Ecos del Evangelio

19 diciembre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO IV DE ADVIENTO CICLO B 2020

 

 

«¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?» El hombre religioso, piensa que puede complacer a Dios haciendo méritos, y asegurarse así la salvación. Y entonces establece con Dios una especie de relación comercial, para así tenerlo al servicio de sus intereses ¡Que equivocados!

 

Ni David, ni Constantino, ni el Vaticano, ni ningún Concilio, han podido, ni pueden convencer a Dios sobre el lugar, el tiempo y el modo de su presencia salvadora. Dios es libre y es imprevisible. Y, sobre todo, Dios es gratuidad.

 

La salvación corre de su cuenta. Y las casas donde habitar las prepara Él.
Cuando quiso habitar entre los hombres, porque los amaba y necesitaba manifestarles su amor y salvarles de sus dramáticas dolencias, buscó el lugar donde quedarse. No buscó lo grande, lo brillante, lo influyente, ni siquiera lo santo. Buscó una muchacha, la más pequeña del pueblo, la más sencilla de la nación más oprimida. «Y la doncella se llamaba María».

 

La mirada y el amor de Dios desde toda la eternidad, la preparó para la tarea más grande que se iba a producir en la historia de la humanidad. ¡Qué misterio! Las preferencias de Dios no hay quien las entienda. La iniciativa siempre parte de Dios, y cuando Él actúa, deja siempre la marca inconfundible de la pequeñez y de la humildad. O sea, que Dios: no quiere nuestras cosas, sino nuestro vacío; no quiere nuestras virtudes, sino nuestra pobreza; no quiere nuestros méritos, sino nuestra fe. Y después desde nuestro vacío, nuestra pobreza y desde nuestra fe, hemos de responderle, pero con decisión e ilusión.

 

Al que se crea digno y capaz, Dios le dejará que se las arregle por su cuenta. Al que se crea que con la sabiduría y la altivez humanas conocerá a Dios se llevará un chasco morrocotudo. Pero al que se crea pequeño e insuficiente, humilde y disponible, Dios le enviará el ángel de la Anunciación. «Porque miró la pequeñez de su esclava». Él pide nuestra fe. O sea, pide que confiemos en Él; que le digamos SI con todas las consecuencias. Que le dejemos actuar en nosotros y por nosotros. Lo demás ya es cosa suya.

 

Parece fácil, pero no lo es en modo alguno. Vivir de y para la palabra de Dios exige desprendimiento, disponibilidad y docilidad plena. Cuando uno se decide a aceptar su mensaje y vivirlo, no puede uno hacer sus propios cálculos y proyectos.

 

No puede uno columpiarse en sus logros y sus éxitos.
No puede uno acomodarse, ni instalarse en parte alguna.
No puede uno aburguesarse, ni mirar hacia atrás.
No puede uno acobardarse, o dejarse llevar por el vértigo de la mentira, de la manipulación o el chantaje.

 

Decir sí a Dios, exige la mayor confianza y la mayor audacia. Hay que tener la fe y la decisión de Abrahán, capaz de sacrificar al hijo único, el objeto de su mayor amor y de su única esperanza.
Decir sí a Dios, es no mirarse a sí mismo.
Decir sí a Dios, es estar siempre a la escucha, no dudar ni regatear nada, esperar contra toda esperanza, estar dispuesto a todo.

 

El ángel Gabriel, no se jubiló con la Anunciación a la Virgen. Tiene una Anunciación para cada uno de nosotros. Porque la obra de Dios no ha terminado y continua pidiendo nuestra ayuda, a pesar de nuestras debilidades. Dios encuentra que «en el hombre, hay muchas mas cosas dignas de admiración que de desprecio»

Cristo sigue necesitando de una madre que le acoja en su corazón y lo revista de carne.
Cristo sigue necesitando de un padre que le defienda de tiranos y le ayude a crecer.
Cristo sigue necesitando de hermanos que compartan sus bienes y sus necesidades, sus alegrías y sus tristezas, sus crisis y sus ideales.
Cristo sigue necesitando de amigos que le comprendan y le sigan, que estén con Él y se dejen querer.
Cristo sigue necesitando de apóstoles que prolonguen y completen su obra, que sean testigos de su Reino.
Cristo sigue necesitando de ti. Dios espera cada día tu «fiat«. Dios espera tu «sí», para poder nacer en ti.

 

Da vértigo pensar, que Dios aterrice y se humanice tan verdaderamente. ¿Por que, Señor? ¿Qué es esta tierra diminuta en el cosmos inmenso? «¿Y qué es el hombre para que te fijes en él?» Y, sobre todo, ¿qué es el hombre para que te enamores de él y te hagas hombre como él?

 

Da vértigo pensar, que Dios se rebaje tanto y tanto. Porque su encarnación no fue aparente, ni apoteósica, sino real y humillante. Pensad, no sólo en la cruz, sino en los 30 años de vida oculta, totalmente desconocidos…
Da vértigo pensar, que un Dios haya sentido tanto nuestras flaquezas, que las hace suyas.

 

La Encarnación no solo ocurrió hace 2000 años. Hoy se sigue encarnando en el seno de la Iglesia. La Palabra de Dios no sólo se hizo carne, SE HACE carne. La Palabra de Dios, se encarna en todo el que la escucha y la acoge, como María. Cada creyente puede y debe ser madre, padre y hermano de Cristo.

 

 

El ángel de la Anunciación no ha terminado sus encargos (lo repito) Pero esta vez el ángel no es alado, ni tiene por qué ser un profeta consagrado. El ángel puede ser cualquiera, incluso puede ser una palabra o un acontecimiento. Y el mensaje será siempre una propuesta de amor. No te pedirá el Señor la ofrenda de una casa, pero sí que quiere hacer de ti una casa, hacer en ti su casa. Resulta que ya está aquí la Navidad y Dios sigue buscando una casa para nacer.

 

 

María se convierte en este domingo en una advertencia para nosotros, para la comunidad cristiana, para la Iglesia, para sus pastores. Al menos sobre dos puntos:

 

En primer lugar hemos de preguntarnos si como María estamos abiertos a la escucha del proyecto de Dios aquí y ahora… o bien si andamos con prejuicios o ya creemos saberlo todo sobre lo que llamamos «la voluntad de Dios».

 

Haber si queda claro, que nadie, tiene la exclusiva sobre Dios, ni siquiera la Iglesia .Aunque la Iglesia, si como María, escucha, espera y se ofrece, entonces estará desempeñando el papel para la que Jesús la fundó.

 

En segundo lugar hemos de preguntarnos si, como María también, aceptamos lo que nos cuesta comprender, el proceso difícil de la encarnación que hemos de continuar. Si Dios tiende a «bajar», a ser uno más entre nosotros, incluso a esconderse, ¿Por qué muchos siguen empeñados en «subir», en aparentar, en imponer a la fuerza sus planes como Iglesia triunfante e influyente?

 

¿Estamos dispuestos por amor, a abrazar la cruz gozosa de la obediencia, la humildad, la pureza y la disponibilidad como lo hizo la Virgen? ¿En que creíais que consiste el ser cristiano? En eso. ¡Que no, que el ser cristiano no es un cuento de hadas, ni un evento cultural, ni un subidón emocional ocasional! Es un estado permanente de amor y de entrega Si hacemos nuestras las cuatro actitudes, citadas, nos llegará la mismita anunciación que a la Virgen: “Alégrate, llena/o de gracia, el Señor está contigo”.

 

El Señor está contigo. Sí, lo estará. -¿Y nosotros? ¿Estamos dispuestos a que, a partir de ahora el Señor, esté con nosotros todos los días? -¿Le vamos hacer un lugar en las entrañas de estas jornadas navideñas, en nuestros hogares y en nuestros pensamientos, en nuestras oraciones y en nuestra forma de celebrar las navidades?

 

 

Muy grande tiene que ser el amor de Dios cuando tanto afina. Muy ciegos tendrán que estar muchos para no ver esa luz, tan grande, que nos entra-en la próxima Navidad- por la puerta abierta de María. Todo depende de nosotros. Si; de una sola cosa: de que le abramos la puerta del corazón y le demos el timón de nuestra vida.

 

Lo cité el domingo pasado. San Agustín herido en su amor propio, y leyendo la vida de santos, se preguntó a sí mismo: « ¿No podrás tú lo que éstos y éstas?». Y así llegó a la conversión definitiva exclamando: « ¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva!»

 

 

Dejemos el miedo, la cobardía y la rutina. Nuestra Anunciación está esperando a la puerta de nuestro corazón ¿Cuándo nos decidiremos a abrir?

 

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