar lo falso que había en uno, pedir perdón. Es vaciar, echar fuera del corazón la suciedad que lo afeaba, y dejarlo abierto.

 

Convertirse, es abrirse a la novedad que es Cristo, y cambiar las costumbres de la vida, incluso de las buenas costumbres. Porque Dios no está ceñido a costumbres, sino que es capaz de presentarse a nosotros cada día de forma nueva y diferente.

 

Convertirse, es hacer nuestra una vida nueva, que transformará radicalmente nuestra manera de pensar y actuar.

 

 

La conversión que nos pide Jesús es el abandono de las mediocridades y mezquindades, de las cerrazones y servidumbres, para abrirse a esta salvación de Dios, que es plenitud de vida y libertad. Y esto resulta doloroso, porque hay mucha gente pegada a sus egoísmos, seguridades y mezquindades.

 

La conversión que nos pide Jesús, me exige amar hasta ser capaz de perdonar; ser libre incluso para hacerme servidor; ensanchar mi espíritu hasta hacer mías las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los demás; saber complicarse la vida para aliviar la de los demás.

 

 

El momento es apremiante. Hay que empezar ya.

 

Se trata de cambiar la vida: como los ninivitas ante la predicación de Jonás.

Se trata de salirse del hechizo de las cosas, y mandar en ellas: ‘los que compran, como si no poseyeran…’.

Se trata de componer una nueva escala de valores, de acuerdo con los criterios del Evangelio: primero, el reino de Dios y lo que va con él; todo lo demás, detrás.

Se trata de lanzarse a volar alto, libres de pesos inútiles.

Se trata de decidirse a vivir la aventura fascinante de la libertad plena, del amor sin engaños.

Se trata de hacer brotar a nuestro paso la alegría y la esperanza.

Se trata de una auténtica y sincera confrontación entre nuestra vida concreta y el Evangelio.

Se trata de ser capaz de dar al traste con los modos de pensar, de sentir y de obrar humanos. Se trata de: Convertirse.

 

No se puede vivir con el corazón vacío; si lo vaciamos, es para hacerlo más capaz. Fallan los que sólo hablan de quitar, de prohibir, de condenar. Si quitamos, es porque hay algo mejor que queremos poner en su lugar. Poner un tesoro, ante el que pierde valor todo lo que antes poseíamos. Y ese tesoro es Cristo ¿Pero de verdad es Cristo ese gran tesoro para nosotros?

 

Por tanto, por una parte, la Verdad de Jesús ha desplazar del corazón toda la mentira que puede haber en nuestras vidas aunque intentemos disimularla. Y eso que quiere para cada uno de nosotros lo quieres para todo el mundo.

 

 

Y por otra parte, si ya procuramos llevar una vida de fe coherente, no desanimarnos aunque corran por ahí formas de ver la fe y de predicarla que desde luego no son Buena Noticia para el hombre, ni ayudan a convertirse a muchos. Aunque algunos lo quieren arreglar todo con el poder, la autoridad, con mano dura y con inculcar castigos eternos. No es ése el camino de Jesús, ni puede ser el de la Iglesia.

 

La humanidad necesita persona, reflexivas, silenciosas, contemplativas, que ahonden en el sentido de la vida y abran caminos nuevos a los hombres. El seguidor de Jesús tiene que sembrar eternidad en el tiempo, porque es signo del Reino. Es mensajero de Alguien vivo y que hace vivir.

 

 

Los hombres tienen derecho a que los cristianos seamos auténticos. Debemos preguntarnos: este Dios que, en Jesús, sale a nuestro encuentro en los acontecimientos diarios y que se acerca a nosotros tal como somos, ¿ha dado un vuelco a mi vida? ¿Ha hecho cambiar mis proyectos? ¿De verdad estoy dispuesto a ser cristiano y no solo llamarme?

 

Por eso hacen falta pescadores pescados, es decir personas convertidas de verdad, para ir llenando esta red del Reino de Dios. Pescadores que un día fueron peces, y vivían también, creyéndose libres y salvos, en unas aguas que llevaban la muerte dentro. Cristo necesita personas rescatadas ya por una red que no es yugo, sino liberación, y que se sienten llamados a anunciar a otros peces que vale la pena dejarse pescar, dejarse salvar.

 

 

Amigos, nada mas comenzar Cristo su predicación, va a lo esencial. No se puede perder el tiempo. Quien quiera seguir a Jesús con todas las consecuencias, que lo siga. Ya sabe para qué. Sin cebo, ni anzuelo. Con la Verdad por delante.

 

 

Cuando descubramos de verdad, la dicha que Jesús nos trae,
no vamos a echar de menos, en absoluto, las cosas que tuvimos que dejar para seguirlo.

¡Os lo aseguro!

 

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